domingo, 21 de septiembre de 2008

Acepto, pues, por cariño, el premio


Freia me ha concedido un premio. Hace un tiempo, acepté uno, traspasándolo locamente a un montón de gente, como prueba de mi amour fou por todos ellos, queriendo que abriera relaciones (y creo que eso ha funcionado en bastantes casos). También dije que lo aceptaba por su procedencia, pero que no deseaba aceptar más.

Pero este viene de Freia, que no tiene por qué conocer mis posts antiguos, de quien tengo además que aceptarlo todo, porque el hecho de saber que existe, con esa generosidad, es importante para mí todos los días, porque me está haciendo volver a escuchar música, porque tiene una cultura brutal que hace que muchas veces ni me atreva a comentarle. Dice que me lo da porque soy un individuo ‘comme i’l faut’. No puedo estar más en desacuerdo; la prueba es que mi psiquiatra (el que me provee de esas sustancias que el vago de mi cerebro se niega a producir), ha decidido deshacerse de mí: me sube las dosis y me dice que me busque un psicoanalista al que no le pueda engañar tan fácilmente como a él, llegando a su consulta con discursos aprendidos. La verdad es que tiene más razón que un santo.

Así que lo voy a aceptar, porque es una cuestión de cariño, que es mucho más importante que una cuestión de honor, y voy a aprovechar para, salvo en dos casos, dedicarlo a gente de mi carpeta oculta. Me hubiera gustado incluir tres más, pero prefiero egoístamente que sigan siendo “ocultos” y míos. Ellos sabrán perdonarme.

Se lo traspaso, pues:
A Paralelo 49, que visito constantemente, porque en las fotos y en los textos transmite una belleza tranquila y profunda que me estremece.

A Isidro Saiz, un poeta ético de lejanas resonancias. Le leo todo, aunque no siempre le comente: la tristeza en la que se pierde es para mí una necesaria dosis homeopática.

A El colchón que volaba, por las viñetas de Ludo (una especie de Serge Gainsborough cuando lo ves aparecer) que debéis conocer, y por los textos de Lu, que hasta me dijo cómo se llamaba pero no le entendí y por esa coquetería de falso viejo no se lo volví a preguntar. Hace de barra de equilibrio entre su exquisita cultura y todos los Ludo routiers de los que se rodea.


A Dame una tregua, porque es Bárbara. Y no quiero decir más.


A Manolotel, poeta que se sabe y transmite todas las rsonancias clásicas de los versos y sabe lo que no está en los escritos (y sabe escribirlo).

A Momo, siempre cerca de mí, semioculta, solidaria, aportando una voluntad de vivir una vida mejor. La energía disparada.


AMPLIACIÓN DEL PREMIO


A Petinga, porque ella misma ha dicho que le apetecía recibirlo.

Los personajes no son el autor


No suelo hablar de cine, porque voy muy poco, pero el viernes fui al estreno de esta película última de Woody Allen y quedé con ese cuerpo pasmado que te deja una obra maestra.

Desde entonces, ya he sostenido tres discusiones para defender que no es WA quien tiene una visión superficial de guiri sobre Barcelona: son las 2 personajes americanas. Y eso es realismo y forma parte de la creación de personajes. Así que no me anden con pasárselas de listos.

En segundo lugar, aunque hay momentos en que la gente se ríe (nos reímos) mucho, es una verdadera tragedia de las relaciones humanas: la más que dudosa posibilidad de que una relación amorosa real funcione en el tiempo. Y no voy a decir nada más al respecto.

En tercer lugar, es absolutamente necesario verla en versión original, porque el cambio del inglés al español de Bardem y Penélope es siempre muy significativo y no sé como se podrá entender en la versión doblada.

Así que ya sabéis, si queréis que se os encoja el corazón y al salir del cine sentir la necesidad de ir a tomar cócteles hasta volver a casa haciendo eses, merece la pena la pena ver esta película vertiginosa y con voz en off del maestro de la comedia que más debe a Shakespeare.



sábado, 6 de septiembre de 2008

Ascesis

He vivido los últimos tiempos en el infierno de la confusión. Bebía por no tocar una piel, la tocaba pensando un paisaje imposible, miraba dejando que se filtrara el rencor hacia mí mismo. Todo eran mediocres compensaciones a destiempo. Ahora me he sacado a mí mismo de ese infierno, por el camino más duro: el del dolor de no consentirme.


Estoy en la oscuridad, contemplando las telas de araña de los deseos, que han atraído para ellas toda la luz. Brillantes y perfectas, con las gotitas destellantes aquí y allá, las contemplo desde la oscuridad en la que me han dejado. Son como un agujero negro que atrae toda la luz y me deja en el lado oscuro. Tan bellas como arañas encendidas de un palacio, me tientan. Pero no las creo, hace muy poco formaban bolas grasientas de pelo de rata y volverían a serlo si cediera.


No como, apenas bebo lo suficiente para sobrevivir, no leo, no hablo, no oigo, no toco. Con las escasas fuerzas que me van quedando, acudo a estas páginas a añadir algunas palabras. Ayer, ¿o fue esta mañana?, me quedé apoyado en la pared del pasillo, tratando de sujetarme en algo para no ceder a los recuerdos, falsamente embellecidos por un technicolor de cromo. Notaba el temblor de las manos en el muro. Después, desperté en el suelo allí mismo, con los labios secos. He bebido dos dedos de agua, porque hago esto para seguir vivo. Cada célula de mi cuerpo tendrá que decidir por sí misma lo que hace, no voy a entrar en esa guerra. Hago esto para que cada deseo sea limpio y fuerte, totalmente diferenciado de los demás. Lo hago porque no podía vivir ya de otra manera, para que cada recuerdo no sea diferente cada vez que viene a mí. Son fuerzas muy grandes las de la confusión, pero sé que lo conseguiré si pierdo la esperanza.

sábado, 30 de agosto de 2008

Un texto de Stiglitz rescatado de Globalizate.org

Estoy trabajando en un texto personal para poner aquí que puede, o no, estar este fin de semana. Pero he quedado atrapado por este texto del Nóbel de economía 2001. Sé que por mucho que lo digo, no visitáis el último de mis links favoritos y no quiero que se pierda la oportunidad de que lo leáis. Todas las semanas, se actualiza con varios artículos. Pero no quiero que os perdáis este. En cuanto tenga el mío, lo subo también: sin miedo a la acumulación.


Si busca crecimiento, gire a la izquierda

Joseph E. Stiglitz en Project-Syndicate (26/08/08)
NUEVA YORK

Tanto la izquierda como la derecha dicen defender el crecimiento económico. ¿Esto quiere decir que los votantes que intentan decidirse entre ambas no tendrían más que pensar que se trata de algo así como elegir equipos de gestión alternativos?
¡Ojalá las cosas fueran tan fáciles! Parte del problema tiene que ver con el papel que juega la suerte. La economía de Estados Unidos estuvo bendecida en los años 1990 con precios bajos de la energía, un ritmo alto de innovación y la oferta cada vez mayor por parte de China de productos de alta calidad a precios cada vez más bajos. Todo esto se combinó para producir una inflación baja y un crecimiento rápido.
El presidente Clinton y el entonces presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Alan Greenspan, merecen escaso crédito por todo esto -aunque, sin duda, la implementación de malas políticas podría haber complicado las cosas-. En cambio, los problemas a los que nos enfrentamos hoy -precios elevados de la energía y de los alimentos y un sistema financiero en crisis- fueron generados, en gran medida, por malas políticas.
Existen, por cierto, grandes diferencias en las estrategias de crecimiento, que tornan factibles diferentes resultados. La primera diferencia tiene que ver con cómo se concibe el crecimiento en sí. El crecimiento no es sólo cuestión de aumentar el PBI. Debe ser sostenible: un crecimiento basado en la degradación ambiental, una orgía de consumo financiado con endeudamiento o la explotación de recursos naturales escasos, sin reinvertir las ganancias, no es sostenible.
El crecimiento también debe ser inclusivo; al menos una mayoría de los ciudadanos deben resultar beneficiados. La economía por carácter transitivo no funciona: un aumento del PBI, en realidad, puede dejar a la mayoría de los ciudadanos peor parados. El reciente crecimiento de Estados Unidos no fue ni económicamente sustentable ni inclusivo. La mayoría de los norteamericanos hoy están peor que hace siete años.
Pero tiene que haber una ventaja relativa entre desigualdad y crecimiento. Los gobiernos pueden mejorar el crecimiento aumentando la inclusividad. El recurso más valioso de un país es su pueblo. De manera que es esencial asegurar que todos puedan vivir de la mejor manera posible, lo que requiere oportunidades de educación para todos.
Una economía moderna también requiere correr riesgos. Los individuos están más dispuestos a asumir riesgos si existe una buena red de contención. De lo contrario, los ciudadanos tal vez exijan protección de la competencia extranjera. La protección social es más eficiente que el proteccionismo.
El no promover la solidaridad social puede tener otros costos, entre los cuales no son menores los gastos sociales y privados necesarios para proteger la propiedad y encarcelar a los delincuentes. Se calcula que de aquí a unos años, Estados Unidos tendrá más gente trabajando en el negocio de la seguridad que en el sector de educación. Un año en la cárcel puede costar más que un año en Harvard. El costo que implica encarcelar a dos millones de norteamericanos –uno de los índices más altos en el mundo- debería considerarse como una deducción del PBI; sin embargo, se suma.
Una segunda diferencia importante entre la izquierda y la derecha tiene que ver con el papel del estado a la hora de promover el desarrollo. La izquierda entiende que el rol del gobierno en cuanto a proporcionar infraestructura y educación, desarrollar tecnología y hasta actuar como emprendedor es vital. El gobierno sentó las bases de Internet y las revoluciones biotecnológicas modernas. En el siglo XIX, la investigación en las universidades respaldadas por el gobierno de Estados Unidos sirvió de base para la revolución agrícola. El gobierno luego acercó estos avances a millones de granjeros norteamericanos. Los préstamos a pequeñas empresas han sido medulares en la creación no sólo de nuevas empresas, sino de nuevas industrias en su totalidad.
La diferencia final puede parecer extraña: la izquierda ahora entiende los mercados y el papel que pueden y deberían desempeñar en la economía. La derecha, especialmente en Estados Unidos, no. La Nueva Derecha, estereotipada por la administración Bush-Cheney, es realmente corporativismo del viejo bajo un nuevo disfraz.
No son libertarios. Creen en un estado fuerte con poderes ejecutivos robustos, pero un estado utilizado en defensa de intereses establecidos, que le brinda escasa atención a los principios del mercado. La lista de ejemplos es larga, pero incluye subsidios a grandes granjas corporativas, aranceles para proteger a la industria del acero y, más recientemente, los mega-rescates de Bear Stearns, Fannie Mae y Freddie Mac. Pero la inconsistencia entre retórica y realidad es de larga data: el proteccionismo se expandió durante el gobierno de Reagan, incluso a través de la imposición de las llamadas restricciones voluntarias a las exportaciones de autos japoneses.
Por el contrario, la nueva izquierda intenta hacer que los mercados funcionen. Los mercados sin trabas no funcionan bien por cuenta propia –una conclusión reforzada por la actual debacle financiera-. Los defensores de los mercados a veces admiten que fallan, incluso de manera desastrosa, pero sostienen que los mercados se “autocorrigen”. Durante la Gran Depresión, se escuchaban argumentos similares: el gobierno no necesitaba hacer nada, porque los mercados, a la larga , llevarían a la economía de nuevo al pleno empleo. Pero, como dijo John Maynard Keynes, a la larga todos estamos muertos.
Los mercados no se autocorrigen en un margen de tiempo relevante. Ningún gobierno puede mantenerse ocioso mientras un país cae en la recesión o la depresión, incluso cuando éstas estuvieran causadas por la ambición excesiva de los banqueros o el error por parte de los mercados de seguridad y las agencias de calificación a la hora de evaluar los riesgos. Pero si los gobiernos van a pagar las cuentas de hospital de la economía, deben actuar de manera tal que la hospitalización no resulte tan necesaria. El mantra de desregulación de la derecha era lisa y llanamente un error, y ahora estamos pagando el precio. Y el precio –en términos de pérdida de producción- será alto, superando quizá los 1,5 billones de dólares sólo en Estados Unidos.
La derecha suele rastrear su origen intelectual hasta Adam Smith, pero mientras que Smith reconocía el poder de los mercados, también reconocía sus límites. Incluso en su época, las empresas pensaban que podían incrementar más fácilmente las ganancias si conspiraban para que aumentaran los precios que si elaboraban productos innovadores de manera más eficiente. Hacen falta leyes antimonopólicas sólidas.
Es fácil ser el anfitrión de una fiesta. Por el momento, todos se sienten bien. Promover el crecimiento sostenible es mucho más difícil. Hoy, a diferencia de la derecha, la izquierda tiene una agenda coherente que no sólo ofrece mayor crecimiento, sino también justicia social. Para los votantes, la elección debería ser sencilla.


