lunes, 8 de diciembre de 2008

Lara Moreno da un paso de giganta


Soy idiota

Coger un tren a las 7:40 en Atocha es algo que por fuerza haces destemplado, dispuesto a cometer errores. Empezar el libro de Lara con furia y haber leído más de la mitad a las dos horas era un error. Un estilo así no se lo merece (me imaginé a Lara cantándome un tema de Kiko Veneno pero cambiando una palabra: “Tú me estás leyendo a mí / m’estás leyendo a mí,/ un 20% menos / no me lo niegues”). Así que me fui a la cafetería y pedí uno de esos bocadillos que te lo ponen calientes y cortados por la mitad, y piensas “esto no me lo como ni loco”, pero pides una botellita de Rioja y vaya si te lo comes. Ya templado y dueño de lo que hacía, recordé a Lara en la Cueva leyendo sus relatos, despaciosamente, a medias masticando a medias suspirando las palabras, frase a frase.

Dediqué el resto de viaje de ida y el de vuelta a leerlo como ella lo lee, desatándose entonces la emoción de la buena literatura. En beneficio de los que pasan por tu blog pero no te han oído leer, Lara, ¿no sería posible que pusieras un vídeo en el que te oigan leer tus relatos como lo haces? Uno chiquitín, como Primer día sin reloj.


Lara Moreno no lo es (idiota)

Hay una voz. Entera y verdadera. Las influencias se combinaron como en una de las grandes partidas de ajedrez, añadió lo sacado de sí misma, metió su vida entera (que es como decir la vida de todos los que de alguna manera la rozan) y salió un estilo propio y un tema necesario. Y esa voz no tiene parecido: es una estructura nueva. Puede gustar o no (eso es otra cosa). Pero ahí está, haciendo creíble lo inverosímil. Después notas que lo inverosímil son gente de carne y hueso que corren muchos riesgos con su vida fuera del círculo. Gentes que suelen acabar el día muy de noche, pero también cruzan, indecisos, la luz del día. Gente de verdad. Una generación real (una parte pequeña de esa generación que los engloba a todos, los que nos cuenta Lara y los que no, por la edad). Y están ahí, contados magníficamente por Lara. No es un ejercicio de estilo inútil. Es un esfuerzo para que gente tan ajena, como yo, que apenas puedo acercarme a ellos, diga ¡eso es, así son, entiendo!
Dice Pablo Gutiérrez en una buena contracubierta: «Los personajes de Cuatro veces fuego tienen la firme idea de ordenar sus vidas, y la vida tiene la firme idea de impedirlo». Muy bien dicho, Pablo, porque es así. Eso me permite dar un salto a las gentes que me rodearon a mí, con la única diferencia de que entonces era eso más la lucha política, que ya no existe. Esa gente vive realmente, la conocí en mi tiempo y doy fe, aunque parezca que no existen, y Lara Moreno los ha succionado y nos lo devuelve con una escritura en la que los planos se entrelazan tan delicadamente que lo único que piden para que se produzca el milagro del placer y el conocimiento es que se lea despacio, frase a frase: porque habla de la vida que sucede (y duele) sin más descripción e historia que las absolutamente necesarias.

De entre los cuatros grupos de cinco relatos cada uno, confieso la emoción casi lacrimosa de ese relato de perseguidores que es Durante horas. O el aplastamiento que me produjo esa maravilla literaria que es Efectos secundarios. Pero no voy a decir nada más. Total, los vais a leer todos antes o después y cada uno encontrará los suyos.


(Yo) soy idiota

Vuelvo a la estación a las cinco y pico de la tarde, con media hora de tiempo, para regresar esa misma noche a Madrid. Vi en el andén frío grupos de tres asientos. Uno de ellos tenía dos llenos de caca de paloma, y el de la izquierda limpio. Me senté y saqué el libro. Siempre llevo las gafas un poco caídas (innecesariamente porque son progresivas). De pronto, una cagada de paloma se me metió entre el cristal y el ojo. Miré hacia arriba y con el ojo que me quedaba vi una viga llena de palomas. ¿Cómo no se me ocurrió que el asiento izquierdo estaba limpio porque era continuamente ocupado por gente hosca, como yo, que prefieren sentarse solos? Cuando salí de limpiarme, otro solitario había ocupado ya el asiento que nunca se manchaba, esperando, sin saberlo, su ración de caca.

Me acordé entonces de que dicen eso trae suerte. Inmediatamente decidí traspasársela al libro de Lara, porque de verdad la merece.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Huelga de Fuentetaja: ¡Hemos ganado!


A principios de diciembre de 2007, los mejores libreros de una librería que en otro tiempo significó mucho se pusieron en huelga, por dejadez de los dueños en sacarla adelante, por unos sueldos miserables congelados durante años. En este blog fue quedando constancia de muchas de sus luchas. Luego tuve que callar para no interferir una vez que todo estaba en manos de los juzgados.
Fue una huelga que contó rápidamente con el apoyo de una mayoría de clientes (se llegaron a reunir más de mil firmas de clientes), pero la Dirección, absurdamente, se negó a tener en cuenta a sus trabajadores y a sus clientes. Los huelguistas pasaban los días de frío frente a la librería. Algunos les acompáñabamos un rato a la salida del trabajo. Los sábados, llegamos a ser más de 100 personas apoyándoles, leyendo de espaldas la librería.


La historia va despacio.


A finales de enero recibieron una carta de despido y ya no tuvieron derecho a estar allí. Llegaron los juicios: 4. Todos ellos ganados por los libreros. El tercero declaró que el despido era nulo, pero siguieron algunos problemas que llevaron a un cuarto, que por casualidad le tocó a la jueza que había dictado despido nulo.
Ya está todo arreglado: han tenido que pagarles los salarios de tramitación desde esa fecha de enero hasta el tercer juicio (finales de septiembre). Y como aceptarles en la librería era difícil, han tenido que pagarles la indeminización máxima.
Están fuera de una librería en la que ya no querían estar, pero con todos sus derechos más que cumplidos. Ahora, pueden calmadamente decidir lo que hacen con su vida. Quien no quiso dar un euro, ha tenido que traspasarles una cantidad de dinero que seguro le duele en su orgullo.
Los grandes han perdido, los pequeños han ganado. Aunque hayan faltado unos días para que se cumpla un año.
Fue una huelga ejemplar. Tenemos además el ejemplo de la persistencia, de que las cosas son duras y largas.

¡Qué alegría que estas cosas puedan terminar bien!

lunes, 24 de noviembre de 2008

Criticar a los políticos no basta. Hay que estar donde hay que estar.


Somos grupos pequeños, pero los otros no van a Londres a la preparación de esta manifestación global, ojalá vinieran más y fuera una manifestación con apoyo mediático.

Ayudadnos a dar a conocer esta manifestación. Y ya sabéis: hay que estar donde hay que estar.




Los estados han sustentado el sistema financiero internacional, exigimos de igual forma que se sustente el sistema ambiental del planeta.
Hacemos una llamada a la acción, una acción drástica e inmediata, si lo que queremos es evitar que el cambio climático acabe con el planeta Tierra tal y como lo conocemos.

sábado, 15 de noviembre de 2008

otro texto del taller

Les he hecho una pequeña pirula a mis compañeros. Teníamos que presentar un texto sobre el tema "la angustia" y presenté el mío. Pero me quedé mal. Precisamente desde que me voy sintiendo mejor, lo que escribo no me gusta. Me di cuenta de que era un esbozo plano, como si estuviera contando el argumento, pero yo seguía "oyendo voces" al pasear, en el metro, y me cargué el esbozo para rehacerlo en esto. Lo más divertido es que estoy haciendo una tercera versión, para mí, todavía más deconstruida. Creo que me lo voy a pasar en grande retomando lo escrito. Esto es lo que ha quedado, lejos todavía de lo que pretendo.