Joseph E. Stiglitz, profesor en la Universidad de Columbia, recibió el premio Nobel de Economía en 2001. Es co-autor, junto con Linda Bilmes, de The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict.

Copyright: Project Syndicate, 2008.
Traducción de Claudia Martínez

jueves, 21 de agosto de 2008

Daniel Saldaña Paris recuerda sus tiempos con Pablo L.T. (o Las Islas Coco son para quien las merece)

Antes de empezar, decir que en julio de 2007 le dediqué una entrada a Pablo (leer AQUÍ) que merece la pena sobre todo por la foto suya, a la que él mismo puso como pie “Seminarista en celo”. Contaba allí algo de lo que DSP cuenta ahora magníficamente en la conocida revista Letras Libres.

De Pablo qué decir, salvo que siempre me ha gustado tanto lo que escribe y lo que vive. Y que tras dos años tratándonos de usted, una tarde nos hicimos amigos y me abrazó, y me enseñó a abrazar a quien quiero cuando lo veo, en lugar de hacer esa leve inclinación de cabeza al estilo de un militar decimonónico (no me gusta dar la mano salvo en las cosas de trabajo, ni menos todavía el beso en la mejilla).

Por Pablo conocí a Daniel, y a la rubia Cristina, y a otro poeta mexicano del que solo recuerdo que era un gigantón. Durante varios meses, ver pasar por las calles de Malasaña a Daniel, Cristina y el Gigantón me causaba un placer especial, al saludarnos de acera a acera. Me parecía que daban un sentido a las cosas.

De Daniel he sabido por Pablo, que me ha dado a leer muchos más poemas suyos de los que Daniel sospecha. También conocía cosas como que, cuando Cristina y él se fueron a México, le enviaron a Pablo una caja con un trozo de pared de la casa donde vivían, para que supiera que “ésta es tu casa”.

Ahora Daniel es un joven y reconocido poeta mexicano y la historia de las Islas Coco nos llega magníficamente contada por él en una de las revistas de más prestigio. Se puede leer en la propia revista haciendo clic AQUÍ, o leerla también entera a continuación, porque la copio y pego entera.



LETRAS LIBRES
JULIO DE 2008
Geografías
Las islas coco
Por Daniel Saldaña Paris


A Pablo Lapuente, cartógrafo de la nada



La obsesión en torno a las Islas Coco llegó a mí como por contagio, en mitad de una temporada de ocio en un Madrid cultural y climáticamente árido. Cierto amigo se refería de vez en cuando a las mentadas islas, la mayoría de las veces sin venir muy al caso, supongo que por el simple gusto de tener en la boca un topónimo tan original. El nombre dejaba traslucir un carácter pintoresco y quisimos suponer simpáticos salvajes con idiomas basados en chiflidos.
Pero las Islas Coco fueron adquiriendo mayor presencia en nuestras vidas, y le asignamos a aquel lugar –aún imaginario– todos los valores de exotismo que el Café Manuela era capaz de despertar en nosotros. Ahora que lo pienso, creo que nos refugiábamos en los hipotéticos rituales que acontecían por aquellas costas para obviar las también absurdas costumbres que el local madrileño presentaba: en torno nuestro, una juventud de estentóreos vozarrones se exaltaba con algún juego de mesa que exigía de ellos pegarse en la frente una carta –en mi desprecio, quiero creer que con saliva– y hacer innumerables pantomimas mientras vaciaban tarros y tarros de cerveza. Para colmo, las exposiciones añadían al ambiente un toque de desquiciante dadaísmo involuntario, enmarcando a los jugadores de baraja en una orgía de colores chillones que, en el mejor de los casos, representaba a antiguas cantantes de flamenco en clave pop art.
Imaginamos entonces un archipiélago perdido entre Asia y Oceanía, compuesto por islotes someramente adornados por una palmera (el nombre de las islas lo pedía) y por un perro flaquísimo, que en nuestro postrero retiro (ya viejos, fundaríamos allí nuestro imperio de ocio y decadencia) sería el amigo molestamente fiel que nos seguiría por la playa mientras aventáramos latas vacías de Coca-Cola a los inalcanzables aeroplanos.
Internet es un invento peligroso cuando se tiene tiempo libre y una obsesión ultraespecífica. No contentos con nuestras especulaciones en torno a las Islas Coco, decidimos buscarlas en Google y establecer contacto con sus habitantes. Después de naufragar (son pocos los que realmente navegan en internet) durante algunas horas, encontramos una serie de datos que suplieron a las trilladas imágenes que nos habíamos fabricado.
Las Islas Coco, cuyo nombre oficial es Cocos Keeling Islands, pertenecen políticamente a Australia, y su población (629 habitantes) se divide en una mayoría de australianos y una minoría de malayos, geográficamente separados en cada una de las dos islas principales. La única forma de llegar es en hidroavión desde las Islas Christmas (desde donde, por cierto, emite la única estación de radio que captan los aparatos de las Islas Coco). El punto medio del rocío está en torno a los 12º C. Hay un pequeño hotel en la isla de habitantes australianos, a la que acuden muchos de los malayos, en barcas, para trabajar (sabe Dios en qué) durante el día. En ese mismo islote (que es el de mayor tamaño) hay un habitante que, según reportes, habla, además del inglés generalizado, portugués y francés; a él debe acudirse si se desea cualquier tipo de información turística. Si no recuerdo mal, es en la otra isla, la de los malayos, donde se puede encontrar una computadora de acceso público con conexión a internet.
Yendo quizá demasiado lejos en nuestras pesquisas, contactamos con un catalán que al parecer había pasado unos cuantos días en las Islas Coco, la tercera o cuarta vez que dio la vuelta al mundo. Le escribimos un e-mail deseosos de conocer sus impresiones, bajo el pretexto de querer fundar en aquel emplazamiento, dentro de unos cuantos años, un museo sede de una nueva pero trasnochada vanguardia artística. El catalán, menos comprensivo de lo que cabría suponer dado su vasto plexo de experiencias y viajes, apenas nos dio algunas de las direcciones prácticas que consigné en el párrafo anterior, junto con una fotografía de una boda malaya celebrada allí y otra, absolutamente convencional, que podría ser un anuncio de cualquier hotel en el Caribe.
Finalmente conseguimos una dirección postal de las islas y nos apresuramos, todavía en el cenit de nuestra arbitraria fascinación, a enviar dos o tres cartas por semana, muchas de las cuales, sin presentar texto alguno, consistían en objetos tan variados como una esponja de mar o una estampita de virgen. Esperábamos una respuesta entusiasta, de alguna mujer exuberante y solitaria que, comprendiendo plenamente las razones de nuestros incesantes envíos, estableciera con nosotros una correspondencia a base de objetos, mandándonos, a cambio de mi cepillo de dientes usado, algún botón arrancado a su vestido favorito. Pero supongo (ahora que ya no me ciega la intensidad de una obsesión geográfica) que esperar semejante respuesta era tan gratuito como todo lo que me pasó respecto a aquella región soleada y absolutamente desconocida de la Tierra. Más allá de un ocio voraz y un verano desmesuradamente caluroso, no había nada que justificara el repentino interés que mi amigo y yo sentimos por las Islas Coco.
Al cabo de un par de meses, cuando ya era más extraño que las islas aparecieran en nuestra conversación, y cuando ya los amigos, preocupados al principio, habían dejado de preguntarnos por el avance de nuestras investigaciones, recibí la primera de las cartas enviadas, con un sello en el que se especificaba la causa de la devolución: la dirección postal estaba incompleta. Lejos de desilusionarme, el retorno de mi carta reavivó la obsesión: ahora tenía una serie de objetos, testigos mudos de los mecanismos postales de la mitad del globo, que ¡habían estado en las Islas Coco!
Se instauró el envío de paquetes como un medio personalísimo de consagración de utensilios. Sucesivamente conocieron el aire de las islas varias de mis más preciadas pertenencias, que volvían a casa después de sesenta días, con el halo casi místico de lo que ha tocado el paraíso. Mi pluma Parker no volvió a escribir con la misma fluidez, pero en el fondo era preferible que se atorara la tinta sabiendo que escribía con un objeto curtido en el aire y el salitre de aquel ignoto archipiélago.
Un buen día los paquetes y las cartas ya no regresaron. Nunca supe si la mujer exuberante y solitaria había terminado por aceptar nuestras ofrendas con resignación o si había muerto el único cartero, aquel recomendado políglota que conocía mejor que nadie las intimidades y los vicios de los 629 habitantes de las Islas Coco. ~

lunes, 18 de agosto de 2008

El ordenador roto y la memoria

Estoy sin ordenador, por eso algunos habréis notado que he faltado a varias citas. Probablemente sea la fuente de alimentación, en cuyo caso lo tendré esta tarde o mañana. Pero he fantaseado con la posibilidad de que me haya quedado sin disco duro; sin la memoria de tantos escritos que no estaban en ninguna otra parte. Sería una pena, pero también una oportunidad. Todo lo que de verdad tenía significado tendría la oportunidad de rehacerlo, probablemente mejor; otras muchas cosas habrían desaparecido, merecidamente, para siempre. Una nueva memoria sería una nueva oportunidad, aunque temo que igual de desaprovechada como la anterior.

Es una suerte que el correo que uso mayoritariamente sea de gmail, que puedo consultar desde cualquier sitio. El de Outlook se abre directamente, sin poner una contraseña que hace años olvidé. Si el discuro duro ha desaparecido, no tendré oportunidad de volver a abrir esa cuenta de correo. Algún amigo me escribe allí muy de tarde en tarde, y ese mensaje se perderá, pero tengo unos veinte mensajes diarios, que seguirían cayendo día a día en la cesta del olvido. Y es que debo tener otra vida de la que no soy consciente; a lo mejor, soy sonámbulo y por eso a veces me levanto tan cansado. Todos los días me escriben varias amigas de nombres increíbles para decirme que disfrutarían más conmigo si me hiciera un alargamiento de pene. Les agradezco la sinceridad, pero deberían reconocer que son un poco pesadas y molestas: con que lo hubieran dicho una vez, ya me habría llegado el mensaje. Otros amigos, que deben estar al tanto de esto, me quieren vender viagras a unos precios increíbles: podría tomarme 10 ó 12 al día sin poner en peligro mi presupuesto. Luego están unos eslavos que todavía no escriben bien el español o usan un traductor automático. El caso es que todos los días se celebra El Gran Juego: una oportunidad renovada. Me lo pierdo siempre (la verdad es que ni siquiera sé dónde se puede participar), pero ellos me echan de menos: "Yo he echado de menos a tú en El Gran Juego de ayer, fue formidable, pero estás a tiempo para el siguiente...". Con tanto ajetreo, otros se preocupan de mi salud y me ofrecen una farmacopea natural a precios ridículos y de efectos grandiosos. Así se cierra el círculo, porque los de los Rolex han desaparecido: debieron pensar que llevaba ya un Rolex incluso en cada tobillo.

Perder una memoria así no creo que sea lamentable. Pienso si mi memoria humana, cuando se pierda, no estará llena de tantas inmundicias cotidianas.

Amenazo con volver: y pronto.

sábado, 9 de agosto de 2008

¡Guerra!

Allí donde hay patriotas, hay intereses fuertes que han creado la idea de esa patria. En este caso, los rusos y los americanos juegan su partida. Es un peligro para todos en el futuro. Lo es ya para las gentes de estas fotos. Son de EFE y las publica El País (que ya ha tomado partido descaradamente). No me atrevo a publicarlas. Dejo los link por si alguien quiere verlas.

Señora bombardeada

Vieja

Niño herido mujer muerta

Dolor

Esto es la guerra. La de ellos contra nosotros. De haber puesto una foto como símbolo, habría elegido la de la vieja.

domingo, 3 de agosto de 2008

Los libros de Murakami me producen el efecto de un sándwich

Pueden ser más o menos ricos; hacerte disfrutar más o menos mientras los comes; ser más sabrosos o más insípidos; calientes o fríos. Pero a la media hora te has olvidado de que lo comiste. Me comí... perdón, leí uno, Tokio Blues, con cierto interés por algo que diré al final. Estaba obligado a repetir y, con un poco más de esfuerzo, he terminado Al sur de la frontera, al oeste del sol.

Siguiendo con la comparación gastronómica, no hay peligro de que te pase como con un relato de Harold Brodkey, por poner un ejemplo de peso pesado. No te quedas luego sentado con un habano y una copa de coñac, notando cómo el gusto de las diversas especias, de las carnes con diversos grados de maceración, de las pequeñas cantidades de diversas verduras, regresa en su conjunto, separándose luego los ingredientes uno a uno, combinándose en diversos grupos. Metiéndose en los sueños y las pesadillas. Ni siquiera en una ensoñación han vuelto a aparecer estos dos libros.

Pero no quiero ser duro ni ponerme “estupendo”: no tengo absolutamente nada en contra de lo que se llama “literatura entretenida”. Nada con respecto a los demás: conozco a personas que respeto mucho que las leen. Nada con respecto a mí mismo: siempre que me “entretengan”, como hacen muchas novelas del género “negro”, pero en este caso una lo ha conseguido ligeramente (Tokio) y la otra (Al sur) nada.

A lo mejor tengo que leer más (espero que tarde en producirse), pero estas dos tienen sus parecidos. Ambas cuentan la historia de un amor por una chica rara que comienza en la preadolescencia, se produce una separación, el chico tiene otras relaciones (que cuenta pormenorizadamente) y se produce un reencuentro que es el meollo de la historia. En ambas el narrador se declara muy aficionado a leer y a escuchar música. (¡Anda, como yo!, dicen sus lectores creándose una falsa unión narrador-lector). Ambas están llenas de sexo practicado con jovencitas. Las más de las veces con jovencitas que para no perder su virginidad, pero satisfacer al amito, toman su pene entre los dedos y luego con su boca para dejarlo tranquilo. ¿A quién no va atraer esa imagen? Por ejemplo a mí: un par de ocasiones entre los dos libros, exigidas por el guión, incluso hasta tres ocasiones, habrían sido más que suficientes. Porque además en ninguno de los casos hay una reciprocidad, lo que resulta bastante cargante: solo los hombres tienen necesidades a satisfacer. ¿Cómo nadie comenta ese hecho de las relaciones sexuales practicadas para la satisfacción de una sola de las dos partes? Incluso aunque el origen de incluirlas sea el realismo con el que se describe el machismo nipón, tanta frecuencia, y con tanto detalle, me parece regodeo para atraer lectores. Por ejemplo, para conocer el machismo de esa sociedad, me resultó infinitamente más interesante Estupor y temblores de Amelie Nothomb.


Un guiño del autor por libro

Qué duda cabe de que Murakami es un tipo inteligente: hasta parece que en cada libro se permite hacer un guiño al lector, diciéndole lo que pasa. En Tokio me tenía subyugado por el tipo de narración. Esa forma de llevarme de aquí para allá, como en esa fuente inagotable que es Las mil y una noches. Pues bien, permite que el narrador te indique que es eso precisamente lo que contiene, cuando se refiere a cómo Naoko, la chica “rara” de esta novela, que apenas hablaba, se lanza una noche a contarle su historia:

De pronto, empezó a llamarme la atención algo en su manera de hablar. Algo extraño, poco natural, forzado. Cada uno de los episodios era, en sí mismo, creíble y lógico, pero me sorprendió la manera de ligarlos. En un momento determinado, la historia A derivaba hacia la historia B, que ya estaba contenida en la historia A; poco después, pasaba de la historia B a la historia C, implícita en la anterior, y así de manera indefinida, sin un final previsible”. [p. 55 de la edición de bolsillo].

¡El autor ha tenido la audacia de señalar por medio del narrador la estructura de la forma de contar la historia en el libro! Esta forma ha sido, prácticamente, lo único que me ha interesado de verdad en los dos libros. Aquello que me gustaría “robarle”. Que lo haya explicitado es de agradecer.

En el otro, el de Al sur, he encontrado exactamente lo mismo, pero mucho peor porque la estructura es más bien, hasta la mitad del libro, como un catálogo de las relaciones afectivas intermedias. Tokio es del 87 y Al sur del 92. De haber sido al revés, podríamos entender que de una novela mediocre se le ocurriera hacer un bis mejorado. Pero de esta manera, me parece un petardo de mercadeo.

¿Y el guiño al lector de este libro? Lo encontramos en la página 128 de la edición de bolsillo:

“-¿Y por qué no lees novelas modernas?
-Tal vez sea porque no me gusta que me defrauden [responde el narrador-Murakami]. cuando leo un libro malo, tengo la sensación de haber malgastado el tiempo. Y eso me decepciona. Antes no me sucedía. Disponía de mucho tiempo
”.

Al menos hay que reconocerle al autor que le echa narices. (Voy a ver si encuentro algo de digestión más pesada).

viernes, 25 de julio de 2008

Buen género. De punto y aparte


Me he dosificado este libro de Flavia para que me durara. Un relato en el metro al ir y otro al venir. De todas maneras cuando terminas un relato no tienes ganas de pasar al otro, sino de quedarte un ratito disfrutando de los ricos cruces de realidad: como cuando sales de una película que te ha gustado. Si estuviera escribiendo una tesis sobre literatura, realidad, ficción, autor, narrador, personajes (o sea, sobre literatura), probablemente usaría como referentes principales este libro y los microrrelatos de Mega sobre autor, narrador y personajes.