Hayas

Le tiemblan ligeramente las manos sobre el tapete de hule. Quizá porque el frío se le ha metido en el cuerpo en el pequeño paseo para echar las sobras del plato a las gallinas.

Este frío de las tardes, se dice, de todas las tardes.

Procura no pensar, se esfuerza, pero no le es posible. Siempre está juzgando, comentando, haciéndose mala compañía. Por las mañanas no tiene frío: con un jersey grueso cochambroso, todo lo es ya en él, se ocupa del pequeño huerto del que come, de limpiar el corral de las gallinas. Pasea hasta la casa más cercana un día de cada dos, para recoger el pan que le compran en el pueblo, hacer un encargo, recibir lo encargado. El huerto, tan pequeño, se ha vuelto inmenso en comparación con su estómago. Alimentaría a siete como él.

Este frío sale de mí, se dice, de lo que voy a mirar.

Friega el plato y el cazo en el que coció las patatas con verduras y legumbres. Pone a calentar agua en el cazo para hacerse un café de puchero, que irá tomando caliente, luego tibio, y volverá a recalentar todas las veces que haga falta hasta que se acabe. Deja sobre la mesa una botella de aguardiente y un vasito diminuto. Las cosas de fumar. Se sienta y mira el temblor de las manos, que ha aumentado sobre el tapete de hule gastado, cruzado por rayas verdes que están formadas por hilos de distinto tamaño y tono si las miras de cerca. Por eso no son iguales.

Nada es igual, piensa; y nada es igual que antes.

Ve sus manos llenas de manchas que antes no estaban; nota los huesos, que nunca pensó que pudieran notarse si no estabas enfermo; las ve todavía fuertes, por el trabajo en el huerto. Pero le tiemblan. Entonces, ¿por qué ese temblor?

Por mirar.

Aunque el cuerpo, negado, vaya creando nuevos crujidos, su buena vista ha mejorado desde que vive en el campo. Algo le hizo regresar a la casa cuando ya habían muerto sus padres. Romper con todo. Y allí, en el campo, se esfuerza, se esfuerza mucho, por reducir el mundo y el pensamiento a lo que ve. Que su narración del mundo trate solo de lo que está a su alcance. Si piensa estas gallinas ponen ya pocos huevos, eso es lo que piensa y nada más. Si mira un árbol, mira un árbol. Pero no funciona siempre. A veces la narración se vuelve transitiva y pide que le echen su objeto directo. Por las mañanas sí lo consigue, ocupado en tareas físicas. Después de comer tiene ya que sentarse, encender un cigarrillo, tomar el café caliente, ver el temblor de sus manos.

Putas manos.

Y les da su vasito de aguardiente, que es lo único que las calienta. A ellas y el cuerpo entero. Entonces, y solo entonces, levanta la cabeza y mira por la ventana el prado que en una ligera pendiente llega hasta el hayedo.


Cuando ve las hayas, todo el esfuerzo por el que se encerró aquí se rompe. El verde de la fuerza, el dorado rojizo, que es el más hermoso, el de la consumación, las ramas desnudas que dejan ver detrás el paisaje más feo del mundo, los restos de una zona industrial cerrada antes de la guerra. De un año para otro ve los desperfectos y los convierte en metáfora de sí mismo.
Eso no le importa, pero el verde y el dorado rojizo sí, porque son la belleza de la que huyó y el alma toma el control. Café a café, cigarrillo a cigarrillo, vasito a vasito, revelándole, tan tarde ya, que no se puede huir a ninguna parte.

¿Qué hago aquí mirándome allí?

martes, 4 de noviembre de 2008

Esos largos círculos de la vida que nos traen lo perdido



Siempre me gustaron las historias y la familia, todos mayores que yo, era una fuente continua de ellas. Creo que ya conté que cuando me acostaban en el dormitorio, que daba a la sala, me levantaba a veces tapado con una manta para sentarme junto a la puerta y escuchar las historias de verdad, las que se cuentan cuando no hay niños.

Claro que con esos métodos se une realidad y fantasía. De algunas de esas historias he llegado a dudar hasta yo mismo, creyendo que me las había inventado a partir de una ensoñación. Por ejemplo, la de aquel familiar lejano de mi padre, de la rama de Barcelona, que era cazador en África para vender los animales a los zoológicos europeos. Un día, en los años 50 todavía existían lazos de unión entre las dos ramas, vino a comer a casa, pero me quitaron de en medio. No es de extrañar. Pocos meses antes me habían llevado a un circo y al volver me estaba encaramando al balcón para hacer de acróbata sobre el borde. Ya casi estaba arriba cuando un grito (no recuerdo si de mi madre o de una vecina de enfrente) me asustó y caí, hacia el lado de dentro, haciéndome una fea fractura de la muñeca izquierda que me obligó una buena parte del verano a bañarme con escayola, el brazo en alto y cubierto por un plástico. Es normal que mi madre no quisiera que un niño tan “impresionable” estuviera toda una comida escuchando aventuras de caza de animales salvajes. Peligraban los gatos de los vecinos.

Pero he encontrado la prueba del lejano familiar africano. Y de la manera más curiosa. Mi hijo tiene un grupo de amigos excelentes. Cuando leyó la tesis doctoral, uno de ellos pidió día libre en Canarias, cogió el primer avión, oyó la presentación y se volvió. Otro, en cambio, no pudo porque vivía en África, a caballo entre dos países. Desde allí pidió a Madrid que le enviaran los 6 tomos de Memorias de un biólogo heterodoxo, de José A. Valverde, para regalárselos por el doctorado. Venía en el avión, hojeando el tomo dedicado a África cuando, ¡zas! Encontró esta foto. ¿No es grande que el libro que certificaba que ese cazador africano existía llegara en un avión desde África? Esos largos círculos de la vida que nos traen lo perdido.

Por lo demás, hay que tener en cuenta las fechas. Quizá ahora no nos parezca bien que se cacen animales para los zoológicos. Además, esa foto (hay otras, pero ya no de caza sino de cuidados) hace que J.M. me caiga bien: había provocado la muerte y, como dice el autor, se sintió “pesaroso” y ya no volvió a matar. Era buena gente.

martes, 28 de octubre de 2008

La siesta y sus tonterías

Al despertar de la siesta, sobre el costado derecho, me pareció que la posición de esa silla era perfecta. Sin moverme, pedí a mi acompañante la cámara y saqué una foto.



Después me volví hacia el frente y saqué otra, pero no me pareció que el mar estuviera tan bien situado como la silla.




Cogí entonces el cuadernito de la mesa y escribí esto, que no he querido corregir, dado que salió de ese momento de embotamiento mental.


Dormir es una pequeña muerte

feliz.

Un ensayo particular.

Un deseo de que suceda así

que así te encuentren


Incluso mordisqueado por encantadores ratoncitos

pero con una sonrisa feliz

porque soñabas que con tu cuerpo joven

le hacías el amor a su dulce cuerpo

mirando a sus ojos, donde veías la verdad.

Ese momento de la verdad

donde feliz, por fin para siempre,

unos ratoncitos mordisqueaban

el cuerpo en paz y sonriente.


viernes, 26 de septiembre de 2008

Virus attack

Como culminación de la peor semana de trabajo en 10 años, un virus de esos que te obligan a formatear el ordenador me ha dejado esta mañana "fuera de servicio". No os extrañe si aparezco poco por la red o tardo en contestar a los mails. Desde luego, no podré abrir adjuntos.

Eso sí, leeré más.

Hasta pronto.

martes, 23 de septiembre de 2008

Lo que dice Vega de La Cuchara Chueca

Yo que tanto doy a conocer lo que hacen mis amigos, y creo que no había dicho nada de La Cuchara Chueca. Un restaurante del que soy socio minoritario y que funcionó hasta que los periódicos empezaron a hablar de crisis. Con el miedo económico en el cuerpo, ¿quién sale a cenar y después se va de copas?

El caso es que los demás socios, ahora que todo parece perdido, me han dejado jugar a lo que yo quería: cosas para picar, copas y cócteles: sobre todo los cócteles de los viernes y los sábados (solo abre de miércoles a sábado, de 8 de la tarde a 2). Para mí es una cuestión no económica: estar en un grupo que se deshace por no haber querido cambiar a tiempo me produce una frustración tremenda.

Algunos amigos ya lo sacaron en sus blogs como restaurante. Ahora, Vega, que es un trueno de amor a la vida y muy concienzuda con su blog, me dijo que iría y solo hablaría de él si estaba convencida.

Para leer lo que dice Vega, haz clic en
Esto es lo que dice Vega de La Cuchara.

Es el momento de que los amigos, si dudan de ir a un sitio o a otro, echen una mano. ¡Ah! Y el que vaya a tomar cócteles (en plural), que use el transporte público, que entran suavitos pero no lo son.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Acepto, pues, por cariño, el premio


Freia me ha concedido un premio. Hace un tiempo, acepté uno, traspasándolo locamente a un montón de gente, como prueba de mi amour fou por todos ellos, queriendo que abriera relaciones (y creo que eso ha funcionado en bastantes casos). También dije que lo aceptaba por su procedencia, pero que no deseaba aceptar más.

Pero este viene de Freia, que no tiene por qué conocer mis posts antiguos, de quien tengo además que aceptarlo todo, porque el hecho de saber que existe, con esa generosidad, es importante para mí todos los días, porque me está haciendo volver a escuchar música, porque tiene una cultura brutal que hace que muchas veces ni me atreva a comentarle. Dice que me lo da porque soy un individuo ‘comme i’l faut’. No puedo estar más en desacuerdo; la prueba es que mi psiquiatra (el que me provee de esas sustancias que el vago de mi cerebro se niega a producir), ha decidido deshacerse de mí: me sube las dosis y me dice que me busque un psicoanalista al que no le pueda engañar tan fácilmente como a él, llegando a su consulta con discursos aprendidos. La verdad es que tiene más razón que un santo.

Así que lo voy a aceptar, porque es una cuestión de cariño, que es mucho más importante que una cuestión de honor, y voy a aprovechar para, salvo en dos casos, dedicarlo a gente de mi carpeta oculta. Me hubiera gustado incluir tres más, pero prefiero egoístamente que sigan siendo “ocultos” y míos. Ellos sabrán perdonarme.

Se lo traspaso, pues:
A Paralelo 49, que visito constantemente, porque en las fotos y en los textos transmite una belleza tranquila y profunda que me estremece.

A Isidro Saiz, un poeta ético de lejanas resonancias. Le leo todo, aunque no siempre le comente: la tristeza en la que se pierde es para mí una necesaria dosis homeopática.

A El colchón que volaba, por las viñetas de Ludo (una especie de Serge Gainsborough cuando lo ves aparecer) que debéis conocer, y por los textos de Lu, que hasta me dijo cómo se llamaba pero no le entendí y por esa coquetería de falso viejo no se lo volví a preguntar. Hace de barra de equilibrio entre su exquisita cultura y todos los Ludo routiers de los que se rodea.


A Dame una tregua, porque es Bárbara. Y no quiero decir más.


A Manolotel, poeta que se sabe y transmite todas las rsonancias clásicas de los versos y sabe lo que no está en los escritos (y sabe escribirlo).

A Momo, siempre cerca de mí, semioculta, solidaria, aportando una voluntad de vivir una vida mejor. La energía disparada.


AMPLIACIÓN DEL PREMIO


A Petinga, porque ella misma ha dicho que le apetecía recibirlo.

Los personajes no son el autor


No suelo hablar de cine, porque voy muy poco, pero el viernes fui al estreno de esta película última de Woody Allen y quedé con ese cuerpo pasmado que te deja una obra maestra.

Desde entonces, ya he sostenido tres discusiones para defender que no es WA quien tiene una visión superficial de guiri sobre Barcelona: son las 2 personajes americanas. Y eso es realismo y forma parte de la creación de personajes. Así que no me anden con pasárselas de listos.

En segundo lugar, aunque hay momentos en que la gente se ríe (nos reímos) mucho, es una verdadera tragedia de las relaciones humanas: la más que dudosa posibilidad de que una relación amorosa real funcione en el tiempo. Y no voy a decir nada más al respecto.

En tercer lugar, es absolutamente necesario verla en versión original, porque el cambio del inglés al español de Bardem y Penélope es siempre muy significativo y no sé como se podrá entender en la versión doblada.

Así que ya sabéis, si queréis que se os encoja el corazón y al salir del cine sentir la necesidad de ir a tomar cócteles hasta volver a casa haciendo eses, merece la pena la pena ver esta película vertiginosa y con voz en off del maestro de la comedia que más debe a Shakespeare.



sábado, 6 de septiembre de 2008

Ascesis

He vivido los últimos tiempos en el infierno de la confusión. Bebía por no tocar una piel, la tocaba pensando un paisaje imposible, miraba dejando que se filtrara el rencor hacia mí mismo. Todo eran mediocres compensaciones a destiempo. Ahora me he sacado a mí mismo de ese infierno, por el camino más duro: el del dolor de no consentirme.


Estoy en la oscuridad, contemplando las telas de araña de los deseos, que han atraído para ellas toda la luz. Brillantes y perfectas, con las gotitas destellantes aquí y allá, las contemplo desde la oscuridad en la que me han dejado. Son como un agujero negro que atrae toda la luz y me deja en el lado oscuro. Tan bellas como arañas encendidas de un palacio, me tientan. Pero no las creo, hace muy poco formaban bolas grasientas de pelo de rata y volverían a serlo si cediera.


No como, apenas bebo lo suficiente para sobrevivir, no leo, no hablo, no oigo, no toco. Con las escasas fuerzas que me van quedando, acudo a estas páginas a añadir algunas palabras. Ayer, ¿o fue esta mañana?, me quedé apoyado en la pared del pasillo, tratando de sujetarme en algo para no ceder a los recuerdos, falsamente embellecidos por un technicolor de cromo. Notaba el temblor de las manos en el muro. Después, desperté en el suelo allí mismo, con los labios secos. He bebido dos dedos de agua, porque hago esto para seguir vivo. Cada célula de mi cuerpo tendrá que decidir por sí misma lo que hace, no voy a entrar en esa guerra. Hago esto para que cada deseo sea limpio y fuerte, totalmente diferenciado de los demás. Lo hago porque no podía vivir ya de otra manera, para que cada recuerdo no sea diferente cada vez que viene a mí. Son fuerzas muy grandes las de la confusión, pero sé que lo conseguiré si pierdo la esperanza.

sábado, 30 de agosto de 2008

Un texto de Stiglitz rescatado de Globalizate.org

Estoy trabajando en un texto personal para poner aquí que puede, o no, estar este fin de semana. Pero he quedado atrapado por este texto del Nóbel de economía 2001. Sé que por mucho que lo digo, no visitáis el último de mis links favoritos y no quiero que se pierda la oportunidad de que lo leáis. Todas las semanas, se actualiza con varios artículos. Pero no quiero que os perdáis este. En cuanto tenga el mío, lo subo también: sin miedo a la acumulación.