Flavia tiene una escritura de cargas de profundidad, como La mitad sombría, libro al que me referí, poniendo unos extractos, en Las Playas, y del que en este blog celebré la traducción al portugués brasileño. Pero también tiene otra escritura de apariencia suave y fácil, que se puede leer distraídamente por los que gustan leer así (no lo aconsejo, porque hay más, pero se puede). En su blog hay una muestra de esa escritura con sus Frases (muy) hechas, que va poniendo entrada a entrada, la tercera parte de un delicioso libro, Trastornos literarios, del que tuve la suerte de que Crescencio me consiguiera un ejemplar.

Género de punto es de estos. Diecinueve relatos en los que un personaje, a veces indirecto, ha leído el que se refiere a algo que sabe y envía una carta a la editorial para añadir, quitar, recortar o pervertir lo que dice quien narra. (Hay un relato sin carta, pero otro tiene dos así que se compensan). El juego que se abre entre la narración y la carta da mucho de sí. Pero además, la carta da un aval de realidad que por sí solo lo trastoca todo. "De ahí" (así es como termina Flavia cada una de sus Frases), que creo que debería ser un libro de mucha lectura y reflexión, en lugar de otro proyecto lanzado y olvidado por la máquina devoradora de la industria editorial. La otra noche hablaba con Lara acerca de que las librerías de viejo se están convirtiendo en el verdadero centro de interés literario. Es el único sitio para encontrar lo mejor de lo que se escribe. Avisados están ustedes.

(El libro Género de punto os lo podéis bajar enterito en PDF de su blog, si no tenéis la suerte de encontrar el libro físico en una librería de viejo, para tener una experiencia más rica y móvil).

sábado, 19 de julio de 2008

sin que sea un precedente

No hice este blog para subir cosas de creación propia, salvo algunos poemas de vez en cuando. Me produce una sensación de desvalimiento. Pero he hablado tantas veces del Taller, y Winsta pidió que subiera un relato, que voy a poner uno. Es el penúltimo, el del miércoles 2 de julio. El tema era "El erotismo" y fue una noche divertida y hasta algo más que cálida: 14 personas que conoces bien leyendo el suyo en una cueva con humedad tropical y sin tener muy trazada la frontera entre lo erótico y lo pornográfico. Podría decir que es un ejercicio de taller, con unos objetivos personales claros para mí: sería cierto. Pero eso no encubre el hecho de que si hubiera sabido hacerlo mejor, lo habría hecho. En fin. Por una sola vez, y como es verano y ya hay menos gente, ahí va el mío.




Lucy in the Sky with Diamonds
A Winsta


Ni me acuerdo de su nombre. Pero sí de que tenía una piel muy blanca, algunas pecas, cabellos de judía, pechos grandes y caderas anchas. No entraba en ninguna de mis categorías de la atracción: primero, las andróginas; segundo, los putoncillos, que eran quienes más me excitaban para una relación rápida; tercero, lo que podría llamarse "rarezas" y me cautivaban por algo especial, porque me sentía con ellas como con un amigo (con derecho, a veces, a alivios sexuales). Por cómo hablaban, por aquello de lo que hablaban, por cómo vivían. Porque me abrían mundos y en aquel tiempo, exprovinciano reciente, el mundo, su bullicio y su barullo era lo que más hambre me daba.

Por ejemplo, tuve relaciones con una enana que se sabía al dedillo toda la filosofía francesa de aquellos tiempos; cuando para mí, después de Sartre no había nada. Mi juego preferido, al que ella se sumaba por complacerme, era entrar en un bar. Se pegaba a la barra, para que solamente asomara su cabecita y el camarero nada más viera un flequillo sobre media frente. "Una copa de Garvey", pedía yo. Ella callaba hasta la pregunta de rigor: "¿Y tú, nena, qué tomas?". "Otra copa de lo mismo", contestaba con una de las voces más graves que he oído. Aquello era mejor que el sexo. Aquello y sentarnos luego en una mesa fumando y bebiendo mientras tuviéramos dinero.

Pero las chicas de piel blanca, sencillas y dulces, administrativas que se sentían tranquilas con la vida, no me atraían especialmente. Por eso, Amparo —la voy a llamar así porque era valenciana— era la auténtica rareza. Apenas la veía; tenía novio. Pero los martes y los viernes venía a casa al mediodía. Comíamos algo comprado en un bar, nos desnudábamos y follábamos suavemente. Los dedos y la lengua, que su novio no usaba, eran lo que la hacía venir cada martes y cada viernes. Blandamente, me aburría cada vez más, lamiendo aquella seda de piel. Al terminar, fumábamos un par de cigarrillos, mirando al techo, mientras me hablaba de su vida. Ese día, al terminar, se duchó, como hacía siempre; la acompañé hasta la puerta, nos besamos y se fue a su jornada de tarde.
Me sentía como cuando vas a la playa, te metes 50 metros y nadas en paralelo a la orilla de una punta a otra varias veces. Al salir, agotado y con todas las toxinas expulsadas, te sientes magnífico, tumbado sobre la toalla, dejando que los músculos se relajen al sol. Pero cuando lo has hecho varios días, si no hay otro interés especial te aburres, así que al día siguiente no te levantas de la cama. Te haces una paja, te llevas un café a la cama y te pones a fumar y leer, durmiéndote a ratos, hasta que puede más el hambre.

Pensé que la natación en el mar de Amparo se había terminado.

En lugar de quedarme tranquilo, bajé a tomar un café con coñac y llamé por teléfono a Edu el Bolas. Lo llamaban así porque se atrevía hacer cosas que ninguno hacía, salvo que estuvieras con él. Hacía ya casi dos meses que de vez en cuando quedábamos solos, sin el grupo, para pasear por Valencia y hablar. Era poeta, estudiante de Filología, aunque apenas iba a la Facultad, gran conocedor de la literatura y los movimientos estadounidenses políticos y artísticos contemporáneos. Y estaba enamorado de mí, convencido de que mi reconocimiento era cuestión de tiempo. A veces nos dábamos piquitos en sitios especiales, como dentro de una iglesia delante de una beata, pero me negaba a verme con él a solas en lugares más comprometidos; como mi casa.
En cuanto le llamé aceptó quedar conmigo a las 12 en el bar de alterne al que iba por las noches, cuando todo había cerrado. A tomar café a precio de estudiante. Gratis total desde que la Madame me vio un día descargando un camión. Había unas chicas muy agradables con las que hablaba cuando no había clientes durante los 10 ó 15 minutos que tardaba en tomar uno o dos cafés. Esa noche, cuando llegó Eduardo, tomamos dos copas cada uno. Venía con una bolsa militar en la que traía el álbum Seargent Pepper’s. También una botella de coñac bueno, que le había birlado a su padre, hachís y un pañuelo rojo con el que cubrió la lámpara. Estábamos nerviosos, los dos. Bebíamos y hablábamos de cosas intrascendentes. Los Beatles sonaban. Cuando di la primera calada, de un porro muy suave, escuché "Look for the girl with the sun in her eyes and she's gone". La historia de mi vida, le dije, pero no que me parecía escapar de ella por sus ojos. Nunca, hasta entonces, los había visto así; me había sentido atraído por él de esa manera. Reíamos, nos mecíamos como si bailáramos. Nos fuimos quitando la camiseta el uno al otro. Me sentía como si por primera vez jugara, sin responsabilidades: no había que convencer, maniobrar, limitar territorios o franquearlos. Nos dejábamos llevar por la risa y la impaciencia: éramos iguales. Reconocíamos en el cuerpo del otro el deseo del nuestro.

Sentados, ya desnudos, en la cama, fumamos un porro muy fuerte y volvió a poner la cara A. Boca arriba, me sentía como plomo hundiéndome sobre el colchón, como si algo tirara de mí desde el centro de la Tierra. Hablar era difícil: nos salían unos sonidos lentos que el otro oía distorsionados. Cuando volvieron a cantar lo de la chica con el sol en los ojos que ha desaparecido, puso suavemente una mano en mi muslo. Sentí un crujido, una explosión eléctrica que me quemaba y atravesaba. No sé cuánto permanecimos así, porque el tiempo era tan difícil de controlar como el sonido. La mano empezó a subir muy despacio y yo, con un gran esfuerzo, le puse una mía en el pecho. Nadie me había acariciado de esa manera, me había conocido de ese modo. Tocaba donde yo me habría tocado de haber tenido una mano independiente. Entonces me besó, con una lengua dulce que tenía una voluntad muy superior a las que yo había besado. Una lengua con voluntad propia y una lentitud exasperante. Todo mientras deslizaba los dedos por mi pene hasta que, notando los movimientos automáticos de este, empezó a hacerlo con más fuerza. Acercando la boca a mi oreja me dijo No soy una chica, no tienes que esperar por mí, córrete cuando te apetezca. Y fue exactamente entonces cuando me apeteció.

Después le conduje a él. Más torpe, pero el tiempo que llevaba deseándome ayudó. Fumamos tabaco, cogidos de la mano. ¿Ves como sí?, dijo. Contigo es distinto, contesté, pero no soporto a tu grupo de gente, tienes que darme más tiempo. Me contestó que no lo había, que todo el tiempo del mundo no me libraría por sí solo de mis prejuicios. Se abrazó a mí y empezó a llorar. Poco después, con el frotamiento del abrazo y sus pequeñas convulsiones, acabamos corriéndonos el uno sobre el otro. Nos fuimos quedando dormidos, por el hachís y la tristeza. Tuve la sensación de que había algo en mí que funcionaba mal, y por eso desaparecía siempre la chica con el sol en los ojos.

viernes, 11 de julio de 2008

Me voy un poco (muy poco)

Lara me ha pedido dos veces que suba un poema. Siempre llevo uno o dos poemas en construcción en la cabeza. Ya no sé andar si no voy haciendo un poema o un relato. El relato sale cada dos semanas, gracias al Taller; pero el poema se queda dentro, a trozos, como cristals ortopédicos: solo queda escrito el título y la primera línea. Se hace, se deshace, se ramifica y corto y tiro la leña. Y nunca creo que esté acabado. De hecho, creo que este no lo está. He tomado unos trocitos y lo he montado; al fin y al cabo, puedo deshacerlo y hacerlo otra vez. Pero como me lo ha pedido Lara, venzo la tentación de pensar que en una semana estaría y lo pongo. O así me lo quito de encima.



Tres patas de una mosca de verano

Hay que saber que una mujer, un hombre,

es una herida.

Una conciencia que no descubre el sentido

del flujo de las cosas. No transita.

Registra el dolor y entra en alerta con el miedo.

No extraña que nos envolvamos

en la gelatina del día a día.

Hacer la cama, cocinar, comer,

limpiar la casa, trabajar, cerveza fría

con mínimas conversaciones desastradas.

Porque nada pasa.

Nada. Nada.



Hay que saberlo y olvidarlo luego.

El ser duele sin remedio.



Lavar la ropa, bailar,

tener amigos. Trabajar.

Sin notarlo, lo olvidado nos refuerza

como cristales ortopédicos de acero entre la carne.

Se agita algo en la memoria.



Ya el ser se sabe. No hay olvido.



Podemos mirar de otra manera,

sonreír en una esquina,

dedicar un crepúsculo entero a besarte

un muslo, solo uno. O recorrerte con el pulgar un labio

como un largo viaje.



Es como decirte que tampoco yo podría amarte,

que fuera de la soledad todo es invento.

Pero que estoy en tu secreto.

Te comprendo. Y te comparto.

martes, 1 de julio de 2008

La historia del Sistema





Le he pedido permiso a Miguel para bajarme de su blog, Cuatrocientos mares, y ayudar a extender este vídeo de la doctora Annie Leonard. Tras diez años de estudios sobre las relaciones de producción y poder, nos cuenta lo que ha descubierto. No lo cuenta "para niños", sino para que la gente no experta lo entendamos. En todo caso, lo ha estudiado con la curiosidad y la pasión de los niños. Merece la pena verlo hasta el final. Yo he aprendido mucho: cosas que todos deberíamos saber. También, en su final, me ha animado en el sentido de que se puede hacer algo, que hay que hacer algo. Si el tiempo no nos alcanza; en ese caso, peor para todos. Reservad 21 minutos para verlo cuando os resulte cómodo.

domingo, 22 de junio de 2008

Nunca nada es igual a nada

A las 12 estaba tomando un café en un bar atestado. A pesar del ruido, pude seguir más o menos un pequeño reportaje que estaban pasando en CNN. En una ciudad de México, han creado una empresa llamada Esposas y Maridos de Alquiler. El reportaje sacaba a clientas y clientes encantados, y a “esposas” y “maridos”, con una camisetilla amarilla con el logo, más encantados todavía de tener ese trabajo. ¡Todos felices! ¡Una gran idea!

En realidad, se debía haber llamado Chachas y Chapuzas a Domicilio, porque las “esposas” van a hacer las tareas de la casa y los “maridos” a cortar el césped, arreglar la instalación eléctrica, etc.

Lo tremendo de esto es el nombre: designa perfectamente lo que se espera de una esposa y de un marido, dejando aparte cosas sin importancia, como el amor, las relaciones sexuales, la compañía, un proyecto de vida en común. Es decir, lo que un hombre de allí busca en realidad en una esposa es una “chacha”, y lo que busca una mujer en un marido es un “chapuzas”.

Sé perfectamente los problemas de la mujer, todavía, en nuestro entorno, por lo que con esto no quiero evitar la crítica a la situación diciendo que hay cosas peores. Solamente quería recalcar los caminos válidos que se han recorrido y que nunca nada es igual a nada. De ahí este post de urgencia, salido de la estupefacción en la que me ha dejado ese pequeño reportaje entrevisto y apenas oído.

lunes, 16 de junio de 2008

Un toque de levedad

Dedicado a Freia

Tenía pensados varios posts pelín-pesados, de esos que tanto me gustan (más de Harold Brodkey, buenas noticias de Globalízate.org, la agudización insoportable de la crisis ricos-pobres disfrazada de fracaso (o purga) del sistema...). Pero me ha apetecido un toque personal de un fin de semana ligero. Hace una mañana de sábado gloriosa. Sol y un ligero viento fresco. Y he decidido contarla, sobre todo por lo referente a Crescencio (el de la librería de segunda mano de la calle Palma), que se lo merece. Y contarlo como algo ligero (como el día). Como un reposo necesario.

El viernes por la noche, antes de cenar, quedé en Manuela con mi retoño y nos tomamos un par de Manhatan. Los recomiendo a todo el mundo, pero es muy necesario que los haga Barbarita, una chica menuda de piel oscurilla que está siempre en la barra. Los aprendió de Jesús y ha superado al maestro. Ese es su nombre. Como no tenía confianza suficiente para usar el diminutivo, la llamaba Bárbara, hasta que me lo dijo: “Mi nombre real es Barbarita”. Bárbaro, ¿verdad?

Por la mañana me despertó muy temprano el bullicio de los pájaros en el jardín arbolado que tengo enfrente. Frenéticos con la mañana de sol después de tanta lluvia. L, que se ha ido de viaje, dejó en la mesilla, acabado, Tokio Blues, de Murakami, así que me senté frente al balcón y leí la mitad. ¡Por fin he leído a Murakami! (Creo que habrá un post alguna vez: me ha despertado una sensación ambivalente, de pasión y aburrimiento).

A las once y media salí a la calle. Le había encargado a Crescencio que me consiguiera todos los libros de José Luis Cano que pudiera, y me avisó de que tenía dos.

¡Ay, Crescencio! Qué personaje tan necesario. Tiene unos libros increíbles a unos precios más increíbles todavía: tantas cosas buenas que ya no están en las librerías. Pero para mejorar las cosas, en la Plaza 2 de Mayo todos los viernes y los sábados hay una especie de Feria con casetas: discos antiguos, artesanía real... y la de Crescencio. Es un placer ir por allí a hablar con él y revolver los libros. Hay autores, como Rafael Reig, Juan Madrid y Mateo Díez, que se pasan por allí. Y en su corta existencia como librero tiene anécdotas impagables. En una feria de un pueblo de la Comunidad de Madrid, se acercó un señor mayor y empezó a revolver y apartar libros (“con solvencia y decisión”, me contaba Crescencio). Compró 11 o 12 y se quedó un rato a charlar con él. “Yo también me dedico al negocio de los libros”, le dijo el cliente. ¡Era Pancho, el fundador de Alfaguara!

Me tenía reservados Españoles de dos siglos, editado en el 74 por Seminarios y ediciones SA, y El tema de España en la poesía española contemporánea, excelentísima (y valiente para la época) antología que le publicó Revista de Occidente en el año 64. El libro contenía un regalo adicional. Tal como se hacía antes, el propietario original había anotado su nombre en la primera página: ¡Marcelino Oreja! (precio de los dos libros, ¡12 €!)

No pude evitar revolver y compré un pequeño ensayo sobre el tiempo presente, Nuestro tiempo, escrito por Eugenio Montale en 1972 y publicado en la colección Rotativa de Plaza y Janes, en traducción de Juan Moreno . Empieza con un poema suyo sobre el tema, El jardín italiano, que habla de una viejísima tortuga en un jardín y termina con dos versos reveladores: «Sólo hay una edad para ella: todos los desgarrones / son contemporáneos». (2 €)

Tampoco pude evitar que la mano apartara Menos que uno de Joseph Brodsky, un poeta que me gusta mucho y del que recomiendo la más que magnifica traducción de Marca de agua que hizo la lenta y densa escritora Menchu Gutiérrez para Siruela. Lo edita Círculo de Lectores, tiene nombre de la propietaria y fecha de la compra (4 de abril de 1989), y está traducido por Rosé Berdaguer Costa y Esteban Riambau Saurí. (5 €)

Hubiera seguido acaparando, por ejemplo un Nabokov que creo inédito en España y editado por Sur. Pero me pareció una descortesía. Soy un lector, no un coleccionista, y mucha gente tendría que pasar por allí ese día. Los que estéis en Madrid, o vengáis por aquí, no dejéis de visitar el puesto de Crescencio en la Plaza 2 de Mayo.

Después fui a comprar unos riojas, porque a las nueve vendrían unos amigos, todos asistentes a escuelas de pintura, para que les acompañara a conocer a un pintor muy bueno que vive en un bajo de mi casa. Antes, el retoño se pasaría para ver juntos el partido de fútbol de España y vendría Lila Berger, que tenía ganas de charlar con el retoño. (Tengo pensado poner un post sobre ese pintor).

Tras la sesión de muestra de pintura, nos despedimos de todos y Lila y yo recorrimos el barrio buscando un bar del que me habló Magapola y cuyo dueño vive también en otro bajo de mi casa. No recordaba el nombre, pero estaba seguro de que si lo veía me acordaría. Dos horas recorriendo el barrio sin encontrarlo, parando de vez en cuando en algún bar para tomar ella una cerveza y yo un pequeño whisky. Dos horas en las que Lila se rió bastante de mí, que no conmigo, por mis “peculiaridades”. Hasta que me acompañó al portal de casa, nos despedimos y al subir no me acuerdo muy bien de si me dormí cuando me había acostado o de pie, desnudándome. Pero dormí como un bendito.

jueves, 5 de junio de 2008

Apoyo al Patio Maravillas: es justo y necesario


La manifestación: ¡un éxito! Mucha gente, animada y pacífica. Sin el menor incidente (y eso que éramos tantos que se usó una parte de Gran Vía, lo que no estaba previsto.
La cuestión legal: ¡un éxito! El juez ha acabado aceptando las 54 últimas inculpaciones (serias y peligrosas para los autoinculpados), con lo que ha aceptado un dossier de más de 200 páginas con todo lo que se ha hecho. Después ha dicho que el tema requiere mucha información y HA DESESTIMADO la petición de la propiedad de desalojo rápido. Esto va a ir para largo y se van a poder saber muchas cosas. HAY QUE SEGUIR PRESTANDO APOYO.