Si busca crecimiento, gire a la izquierda

Joseph E. Stiglitz en Project-Syndicate (26/08/08)
NUEVA YORK

Tanto la izquierda como la derecha dicen defender el crecimiento económico. ¿Esto quiere decir que los votantes que intentan decidirse entre ambas no tendrían más que pensar que se trata de algo así como elegir equipos de gestión alternativos?
¡Ojalá las cosas fueran tan fáciles! Parte del problema tiene que ver con el papel que juega la suerte. La economía de Estados Unidos estuvo bendecida en los años 1990 con precios bajos de la energía, un ritmo alto de innovación y la oferta cada vez mayor por parte de China de productos de alta calidad a precios cada vez más bajos. Todo esto se combinó para producir una inflación baja y un crecimiento rápido.
El presidente Clinton y el entonces presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Alan Greenspan, merecen escaso crédito por todo esto -aunque, sin duda, la implementación de malas políticas podría haber complicado las cosas-. En cambio, los problemas a los que nos enfrentamos hoy -precios elevados de la energía y de los alimentos y un sistema financiero en crisis- fueron generados, en gran medida, por malas políticas.
Existen, por cierto, grandes diferencias en las estrategias de crecimiento, que tornan factibles diferentes resultados. La primera diferencia tiene que ver con cómo se concibe el crecimiento en sí. El crecimiento no es sólo cuestión de aumentar el PBI. Debe ser sostenible: un crecimiento basado en la degradación ambiental, una orgía de consumo financiado con endeudamiento o la explotación de recursos naturales escasos, sin reinvertir las ganancias, no es sostenible.
El crecimiento también debe ser inclusivo; al menos una mayoría de los ciudadanos deben resultar beneficiados. La economía por carácter transitivo no funciona: un aumento del PBI, en realidad, puede dejar a la mayoría de los ciudadanos peor parados. El reciente crecimiento de Estados Unidos no fue ni económicamente sustentable ni inclusivo. La mayoría de los norteamericanos hoy están peor que hace siete años.
Pero tiene que haber una ventaja relativa entre desigualdad y crecimiento. Los gobiernos pueden mejorar el crecimiento aumentando la inclusividad. El recurso más valioso de un país es su pueblo. De manera que es esencial asegurar que todos puedan vivir de la mejor manera posible, lo que requiere oportunidades de educación para todos.
Una economía moderna también requiere correr riesgos. Los individuos están más dispuestos a asumir riesgos si existe una buena red de contención. De lo contrario, los ciudadanos tal vez exijan protección de la competencia extranjera. La protección social es más eficiente que el proteccionismo.
El no promover la solidaridad social puede tener otros costos, entre los cuales no son menores los gastos sociales y privados necesarios para proteger la propiedad y encarcelar a los delincuentes. Se calcula que de aquí a unos años, Estados Unidos tendrá más gente trabajando en el negocio de la seguridad que en el sector de educación. Un año en la cárcel puede costar más que un año en Harvard. El costo que implica encarcelar a dos millones de norteamericanos –uno de los índices más altos en el mundo- debería considerarse como una deducción del PBI; sin embargo, se suma.
Una segunda diferencia importante entre la izquierda y la derecha tiene que ver con el papel del estado a la hora de promover el desarrollo. La izquierda entiende que el rol del gobierno en cuanto a proporcionar infraestructura y educación, desarrollar tecnología y hasta actuar como emprendedor es vital. El gobierno sentó las bases de Internet y las revoluciones biotecnológicas modernas. En el siglo XIX, la investigación en las universidades respaldadas por el gobierno de Estados Unidos sirvió de base para la revolución agrícola. El gobierno luego acercó estos avances a millones de granjeros norteamericanos. Los préstamos a pequeñas empresas han sido medulares en la creación no sólo de nuevas empresas, sino de nuevas industrias en su totalidad.
La diferencia final puede parecer extraña: la izquierda ahora entiende los mercados y el papel que pueden y deberían desempeñar en la economía. La derecha, especialmente en Estados Unidos, no. La Nueva Derecha, estereotipada por la administración Bush-Cheney, es realmente corporativismo del viejo bajo un nuevo disfraz.
No son libertarios. Creen en un estado fuerte con poderes ejecutivos robustos, pero un estado utilizado en defensa de intereses establecidos, que le brinda escasa atención a los principios del mercado. La lista de ejemplos es larga, pero incluye subsidios a grandes granjas corporativas, aranceles para proteger a la industria del acero y, más recientemente, los mega-rescates de Bear Stearns, Fannie Mae y Freddie Mac. Pero la inconsistencia entre retórica y realidad es de larga data: el proteccionismo se expandió durante el gobierno de Reagan, incluso a través de la imposición de las llamadas restricciones voluntarias a las exportaciones de autos japoneses.
Por el contrario, la nueva izquierda intenta hacer que los mercados funcionen. Los mercados sin trabas no funcionan bien por cuenta propia –una conclusión reforzada por la actual debacle financiera-. Los defensores de los mercados a veces admiten que fallan, incluso de manera desastrosa, pero sostienen que los mercados se “autocorrigen”. Durante la Gran Depresión, se escuchaban argumentos similares: el gobierno no necesitaba hacer nada, porque los mercados, a la larga , llevarían a la economía de nuevo al pleno empleo. Pero, como dijo John Maynard Keynes, a la larga todos estamos muertos.
Los mercados no se autocorrigen en un margen de tiempo relevante. Ningún gobierno puede mantenerse ocioso mientras un país cae en la recesión o la depresión, incluso cuando éstas estuvieran causadas por la ambición excesiva de los banqueros o el error por parte de los mercados de seguridad y las agencias de calificación a la hora de evaluar los riesgos. Pero si los gobiernos van a pagar las cuentas de hospital de la economía, deben actuar de manera tal que la hospitalización no resulte tan necesaria. El mantra de desregulación de la derecha era lisa y llanamente un error, y ahora estamos pagando el precio. Y el precio –en términos de pérdida de producción- será alto, superando quizá los 1,5 billones de dólares sólo en Estados Unidos.
La derecha suele rastrear su origen intelectual hasta Adam Smith, pero mientras que Smith reconocía el poder de los mercados, también reconocía sus límites. Incluso en su época, las empresas pensaban que podían incrementar más fácilmente las ganancias si conspiraban para que aumentaran los precios que si elaboraban productos innovadores de manera más eficiente. Hacen falta leyes antimonopólicas sólidas.
Es fácil ser el anfitrión de una fiesta. Por el momento, todos se sienten bien. Promover el crecimiento sostenible es mucho más difícil. Hoy, a diferencia de la derecha, la izquierda tiene una agenda coherente que no sólo ofrece mayor crecimiento, sino también justicia social. Para los votantes, la elección debería ser sencilla.


Joseph E. Stiglitz, profesor en la Universidad de Columbia, recibió el premio Nobel de Economía en 2001. Es co-autor, junto con Linda Bilmes, de The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict.