En cuanto al comentario 4, de Aroa, respondo desde aquí: todos los días hay varias asambleas, talleres, clases, etc. Como muchos jóvenes tienen hijos, los dejan en la Chiki-Asamblea, donde compañeros se ocupan de cuidarlos perfectamente y de que se lo pasen bien mientras el padre o la madre hace lo que tiene que hacer. Esto es autogestión pensando en las necesidades de la gente. ¡Chapeau!


Sábado 7 de junio, 18 horas, Plaza de España de Madrid: concentracíón de apoyo contra el desalojo del PATIO MARAVILLAS


No es una cuestión política, es una cuestión social crucial, lo que es mucho más importante. Defienden las necesidades de muchos. La vida que muchos quieren hacer a su manera. Hay que presionar, hay que negociar, hay que conseguir. No es una batalla para perder (pensando que por luchar ya se ha ganado): si pierden, perdemos, aunque el mundo no se acabe por otra derrota. Pero queremos ganar.


Numerosos grupos que luchan por otro modo de vida en innumerables aspectos se reúnen allí (entre ellos, los dos a los que pertenezco), hacen sus asambleas, preparan sus movidas. Le gente del Barrio Malasaña (o Maravillas) se reúne en ese centro social. Hay conferencias. Hay talleres. Hay conciertos. Hay palabras. Hay vida.


Pero lo queren quitar. En otras ciudades de España y de Europa se negocia y se consigue. A la Iglesia le han regalado miles de millones en terrenos y locales y colegios... Y a las cofradías de pescadores de caña, bailes regionales, punto de calvario, también.

¿Por qué a la gente de 15 a más de 70 años que quiere profundizar en otros modos de vida, cada uno lo quiere, siempre hay que echarlos a la calle, para luego criminalizarlos porque están en las calles?


Esta vez tenemos que ganar: es cosa de todos


(texto de los del Patio que me ha llegado)


* 01. El Patio en alerta*
Desde hace semanas el Patio Maravillas se encuentra en situación de alerta. Sabemos que el propietario del edificio abandonado de la calle Acuerdo 8, donde hoy vive el Patio, ha iniciado una campaña judicial para echar del mismo a las gentes y los proyectos que le han dado vida en los últimos once meses. Nos hemos personado en ese proceso judicial presentando 150 autoinculpaciones que dicen algo tan sencillo como que el juez tiene la obligación de escuchar a aquell@s que han convertido en algo vivo un edificio muerto en manos de la especulación. Estamos en alerta, pero como no nos gusta pasar susto y nos va la marcha cosa mala, vamos a salir a la calle el próximo 7 de Junio. A celebrar que el Patio está vivo, que no se cierra y que vamos a defenderlo.

* 02. ¡Autogestión! ¡Experimentación! Y otras palabras que acaban en "on"*
Desde que nació, allá por Julio de 2007, el Patio Maravillas ha puesto en marcha numerosos experimentos y se ha caracterizado por ser un espacio abierto a la ciudadanía y dispuesto a cometer suficientes errores como para ser interesante. Entre esos experimentos uno de ellos tiene por nombre "autogestión", que quiere decir ni más ni menos que hemos sido capaces de organizarnos de manera autónoma, participativa, directa y tomando nuestra propia vida en nuestras propias manos sin delegar en nadie. El próximo día 7 de Junio vamos a salir a la calle para defender también estas cosas y todos los proyectos, los hombres y mujeres que se los pelean cada día en nuestros barrios y ciudades.

* 03. Abrir espacios*
Las miles de personas que han atravesado, vivido y cambiado el Patio en todo este tiempo saben que es necesario y urgente abrir espacios en esta ciudad para que la potencia que somos se exprese con toda libertad. El Patio es una pequeña posibilidad entre tantas otras de hacer que esos espacios crezcan. De devolvernos lo que es nuestro y nos ha sido robado: la ciudad, la vida, el tiempo. Por eso también estaremos en la calle el 7 de junio.

* 04. Expropiación*
Cuando entramos en el Patio empeñamos nuestra palabra y dijimos que el Patio era una dotación social del barrio y de la ciudad y que había que defenderla. Por ello hemos decidido lanzar una campaña pública para solicitar la expropiación del edificio. Es decir, para que pase de la gestión privada y especuladora de su dueño a la ciudadanía de Madrid. Y por ese proyecto también estaremos en la calle el 7 de junio.

* 05. Quien avisa no es traidor*
El día 7 vamos a salir a la calle a reivindicar que el Patio es mucho más que sus paredes y que pase lo que pase va a seguir existiendo. Que los proyectos que hoy están en peligro van a seguir adelante, que las vidas que hoy están en alerta van a seguir rebelándose. Que la ciudad que el Patio defiende va a seguir contando con el Patio como recurso. Que la mejor defensa es un buen ataque y que, como siempre, no estamos quietos, sino en movimiento.

* 06.- Solos no podemos, con amigos y amigas, sí
*El Patio es un ejemplo pequeño de una pelea pequeña de cómo la ciudad que soñamos se construye cotidianamente y se rebela contra la ley de la gravedad de la ciudad enladrillada y privatizada que se nos quiere imponer desde arriba. Sabemos que solos no podemos defenderlo igual que sabemos que esa ciudad la tenemos que construir entre todas y todos. Por eso, creemos que defender el Patio es defender también que Malasaña sea un barrio distinto y que Madrid sea una ciudad distinta. Por eso vamos a estar en la calle el 7 de junio. ¿Te apuntas?

* El Patio no se cierraMalasaña y Madrid no se venden: 7 de junio de 2008 a las 18h en Plaza de España
*Para consultar el pasado, el presente y el futuro de El Patio Maravillas:http://www.patiomaravillas.net/

Para participar en la campaña de apoyo: http://apoyos.patiomaravillas.net/

domingo, 1 de junio de 2008

Sexo tántrico en Sexapilas (y todo lo que deseasteis saber sobre el sexo)



Después de la densidad del tema del post anterior, sobre un escritor del que Fresán dice «de algún modo, leer a Brodkey es peligroso porque nos hace conscientes de lo lejos que se puede llegar sin que eso signifique haber llegado», había que meter un poco de aire fresco. Y recordé un post de Magapola en Sindrogámico, el 10 de abril, Ponte las pilas, y cuando Magapola dice “ve”, yo voy; a ver qué pasa.

El caso es que me costó. Sabía que no iba a ser un “sexshop” al uso, que no visito no porque tenga nada contra el sexo, sino porque forman parte de un entramado cutre y mafioso. Pero los de mi generación no contamos con otra cosa, así que el salto era difícil: de la nada al todo. Así que fui, nervioso; y fui recibido, creo que con igual de nervios, por Ana, la dueña, un encanto de mujer que hizo posible que ante un tipo mayor como yo se nos pasaran los nervios a los dos. Tened en cuenta que el eslogan es “Porque ya no somos niñas, pero queremos seguir jugando”. Desde luego ya no soy un niño, pero nunca fui una niña, así que la cosa era complicada. Pero ¿no fue niña quien me acompaña?

Podéis (y yo aconsejaría que lo hicierais) entrar en su página web, Sexapilas.com, donde encontraréis catálogos de productos ¡y numerosas actividades! Por ejemplo (pero no quiero dejar de citar la excelente colección de cómics eróticos, en crecimiento constante), este domingo 8, el primer taller sobre sexo tántrico (algo tan raro que el corrector ortográfico de Windows se empeña en que esa palabra no existe). Os copio la convocatoria en beneficio de los vagos (como yo), que dejan los enlaces para otra ocasión. Pero si entráis, encontraréis hasta sesiones “tuppersex” que os pueden hacer en vuestra casa, para comprar juguetes en lugar de cazuelas.


CHARLAS SOBRE SEXUALIDAD SAGRADA (TANTRA)

Tantra-Madrid en colaboración con Sexapilas ofrece charlas periódicas sobre diversos temas relacionados con la Sexualidad Sagrada.

Primera cita, "Objetos eróticos... complemento tántrico indispensable" el domingo 8 de Junio de 18 a 20 h, entrada libre (se admite colaboración voluntaria).

Profesado por Francisco S. Caballero Terapeuta energético. Monitor E.S. y T.T.
Debido al aforo limitado, reservar plaza en el tlf. 91 522 19 39, enviando un correo a sexapilas@sexapilas.com o directamente en la tienda Sexapilas (c/ Pozas 6 local derecha, metro noviciado).


Para convencerme más de poner este post (tan atrevido para un viejete como yo), resulta que hace unos 20 años traduje un libro sobre yoga tántrico que es uno de los mejores y más profundos textos filosóficos sobre el tema. Por supuesto, no digo cuál es, porque aparece mi nombre... ¡Y eso ya no tiene gracia!

domingo, 25 de mayo de 2008

Susan Sontag: Leo cada palabra que Harold Brodkey escribe


¡Y yo y yo!, repito como un loro, encantado de coincidir con ella. Conseguí su primer libro, Primer amor y otros pesares, en la segunda edición de Anagrama. Que ha sido la última; todos los demás, hasta los cinco que han sido editados, en la primera edición, que creo es la última. Como dice Sontag, de Harold Brodkey no se lee cada línea, sino cada palabra.

Y H.B. desapareció del mundo y de los medios. Y eso no puede suceder.

El otro día, mi amiga Elena (Lila Berger), en su búsqueda de librerías pequeñas donde repartir sus compras, fue a Tres Rosas Amarillas. Elena soporta mis palabras pero no creo que haya leído mi blog más de dos veces, así que conocía la librería por lo que yo le contaba y por los relatos completos de Italo Svevo, que le regalé comptados en esa librería y que le conmocionaron. Fue a 3RA, compró un libro y José Luis Pereira le recomendó otro: el primero de Brodkey. Tanto me habló ella del libro y del primer relato, “Estado de gracia” (y al día siguiente lo mismo José Luis), que volví a casa y leí ese relato, y el segundo y el libro entero. Y empecé con la impresionante colección de los relatos publicados en revistas, Relatos a la manera casi clásica. ¡Por dios! Si cuando se publicaron me hicieron polvo, el tiempo que ha pasado desde entonces (creo que principalmente todo lo que he aprendido en estos dos años de participar en la blogosfera, leyendo vuestras entradas y propuestas, y mi trabajo en El Taller) me ha permitido que en esta segunda lectura haya llegado a un segundo nivel de profundidad. ¿Cuántos quedarán ocultos?