Copyright: Project Syndicate, 2008.
Traducción de Claudia Martínez

jueves, 21 de agosto de 2008

Daniel Saldaña Paris recuerda sus tiempos con Pablo L.T. (o Las Islas Coco son para quien las merece)

Antes de empezar, decir que en julio de 2007 le dediqué una entrada a Pablo (leer AQUÍ) que merece la pena sobre todo por la foto suya, a la que él mismo puso como pie “Seminarista en celo”. Contaba allí algo de lo que DSP cuenta ahora magníficamente en la conocida revista Letras Libres.

De Pablo qué decir, salvo que siempre me ha gustado tanto lo que escribe y lo que vive. Y que tras dos años tratándonos de usted, una tarde nos hicimos amigos y me abrazó, y me enseñó a abrazar a quien quiero cuando lo veo, en lugar de hacer esa leve inclinación de cabeza al estilo de un militar decimonónico (no me gusta dar la mano salvo en las cosas de trabajo, ni menos todavía el beso en la mejilla).

Por Pablo conocí a Daniel, y a la rubia Cristina, y a otro poeta mexicano del que solo recuerdo que era un gigantón. Durante varios meses, ver pasar por las calles de Malasaña a Daniel, Cristina y el Gigantón me causaba un placer especial, al saludarnos de acera a acera. Me parecía que daban un sentido a las cosas.

De Daniel he sabido por Pablo, que me ha dado a leer muchos más poemas suyos de los que Daniel sospecha. También conocía cosas como que, cuando Cristina y él se fueron a México, le enviaron a Pablo una caja con un trozo de pared de la casa donde vivían, para que supiera que “ésta es tu casa”.

Ahora Daniel es un joven y reconocido poeta mexicano y la historia de las Islas Coco nos llega magníficamente contada por él en una de las revistas de más prestigio. Se puede leer en la propia revista haciendo clic AQUÍ, o leerla también entera a continuación, porque la copio y pego entera.



LETRAS LIBRES
JULIO DE 2008
Geografías
Las islas coco
Por Daniel Saldaña Paris


A Pablo Lapuente, cartógrafo de la nada



La obsesión en torno a las Islas Coco llegó a mí como por contagio, en mitad de una temporada de ocio en un Madrid cultural y climáticamente árido. Cierto amigo se refería de vez en cuando a las mentadas islas, la mayoría de las veces sin venir muy al caso, supongo que por el simple gusto de tener en la boca un topónimo tan original. El nombre dejaba traslucir un carácter pintoresco y quisimos suponer simpáticos salvajes con idiomas basados en chiflidos.
Pero las Islas Coco fueron adquiriendo mayor presencia en nuestras vidas, y le asignamos a aquel lugar –aún imaginario– todos los valores de exotismo que el Café Manuela era capaz de despertar en nosotros. Ahora que lo pienso, creo que nos refugiábamos en los hipotéticos rituales que acontecían por aquellas costas para obviar las también absurdas costumbres que el local madrileño presentaba: en torno nuestro, una juventud de estentóreos vozarrones se exaltaba con algún juego de mesa que exigía de ellos pegarse en la frente una carta –en mi desprecio, quiero creer que con saliva– y hacer innumerables pantomimas mientras vaciaban tarros y tarros de cerveza. Para colmo, las exposiciones añadían al ambiente un toque de desquiciante dadaísmo involuntario, enmarcando a los jugadores de baraja en una orgía de colores chillones que, en el mejor de los casos, representaba a antiguas cantantes de flamenco en clave pop art.
Imaginamos entonces un archipiélago perdido entre Asia y Oceanía, compuesto por islotes someramente adornados por una palmera (el nombre de las islas lo pedía) y por un perro flaquísimo, que en nuestro postrero retiro (ya viejos, fundaríamos allí nuestro imperio de ocio y decadencia) sería el amigo molestamente fiel que nos seguiría por la playa mientras aventáramos latas vacías de Coca-Cola a los inalcanzables aeroplanos.
Internet es un invento peligroso cuando se tiene tiempo libre y una obsesión ultraespecífica. No contentos con nuestras especulaciones en torno a las Islas Coco, decidimos buscarlas en Google y establecer contacto con sus habitantes. Después de naufragar (son pocos los que realmente navegan en internet) durante algunas horas, encontramos una serie de datos que suplieron a las trilladas imágenes que nos habíamos fabricado.
Las Islas Coco, cuyo nombre oficial es Cocos Keeling Islands, pertenecen políticamente a Australia, y su población (629 habitantes) se divide en una mayoría de australianos y una minoría de malayos, geográficamente separados en cada una de las dos islas principales. La única forma de llegar es en hidroavión desde las Islas Christmas (desde donde, por cierto, emite la única estación de radio que captan los aparatos de las Islas Coco). El punto medio del rocío está en torno a los 12º C. Hay un pequeño hotel en la isla de habitantes australianos, a la que acuden muchos de los malayos, en barcas, para trabajar (sabe Dios en qué) durante el día. En ese mismo islote (que es el de mayor tamaño) hay un habitante que, según reportes, habla, además del inglés generalizado, portugués y francés; a él debe acudirse si se desea cualquier tipo de información turística. Si no recuerdo mal, es en la otra isla, la de los malayos, donde se puede encontrar una computadora de acceso público con conexión a internet.
Yendo quizá demasiado lejos en nuestras pesquisas, contactamos con un catalán que al parecer había pasado unos cuantos días en las Islas Coco, la tercera o cuarta vez que dio la vuelta al mundo. Le escribimos un e-mail deseosos de conocer sus impresiones, bajo el pretexto de querer fundar en aquel emplazamiento, dentro de unos cuantos años, un museo sede de una nueva pero trasnochada vanguardia artística. El catalán, menos comprensivo de lo que cabría suponer dado su vasto plexo de experiencias y viajes, apenas nos dio algunas de las direcciones prácticas que consigné en el párrafo anterior, junto con una fotografía de una boda malaya celebrada allí y otra, absolutamente convencional, que podría ser un anuncio de cualquier hotel en el Caribe.
Finalmente conseguimos una dirección postal de las islas y nos apresuramos, todavía en el cenit de nuestra arbitraria fascinación, a enviar dos o tres cartas por semana, muchas de las cuales, sin presentar texto alguno, consistían en objetos tan variados como una esponja de mar o una estampita de virgen. Esperábamos una respuesta entusiasta, de alguna mujer exuberante y solitaria que, comprendiendo plenamente las razones de nuestros incesantes envíos, estableciera con nosotros una correspondencia a base de objetos, mandándonos, a cambio de mi cepillo de dientes usado, algún botón arrancado a su vestido favorito. Pero supongo (ahora que ya no me ciega la intensidad de una obsesión geográfica) que esperar semejante respuesta era tan gratuito como todo lo que me pasó respecto a aquella región soleada y absolutamente desconocida de la Tierra. Más allá de un ocio voraz y un verano desmesuradamente caluroso, no había nada que justificara el repentino interés que mi amigo y yo sentimos por las Islas Coco.
Al cabo de un par de meses, cuando ya era más extraño que las islas aparecieran en nuestra conversación, y cuando ya los amigos, preocupados al principio, habían dejado de preguntarnos por el avance de nuestras investigaciones, recibí la primera de las cartas enviadas, con un sello en el que se especificaba la causa de la devolución: la dirección postal estaba incompleta. Lejos de desilusionarme, el retorno de mi carta reavivó la obsesión: ahora tenía una serie de objetos, testigos mudos de los mecanismos postales de la mitad del globo, que ¡habían estado en las Islas Coco!
Se instauró el envío de paquetes como un medio personalísimo de consagración de utensilios. Sucesivamente conocieron el aire de las islas varias de mis más preciadas pertenencias, que volvían a casa después de sesenta días, con el halo casi místico de lo que ha tocado el paraíso. Mi pluma Parker no volvió a escribir con la misma fluidez, pero en el fondo era preferible que se atorara la tinta sabiendo que escribía con un objeto curtido en el aire y el salitre de aquel ignoto archipiélago.
Un buen día los paquetes y las cartas ya no regresaron. Nunca supe si la mujer exuberante y solitaria había terminado por aceptar nuestras ofrendas con resignación o si había muerto el único cartero, aquel recomendado políglota que conocía mejor que nadie las intimidades y los vicios de los 629 habitantes de las Islas Coco. ~