Todos los ejemplares del primero que quedaban en la Editorial y en España los ha fagocitado ya la librería: no queda uno solo. Ha conseguido los que iban quedando del segundo. ¡Y no hay más!

¿Cómo puede desaparecer del mundo? Pensé en la necesidad de rescatarlo y en ir poniendo una entrada sobre cada uno de los 5 libros traducidos, tratando de encontrar los no traducidos para leerlos. Ya tenía preparado un trabajoso primer post sobre el primer libro, pero buscando en Internet, que aporta pocas novedades, he encontrado un artículo magnífico que explica muy bien quién era y el por qué de su desaparición (el establishment literario estaba hasta el gorro de su narcisismo y megalomanía y decidió olvidarlo, lo malo tanto como lo bueno). El artículo se publicó en RADAR LIBROS (con la “R” al revés) el domingo 4 de marzo de 2007. Es el magnífico suplemento cultural, que recomiendo a todos, del periódico argentino Página 12. Lo explica todo tan bien: título, entradilla, artículo de Rodrigo Fresán y artículo de Jonathan Baskin. Menos el último, que es fácil encontrar en Internet y lo alargaba demasiado, lo voy a “fusilar”. No por vaguería, que podría resumirlo y poner el enlace, sino por eficacia: muchas veces dejo los enlaces para otro momento y acabo sin leerlos. Y me gustaría que los leyeseis, porque cuentan la historia como yo no sabría contarla.

Que me perdonen los amigos de Radar Libros y Fresán. Si lo desean, basta con que me manden un mail y lo quitaré de inmediato.

Voy a añadir un extracto, bajado de Intrnet (El Poder de la Palabra) porque es más cómodo que copiarlo del libro. Es de la obra en la que cuenta su enfermedad y muerte por Sida y revela mucho de cómo era y escribía:

«Y así fue como terminó mi vida, y comenzó mi morir. No puedo cambiar el pasado, y no creo que lo hiciera. No espero ser comprendido. Me gusta lo que he escrito, los cuentos y las dos novelas. Si me ofrecieran verme libre de esta enfermedad a cambio de mi obra, no lo aceptaría. ¿Paz? Nunca la hubo en el mundo. Pero en viaje por las dóciles aguas, bajo el cielo, sin amarras, yo oigo ahora mi risa, primero nerviosa, luego de auténtico asombro. Me rodea por entero.»


Esta es la maravilla que apareció en Argentina aquel domingo de marzo:

El recuerdo fugitivo

¿Qué quedó de Harold Brodkey? A diez años de su muerte, la pregunta resuena contra un muro de silencio. En Estados Unidos, donde supo ser una rutilante promesa y una celebridad literaria de primera línea, sus libros están agotados y son inconseguibles, y poco y nada se discute sobre una obra que levantó enormes controversias entre los críticos desde los años ‘60. Radar indaga en las razones del ascenso y la caída de una de las mentes más brillantes de la literatura norteamericana.

Por Rodrigo Fresán

Harold Brodkey (1930-1996) solía afirmar en privado y en público que, a lo largo de los años, Norman Mailer, John Cheever, Saul Bellow y John Updike no habían dejado de robarle indiscriminada y descaradamente “mis oraciones”. No conforme con ello, Brodkey también aseguraba que su belleza había hecho sucumbir a hombres (arrancando con su padrastro, parece) y mujeres (Marilyn Monroe incluida), que el ser tan irresistible se había traducido en varios intentos frustrados de secuestro, que Sean Connery se había inspirado en su look y modales para el rol de Indiana Jones y la última cruzada. Y —si de lo que se trataba era de precisar su propio sitio e importancia dentro de la literatura— no vacilaba en responderle a un periodista que no era tarea sencilla vivir sabiéndose el mejor y más genial escritor de todos los tiempos al Oeste de Marcel Proust. En resumen: nadie dudaba de que Brodkey era un mitómano narcisista con posibles destellos de psicosis paranoica. Algunos diagnosticaban su ambición con un “está loco”, resumían su obra como una “apología de la masturbación” y calificaban su figura —así lo evocó el elegante James Salter en sus memorias— como la de “un tipo problemático”. Del otro lado, cuando eran testigos de alguna de sus habituales diatribas y bravuconadas que intimidarían hasta a Cassius Clay, sus cada vez menos amigos se limitaban a mirar al cielo y sonreír un entre divertido y resignado “Oh, Harold”. Apreciar y catalogar su obra, sin embargo, no era y no sigue siendo tan sencillo aunque sí capaz de provocar un —otro— “Oh, Harold” de signo e intensidad muy diferentes.
Una cosa es segura: la suya fue —y ahí están los libros, esos fantasmas que siempre viven más que el autor— una de las empresas más solitarias, arriesgadas, ambiciosas y, tal vez, más imposibles de llevar a cabo. Porque lo que Brodkey quería alcanzar —y así lo hizo saber en la clásica entrevista de The Paris Review cuando se le preguntó cuál era su ideal—- era “alterar la conciencia, cambiar el lenguaje de tal manera que todas aquellas formas de conducta a las que yo me opongo se vuelvan absurdas, impopulares, improbables. Lo que intentas es trabajar por una cultura que se tome seriamente al tiempo y la conciencia y no tan solo como parte de una de las tantas mareas de la moda. ¿Los ideales? Los ideales son para los que escriben esos textos en las postales de felicitación que se envían durante bautismos, bodas y cumpleaños”.
Y, otra vez, ahí está su obra como evidencia incontestable. Los relatos “normales” de Primer amor y otros pesares destacando el magnífico “Educación sentimental” donde, lo siento, parecería que es Brodkey quien le roba sus oraciones a Cheever. Los fulgurantes y turbulentos experimentos que convierten a Relatos a la manera casi clásica en una colección indispensable a la hora de apreciar todo lo que se puede conseguir o extraviar dentro del formato cuento. La meganovela fluctuante y seguramente frustrada El alma fugitiva. La inesperadamente plácida novela homoveneciana Amistad profana. Y esa descarnada y valiente y por momentos alucinada y esquiva coda funeraria —primero publicada en capítulos en The New Yorker, su alma mater— que es Esta salvaje oscuridad. (Julian Barnes felicitó a Tina Brown, la editora de la revista, por haberse “atrevido a publicarlo todo” incluyendo los raptos megalómanos; la respuesta de Brown fue: “Ah, Julian, si supieras lo que dejamos afuera”.)
Después, desde el otro lado —póstumos— nos llegaron los todavía inéditos en castellano My Venice (fragmentos turísticos éditos e inéditos), The World is the Home of Love and Death (relatos y extractos de lo que, se supone, sería la continuación de El alma fugitiva) y la sorpresa de los muy concisos y divertidos ensayos reunidos en Sea Battles on Dry Land. Todos y cada uno de estos títulos unidos por lo que, sin dudarlo, constituye una de las grandes aventuras del lenguaje dentro de la literatura norteamericana. Ese idioma/avalancha que inaugura Melville, entronca con Faulkner, sigue con William Gaddis y que, después de Brodkey, salta hasta David Foster Wallace.
Y la comparación entre Brodkey y Wallace —y sus dos novelas-mamut, El alma fugitiva y La broma infinita, respectivamente— quizá ayude a clarificar lo que puede llegar a ocurrir con un gran escritor. Como la de Brodkey, la novela de Wallace gira alrededor del tema de la familia como trauma inspirador y conspirador. Una y otra pueden ser calificadas como “experimentales” aunque la de Brodkey mira hacia atrás y la de Wallace hacia delante. Es decir: la primera (Brodkey) es un artefacto nostálgico cuya aspiración es la de superar a los maestros y cerrarles la puerta en la cara a sus contemporáneos, mientras que la segunda (Wallace) va en plan vista al frente y sólo le interesa ser avanzada sin sentir rencor alguno por los generales del ayer. Brodkey anunció durante años su mágnum-opus (refinanciando con pericia, como Truman Capote por sus Plegarias atendidas, numerosos y cuantiosos adelantos) preparando demasiadas veces a los mortales para la perfección que se avecinaba y que, demasiado tarde, resultó perfectamente imperfecta. El parto del monstruo de Wallace estuvo marcado —desde meses antes de su salida— por una cuidadosa y astuta estrategia de marketing con el manuscrito entregado. Es decir: la novela de Wallace existía mientras que la novela de Brodkey —riesgos de trabajar con material autobiográfico— había sido suplantada por Brodkey. Wallace se hizo célebre por lo que publicó mientras que la fama de Brodkey se debía a lo que no publicaba. Y Brodkey —autor y personaje— caía mal. Así que —cuando Brodkey decidió finalmente editar, sin dejar de advertir que El alma fugitiva era apenas el avance contundente de la tan mentada obra maestra— el chiste perdió su gracia y se desenvainaron las espadas. Después, casi enseguida, más furioso que nunca, Brodkey se dedicó a morir a lo largo de tres años descubriendo que el acto en cuestión era “todavía más aburrido que una novela de Updike” o algo así. No hay drama: “La vida tampoco es muy interesante”, agregó Brodkey.
Aquí y ahora —once años después— casi nadie menciona su nombre. Alguna vez firmas como Harold Bloom, Don DeLillo y Salman Rushdie defendieron su gesta, pero hoy nadie jura por su nombre (ver el reciente libro de listas de 125 colegas, The Top Ten, donde nadie lo elige) y el pasado mayo, en la librería neoyorquina The Strand, un ejemplar de la primera edición de El alma fugitiva autografiado (la firma enorme y avasallante, cruzando en diagonal toda la página de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha) se ofrecía por apenas diez dólares que yo pagué con gusto y sin dudas.
¿Y —otra vez— qué es lo que queda? Mucho, suficiente: extáticos relatos que quitan el aliento (como aquel del director de cine, aquel otro del orgasmo y ese sobre lo que experimenta un bebé al ser alzado en brazos por su padre, ganador de un Premio O’Henry) y parrafadas formidables —”estados de ánimo convertidos en opiniones”— de una audacia que pocos narradores han tenido y aún menos tendrán. Uno de esos escritores para los que el estilo es lo único que vale. Alguien que establece de entrada un pacto con el lector a quien le pide todo, porque siente que él, antes, ha entregado el universo y más allá. Un titán que, en algún momento humilde, se definió como “un adolescente en reversa” consciente de que “la irrealidad de lo que es real y el hecho de que yo la viva, de todos modos, como algo irreal, es mi forma de soñar despierto” para, de inmediato, recuperar el soberbio tono muscular de su cerebro: “Es peligroso ser tan buen escritor como yo”.
Y de acuerdo: de algún modo, leer a Brodkey es peligroso porque —en su inevitablemente frustrada aspiración, en el orgullo de su entrega— nos hace conscientes de lo lejos que se puede llegar sin que eso signifique haber llegado. Aún así, quién le quita lo bailado, lo escrito, lo amado a un hombre que, cuando se le pedía que se explayara acerca de su affaire con Marilyn Monroe, respondía con lo que quizá —consciente o inconscientemente— define a la perfección lo que le ocurre a todo lector que se acuesta o se sienta a leer uno de sus libros: “Bueno, es un tanto intimidante encamarse con alguien que tiene diez veces más confianza y habilidad sexual que uno”.
Oh, Harold.