lunes, 18 de agosto de 2008

El ordenador roto y la memoria

Estoy sin ordenador, por eso algunos habréis notado que he faltado a varias citas. Probablemente sea la fuente de alimentación, en cuyo caso lo tendré esta tarde o mañana. Pero he fantaseado con la posibilidad de que me haya quedado sin disco duro; sin la memoria de tantos escritos que no estaban en ninguna otra parte. Sería una pena, pero también una oportunidad. Todo lo que de verdad tenía significado tendría la oportunidad de rehacerlo, probablemente mejor; otras muchas cosas habrían desaparecido, merecidamente, para siempre. Una nueva memoria sería una nueva oportunidad, aunque temo que igual de desaprovechada como la anterior.

Es una suerte que el correo que uso mayoritariamente sea de gmail, que puedo consultar desde cualquier sitio. El de Outlook se abre directamente, sin poner una contraseña que hace años olvidé. Si el discuro duro ha desaparecido, no tendré oportunidad de volver a abrir esa cuenta de correo. Algún amigo me escribe allí muy de tarde en tarde, y ese mensaje se perderá, pero tengo unos veinte mensajes diarios, que seguirían cayendo día a día en la cesta del olvido. Y es que debo tener otra vida de la que no soy consciente; a lo mejor, soy sonámbulo y por eso a veces me levanto tan cansado. Todos los días me escriben varias amigas de nombres increíbles para decirme que disfrutarían más conmigo si me hiciera un alargamiento de pene. Les agradezco la sinceridad, pero deberían reconocer que son un poco pesadas y molestas: con que lo hubieran dicho una vez, ya me habría llegado el mensaje. Otros amigos, que deben estar al tanto de esto, me quieren vender viagras a unos precios increíbles: podría tomarme 10 ó 12 al día sin poner en peligro mi presupuesto. Luego están unos eslavos que todavía no escriben bien el español o usan un traductor automático. El caso es que todos los días se celebra El Gran Juego: una oportunidad renovada. Me lo pierdo siempre (la verdad es que ni siquiera sé dónde se puede participar), pero ellos me echan de menos: "Yo he echado de menos a tú en El Gran Juego de ayer, fue formidable, pero estás a tiempo para el siguiente...". Con tanto ajetreo, otros se preocupan de mi salud y me ofrecen una farmacopea natural a precios ridículos y de efectos grandiosos. Así se cierra el círculo, porque los de los Rolex han desaparecido: debieron pensar que llevaba ya un Rolex incluso en cada tobillo.

Perder una memoria así no creo que sea lamentable. Pienso si mi memoria humana, cuando se pierda, no estará llena de tantas inmundicias cotidianas.

Amenazo con volver: y pronto.

sábado, 9 de agosto de 2008

¡Guerra!

Allí donde hay patriotas, hay intereses fuertes que han creado la idea de esa patria. En este caso, los rusos y los americanos juegan su partida. Es un peligro para todos en el futuro. Lo es ya para las gentes de estas fotos. Son de EFE y las publica El País (que ya ha tomado partido descaradamente). No me atrevo a publicarlas. Dejo los link por si alguien quiere verlas.

Señora bombardeada

Vieja

Niño herido mujer muerta

Dolor

Esto es la guerra. La de ellos contra nosotros. De haber puesto una foto como símbolo, habría elegido la de la vieja.

domingo, 3 de agosto de 2008

Los libros de Murakami me producen el efecto de un sándwich

Pueden ser más o menos ricos; hacerte disfrutar más o menos mientras los comes; ser más sabrosos o más insípidos; calientes o fríos. Pero a la media hora te has olvidado de que lo comiste. Me comí... perdón, leí uno, Tokio Blues, con cierto interés por algo que diré al final. Estaba obligado a repetir y, con un poco más de esfuerzo, he terminado Al sur de la frontera, al oeste del sol.

Siguiendo con la comparación gastronómica, no hay peligro de que te pase como con un relato de Harold Brodkey, por poner un ejemplo de peso pesado. No te quedas luego sentado con un habano y una copa de coñac, notando cómo el gusto de las diversas especias, de las carnes con diversos grados de maceración, de las pequeñas cantidades de diversas verduras, regresa en su conjunto, separándose luego los ingredientes uno a uno, combinándose en diversos grupos. Metiéndose en los sueños y las pesadillas. Ni siquiera en una ensoñación han vuelto a aparecer estos dos libros.

Pero no quiero ser duro ni ponerme “estupendo”: no tengo absolutamente nada en contra de lo que se llama “literatura entretenida”. Nada con respecto a los demás: conozco a personas que respeto mucho que las leen. Nada con respecto a mí mismo: siempre que me “entretengan”, como hacen muchas novelas del género “negro”, pero en este caso una lo ha conseguido ligeramente (Tokio) y la otra (Al sur) nada.

A lo mejor tengo que leer más (espero que tarde en producirse), pero estas dos tienen sus parecidos. Ambas cuentan la historia de un amor por una chica rara que comienza en la preadolescencia, se produce una separación, el chico tiene otras relaciones (que cuenta pormenorizadamente) y se produce un reencuentro que es el meollo de la historia. En ambas el narrador se declara muy aficionado a leer y a escuchar música. (¡Anda, como yo!, dicen sus lectores creándose una falsa unión narrador-lector). Ambas están llenas de sexo practicado con jovencitas. Las más de las veces con jovencitas que para no perder su virginidad, pero satisfacer al amito, toman su pene entre los dedos y luego con su boca para dejarlo tranquilo. ¿A quién no va atraer esa imagen? Por ejemplo a mí: un par de ocasiones entre los dos libros, exigidas por el guión, incluso hasta tres ocasiones, habrían sido más que suficientes. Porque además en ninguno de los casos hay una reciprocidad, lo que resulta bastante cargante: solo los hombres tienen necesidades a satisfacer. ¿Cómo nadie comenta ese hecho de las relaciones sexuales practicadas para la satisfacción de una sola de las dos partes? Incluso aunque el origen de incluirlas sea el realismo con el que se describe el machismo nipón, tanta frecuencia, y con tanto detalle, me parece regodeo para atraer lectores. Por ejemplo, para conocer el machismo de esa sociedad, me resultó infinitamente más interesante Estupor y temblores de Amelie Nothomb.


Un guiño del autor por libro

Qué duda cabe de que Murakami es un tipo inteligente: hasta parece que en cada libro se permite hacer un guiño al lector, diciéndole lo que pasa. En Tokio me tenía subyugado por el tipo de narración. Esa forma de llevarme de aquí para allá, como en esa fuente inagotable que es Las mil y una noches. Pues bien, permite que el narrador te indique que es eso precisamente lo que contiene, cuando se refiere a cómo Naoko, la chica “rara” de esta novela, que apenas hablaba, se lanza una noche a contarle su historia:

“De pronto, empezó a llamarme la atención algo en su manera de hablar. Algo extraño, poco natural, forzado. Cada uno de los episodios era, en sí mismo, creíble y lógico, pero me sorprendió la manera de ligarlos. En un momento determinado, la historia A derivaba hacia la historia B, que ya estaba contenida en la historia A; poco después, pasaba de la historia B a la historia C, implícita en la anterior, y así de manera indefinida, sin un final previsible”. [p. 55 de la edición de bolsillo].

¡El autor ha tenido la audacia de señalar por medio del narrador la estructura de la forma de contar la historia en el libro! Esta forma ha sido, prácticamente, lo único que me ha interesado de verdad en los dos libros. Aquello que me gustaría “robarle”. Que lo haya explicitado es de agradecer.

En el otro, el de Al sur, he encontrado exactamente lo mismo, pero mucho peor porque la estructura es más bien, hasta la mitad del libro, como un catálogo de las relaciones afectivas intermedias. Tokio es del 87 y Al sur del 92. De haber sido al revés, podríamos entender que de una novela mediocre se le ocurriera hacer un bis mejorado. Pero de esta manera, me parece un petardo de mercadeo.

¿Y el guiño al lector de este libro? Lo encontramos en la página 128 de la edición de bolsillo:

“-¿Y por qué no lees novelas modernas?
-Tal vez sea porque no me gusta que me defrauden [responde el narrador-Murakami]. cuando leo un libro malo, tengo la sensación de haber malgastado el tiempo. Y eso me decepciona. Antes no me sucedía. Disponía de mucho tiempo
”.

Al menos hay que reconocerle al autor que le echa narices. (Voy a ver si encuentro algo de digestión más pesada).

viernes, 25 de julio de 2008

Buen género. De punto y aparte


Me he dosificado este libro de Flavia para que me durara. Un relato en el metro al ir y otro al venir. De todas maneras cuando terminas un relato no tienes ganas de pasar al otro, sino de quedarte un ratito disfrutando de los ricos cruces de realidad: como cuando sales de una película que te ha gustado. Si estuviera escribiendo una tesis sobre literatura, realidad, ficción, autor, narrador, personajes (o sea, sobre literatura), probablemente usaría como referentes principales este libro y los microrrelatos de Mega sobre autor, narrador y personajes.

Flavia tiene una escritura de cargas de profundidad, como La mitad sombría, libro al que me referí, poniendo unos extractos, en Las Playas, y del que en este blog celebré la traducción al portugués brasileño. Pero también tiene otra escritura de apariencia suave y fácil, que se puede leer distraídamente por los que gustan leer así (no lo aconsejo, porque hay más, pero se puede). En su blog hay una muestra de esa escritura con sus Frases (muy) hechas, que va poniendo entrada a entrada, la tercera parte de un delicioso libro, Trastornos literarios, del que tuve la suerte de que Crescencio me consiguiera un ejemplar.

Género de punto es de estos. Diecinueve relatos en los que un personaje, a veces indirecto, ha leído el que se refiere a algo que sabe y envía una carta a la editorial para añadir, quitar, recortar o pervertir lo que dice quien narra. (Hay un relato sin carta, pero otro tiene dos así que se compensan). El juego que se abre entre la narración y la carta da mucho de sí. Pero además, la carta da un aval de realidad que por sí solo lo trastoca todo. "De ahí" (así es como termina Flavia cada una de sus Frases), que creo que debería ser un libro de mucha lectura y reflexión, en lugar de otro proyecto lanzado y olvidado por la máquina devoradora de la industria editorial. La otra noche hablaba con Lara acerca de que las librerías de viejo se están convirtiendo en el verdadero centro de interés literario. Es el único sitio para encontrar lo mejor de lo que se escribe. Avisados están ustedes.

(El libro Género de punto os lo podéis bajar enterito en PDF de su blog, si no tenéis la suerte de encontrar el libro físico en una librería de viejo, para tener una experiencia más rica y móvil).

sábado, 19 de julio de 2008

sin que sea un precedente

No hice este blog para subir cosas de creación propia, salvo algunos poemas de vez en cuando. Me produce una sensación de desvalimiento. Pero he hablado tantas veces del Taller, y Winsta pidió que subiera un relato, que voy a poner uno. Es el penúltimo, el del miércoles 2 de julio. El tema era "El erotismo" y fue una noche divertida y hasta algo más que cálida: 14 personas que conoces bien leyendo el suyo en una cueva con humedad tropical y sin tener muy trazada la frontera entre lo erótico y lo pornográfico. Podría decir que es un ejercicio de taller, con unos objetivos personales claros para mí: sería cierto. Pero eso no encubre el hecho de que si hubiera sabido hacerlo mejor, lo habría hecho. En fin. Por una sola vez, y como es verano y ya hay menos gente, ahí va el mío.




Lucy in the Sky with Diamonds
A Winsta


Ni me acuerdo de su nombre. Pero sí de que tenía una piel muy blanca, algunas pecas, cabellos de judía, pechos grandes y caderas anchas. No entraba en ninguna de mis categorías de la atracción: primero, las andróginas; segundo, los putoncillos, que eran quienes más me excitaban para una relación rápida; tercero, lo que podría llamarse "rarezas" y me cautivaban por algo especial, porque me sentía con ellas como con un amigo (con derecho, a veces, a alivios sexuales). Por cómo hablaban, por aquello de lo que hablaban, por cómo vivían. Porque me abrían mundos y en aquel tiempo, exprovinciano reciente, el mundo, su bullicio y su barullo era lo que más hambre me daba.

Por ejemplo, tuve relaciones con una enana que se sabía al dedillo toda la filosofía francesa de aquellos tiempos; cuando para mí, después de Sartre no había nada. Mi juego preferido, al que ella se sumaba por complacerme, era entrar en un bar. Se pegaba a la barra, para que solamente asomara su cabecita y el camarero nada más viera un flequillo sobre media frente. "Una copa de Garvey", pedía yo. Ella callaba hasta la pregunta de rigor: "¿Y tú, nena, qué tomas?". "Otra copa de lo mismo", contestaba con una de las voces más graves que he oído. Aquello era mejor que el sexo. Aquello y sentarnos luego en una mesa fumando y bebiendo mientras tuviéramos dinero.

Pero las chicas de piel blanca, sencillas y dulces, administrativas que se sentían tranquilas con la vida, no me atraían especialmente. Por eso, Amparo —la voy a llamar así porque era valenciana— era la auténtica rareza. Apenas la veía; tenía novio. Pero los martes y los viernes venía a casa al mediodía. Comíamos algo comprado en un bar, nos desnudábamos y follábamos suavemente. Los dedos y la lengua, que su novio no usaba, eran lo que la hacía venir cada martes y cada viernes. Blandamente, me aburría cada vez más, lamiendo aquella seda de piel. Al terminar, fumábamos un par de cigarrillos, mirando al techo, mientras me hablaba de su vida. Ese día, al terminar, se duchó, como hacía siempre; la acompañé hasta la puerta, nos besamos y se fue a su jornada de tarde.
Me sentía como cuando vas a la playa, te metes 50 metros y nadas en paralelo a la orilla de una punta a otra varias veces. Al salir, agotado y con todas las toxinas expulsadas, te sientes magnífico, tumbado sobre la toalla, dejando que los músculos se relajen al sol. Pero cuando lo has hecho varios días, si no hay otro interés especial te aburres, así que al día siguiente no te levantas de la cama. Te haces una paja, te llevas un café a la cama y te pones a fumar y leer, durmiéndote a ratos, hasta que puede más el hambre.

Pensé que la natación en el mar de Amparo se había terminado.

En lugar de quedarme tranquilo, bajé a tomar un café con coñac y llamé por teléfono a Edu el Bolas. Lo llamaban así porque se atrevía hacer cosas que ninguno hacía, salvo que estuvieras con él. Hacía ya casi dos meses que de vez en cuando quedábamos solos, sin el grupo, para pasear por Valencia y hablar. Era poeta, estudiante de Filología, aunque apenas iba a la Facultad, gran conocedor de la literatura y los movimientos estadounidenses políticos y artísticos contemporáneos. Y estaba enamorado de mí, convencido de que mi reconocimiento era cuestión de tiempo. A veces nos dábamos piquitos en sitios especiales, como dentro de una iglesia delante de una beata, pero me negaba a verme con él a solas en lugares más comprometidos; como mi casa.
En cuanto le llamé aceptó quedar conmigo a las 12 en el bar de alterne al que iba por las noches, cuando todo había cerrado. A tomar café a precio de estudiante. Gratis total desde que la Madame me vio un día descargando un camión. Había unas chicas muy agradables con las que hablaba cuando no había clientes durante los 10 ó 15 minutos que tardaba en tomar uno o dos cafés. Esa noche, cuando llegó Eduardo, tomamos dos copas cada uno. Venía con una bolsa militar en la que traía el álbum Seargent Pepper’s. También una botella de coñac bueno, que le había birlado a su padre, hachís y un pañuelo rojo con el que cubrió la lámpara. Estábamos nerviosos, los dos. Bebíamos y hablábamos de cosas intrascendentes. Los Beatles sonaban. Cuando di la primera calada, de un porro muy suave, escuché "Look for the girl with the sun in her eyes and she's gone". La historia de mi vida, le dije, pero no que me parecía escapar de ella por sus ojos. Nunca, hasta entonces, los había visto así; me había sentido atraído por él de esa manera. Reíamos, nos mecíamos como si bailáramos. Nos fuimos quitando la camiseta el uno al otro. Me sentía como si por primera vez jugara, sin responsabilidades: no había que convencer, maniobrar, limitar territorios o franquearlos. Nos dejábamos llevar por la risa y la impaciencia: éramos iguales. Reconocíamos en el cuerpo del otro el deseo del nuestro.

Sentados, ya desnudos, en la cama, fumamos un porro muy fuerte y volvió a poner la cara A. Boca arriba, me sentía como plomo hundiéndome sobre el colchón, como si algo tirara de mí desde el centro de la Tierra. Hablar era difícil: nos salían unos sonidos lentos que el otro oía distorsionados. Cuando volvieron a cantar lo de la chica con el sol en los ojos que ha desaparecido, puso suavemente una mano en mi muslo. Sentí un crujido, una explosión eléctrica que me quemaba y atravesaba. No sé cuánto permanecimos así, porque el tiempo era tan difícil de controlar como el sonido. La mano empezó a subir muy despacio y yo, con un gran esfuerzo, le puse una mía en el pecho. Nadie me había acariciado de esa manera, me había conocido de ese modo. Tocaba donde yo me habría tocado de haber tenido una mano independiente. Entonces me besó, con una lengua dulce que tenía una voluntad muy superior a las que yo había besado. Una lengua con voluntad propia y una lentitud exasperante. Todo mientras deslizaba los dedos por mi pene hasta que, notando los movimientos automáticos de este, empezó a hacerlo con más fuerza. Acercando la boca a mi oreja me dijo No soy una chica, no tienes que esperar por mí, córrete cuando te apetezca. Y fue exactamente entonces cuando me apeteció.

Después le conduje a él. Más torpe, pero el tiempo que llevaba deseándome ayudó. Fumamos tabaco, cogidos de la mano. ¿Ves como sí?, dijo. Contigo es distinto, contesté, pero no soporto a tu grupo de gente, tienes que darme más tiempo. Me contestó que no lo había, que todo el tiempo del mundo no me libraría por sí solo de mis prejuicios. Se abrazó a mí y empezó a llorar. Poco después, con el frotamiento del abrazo y sus pequeñas convulsiones, acabamos corriéndonos el uno sobre el otro. Nos fuimos quedando dormidos, por el hachís y la tristeza. Tuve la sensación de que había algo en mí que funcionaba mal, y por eso desaparecía siempre la chica con el sol en los ojos.

viernes, 11 de julio de 2008

Me voy un poco (muy poco)

Lara me ha pedido dos veces que suba un poema. Siempre llevo uno o dos poemas en construcción en la cabeza. Ya no sé andar si no voy haciendo un poema o un relato. El relato sale cada dos semanas, gracias al Taller; pero el poema se queda dentro, a trozos, como cristals ortopédicos: solo queda escrito el título y la primera línea. Se hace, se deshace, se ramifica y corto y tiro la leña. Y nunca creo que esté acabado. De hecho, creo que este no lo está. He tomado unos trocitos y lo he montado; al fin y al cabo, puedo deshacerlo y hacerlo otra vez. Pero como me lo ha pedido Lara, venzo la tentación de pensar que en una semana estaría y lo pongo. O así me lo quito de encima.



Tres patas de una mosca de verano

Hay que saber que una mujer, un hombre,

es una herida.

Una conciencia que no descubre el sentido

del flujo de las cosas. No transita.

Registra el dolor y entra en alerta con el miedo.

No extraña que nos envolvamos

en la gelatina del día a día.

Hacer la cama, cocinar, comer,

limpiar la casa, trabajar, cerveza fría

con mínimas conversaciones desastradas.

Porque nada pasa.

Nada. Nada.



Hay que saberlo y olvidarlo luego.

El ser duele sin remedio.



Lavar la ropa, bailar,

tener amigos. Trabajar.

Sin notarlo, lo olvidado nos refuerza

como cristales ortopédicos de acero entre la carne.

Se agita algo en la memoria.



Ya el ser se sabe. No hay olvido.



Podemos mirar de otra manera,

sonreír en una esquina,

dedicar un crepúsculo entero a besarte

un muslo, solo uno. O recorrerte con el pulgar un labio

como un largo viaje.



Es como decirte que tampoco yo podría amarte,

que fuera de la soledad todo es invento.

Pero que estoy en tu secreto.

Te comprendo. Y te comparto.

martes, 1 de julio de 2008

La historia del Sistema





Le he pedido permiso a Miguel para bajarme de su blog, Cuatrocientos mares, y ayudar a extender este vídeo de la doctora Annie Leonard. Tras diez años de estudios sobre las relaciones de producción y poder, nos cuenta lo que ha descubierto. No lo cuenta "para niños", sino para que la gente no experta lo entendamos. En todo caso, lo ha estudiado con la curiosidad y la pasión de los niños. Merece la pena verlo hasta el final. Yo he aprendido mucho: cosas que todos deberíamos saber. También, en su final, me ha animado en el sentido de que se puede hacer algo, que hay que hacer algo. Si el tiempo no nos alcanza; en ese caso, peor para todos. Reservad 21 minutos para verlo cuando os resulte cómodo.