lunes, 19 de mayo de 2008

Se lo merece el tío

Era el hermano pequeño de mi madre. Un hombre generoso, dinamitó su obra de poeta para entregarse, como secretario de Ínsula bajo la dirección de Canito, a servir de puente entre la obra de los exiliados y la del interior, en tiempos duros y difíciles políticamente, hasta que al jubilarse Canito pasó a dirigirla. Desde ese puesto se ganó la enemistad de dos grandes poetas que pensaron que no les servía bien, Cernuda y Gil de Biedma, pero también la amistad y el aprecio de muchísimos otros. En sus últimos años, llegó el olvido, como suele suceder porque la cultura es lo que sobrevive después del olvido. Ahora le toca ya “renacer” y se están reeditando algunos de sus libros.
Mi relación con él fue al principio difícil. Yo era un “enragé” más dispuesto a quemar el mundo que a participar en grupos “literario-burgueses”, por lo que nunca asistí a las tertulias a las que me quería llevar: para mí la lectura era algo que practicaba casi vergonzantemente, a escondidas; un vicio burgués. Creo que debió llegar a pensar que su sobrino era un tonto de remate. También creo que tenía toda la razón.
Más tarde, yo con más años y sabiendo ya que el mundo gira una vez cada 24 horas pase lo que pase, y él en periodo de declive, sí que nos vimos y conversamos más, en el pequeño apartamento de la plaza Santa Bárbara con las paredes ocultas por libros, en el que se refugió sus últimos años.
Allí me contó una anécdota que no he visto que nadie haya referido. Cuando en la guerra, después de que casi lo fusilan por rojo (en mi familia no fusilaron a nadie, porque siempre había un rojo o un facha que acudía a liberar al familiar apresado), terminó de camillero, se fue al frente con la novela Contrapunto de Huxley en inglés, del que no sabía nada, con un diccionario y una gramática inglesa. Al terminar la guerra, podía leer y escribir en lengua inglesa.

De las tres jornadas que le dedica el Ateneo, posiblemente solo podré ir a la de hoy. Pero pongo el cartel y el programa, más el texto que acompaña a la presentación de los actos, por si a alguien le interesa. Añado una de las fotos que han puesto los del Ateneo en la información.





lunes 19, a las 20.00 horas
José Luis Abellán
Dionisio Cañas
Miguel García-Posada
Alejandro Sanz


martes 20, a las 20.00 horas
Miguel Losada
M.ª Antonia Ortega
Carolyn Richmond
Ricardo Zamorano

miércoles 21, a las 20.00 horas
José R. Andérica
Susana Cavallo
Angelina Gatell
José Luis Mora


JOSÉ LUIS CANO DESDE LA AMISTAD


El Ateneo de Madrid celebra del 19 al 21 de mayo de 2008 las jornadas «José Luis Cano Desde la Amistad» en las que doce amigos del poeta y crítico se reunirán con el propósito de recordar desde el afecto y la admiración a quien dedicó su vida a la poesía y la literatura.


A las 20.00 horas de los días señalados compartirán sus experiencias —que vivieron junto a Cano— prestigiosas figuras de la cultura española como José Luis Abellán, presidente del Ateneo de Madrid; Dioniso Cañas, poeta; Miguel García‐Posada, crítico literario y escritor; Alejandro Sanz, secretario segundo del Ateneo de Madrid, discípulo de José Luis Cano y coordinador del evento; Miguel Losada, filólogo y poeta; M.ª Antonia Ortega, poeta; Carolyn Richmond, catedrática y especialista en literatura española; Ricardo Zamorano, pintor; José R. Andérica; Susana Cavallo, catedrática de español, directora del Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas de Loyola University Chicago y especialista en la poesía hispánica del siglo XX; Angelina Gatell, poeta, y José Luis Mora, pensador, orador y escritor.

José Luis Cano sirvió con ejemplar y generoso compromiso a la poesía y a la literatura durante toda su vida; a través, principalmente, de dos de las aventuras editoriales —de la segunda mitad del siglo XX— más importantes y decisivas para el conocimiento de muchos de nuestros más grandes poetas y escritores: la Colección Adonais de poesía y la revista bibliográfica de ciencias y letras Ínsula. Su prolija labor como crítico eclipsó quizá su obra como poeta, iniciada con la publicación en 1932, en la revista valenciana Murta, de dos breves composiciones —«Abandono» y «Como un sueño»—, que ya su amigo Vicente Aleixandre —lo conoció en Málaga en 1929— se había encargado de enviar a sus directores, Ramón Descalzo y Pla i Beltrán. Su primer artículo apareció publicado en la revista Sur en 1935 bajo el título de «Surrealismo y lucha de clases».

José Luis Cano definió a la generación del 27 como la generación de la amistad y a él, de alguna forma, se le ha considerado como el hermano menor de ésta, por la
estrecha y profunda relación que mantuvo con muchos de sus miembros, como bien lo demuestran, entre otras cosas, los cientos de cartas que recibió de ellos y que, como en el caso de Emilio Prados y Vicente Aleixandre, han visto su publicación de forma más o menos completa. Estos textos constituyen una prueba inequívoca y hermosa de la importancia que nuestro poeta tuvo en sus vidas, de los que dolorosamente permanecieron aquí y de los que tuvieron que exiliarse fuera de España.

José Luis Cano nació en Algeciras el 28 de diciembre de 1911, pero es en Málaga, a la que se traslada con su familia en 1924 —el padre había sido destinado como Gobernador Militar—, donde descubre la poesía gracias a Emilio Prados, que, por aquel entonces, dirigía junto a Manuel Altolaguirre la revista Litoral. La figura de Prados —doce años mayor que él— fue decisiva en la formación humana, estética y poética de José Luis, como mentor literario y como amigo. Prados —a quien conoce en 1928 gracias a Darío Carmona— le regala los primeros libros de poesía que ven la luz en la imprenta Sur: Lorca, Aleixandre, Cernuda, Juan Ramón, Antonio Machado, Rubén Darío, etc.; y mantiene charlas casi diarias con él, en las que le habla de su amistad con Lorca, de san Juan de la Cruz —su poeta preferido—, del amor, de la belleza, de la muerte, de su elevado concepto de la poesía, de la literatura, de todo aquello en lo que se asienta la vida y que marcarán notablemente su personalidad. En este sentido, el profesor José Carlos Mainer acierta cuando dice que Cano concebía la literatura «como la más alta expresión de la vida humana y como el lugar casi físico donde podían encontrarse los cómplices de su fe en ell».1 Quienes han tenido la inmensa fortuna de compartir su amistad, coinciden en esta rotunda apreciación sobre su personalidad. José Luis vivió vocacionalmente entregado a la palabra, a la poesía, como único elemento de salvación. En una breve nota biográfica manuscrita de junio de 1943 —que conservo— confiesa:

Desde 1931 vivo en Madrid. A pesar de que me gusta poco estudiar, tengo la carrera de Derecho y la de Filosofía y Letras. Hoy soy casi feliz, porque puedo seguir la máxima juanramoniana «amor y poesía cada día». Si algún día pierdo ambos, me iré de pescador a cualquier playa de mi tierra. [...] Trabajo bastante, en cosas que me gustan, y en otras que no me gustan nada. Dirijo la colección poética Adonais, y colaboro en las revistas de poesía Corcel2 y Garcilaso. Soy becario del Consejo Superior de Investigaciones, y empleado —mal empleado, naturalmente— en una gran empresa.3 He publicado un solo libro de versos Sonetos de la bahía. Tengo otro inédito, Voz de la muerte —1939‐1940—, y otros dos en preparación , a los que no les he puesto todavía título. Mi sueño es irme a vivir al litoral andaluz. Vivir allí el amor y la poesía».
1 “José Luis Cano en su Ínsula, Almoraima, n.º 22, Algeciras:Cádiz, octubre 1999, p. 37.
2 Revista valenciana (1942) dirigida por Ricardo Blasco y en la que colaboró con el seudónimo de Adrián Dale. Entre sus animadores estaban José Luis Hidalgo, José Hierro, Jorge Campos, Vicente Gaos, etc.
3 En septiembre de 1939 realizó las oposiciones a oficial administrativo de la CAMPSA, donde obtuvo el puesto de bibliotecario, del que se jubilaría voluntariamente en 1972.


No cabe duda de que Prados influyó en el destino literario del joven poeta, que le imbuyó de su misma fe en la literatura, como años después recordaría emocionado en su libro breve de memorias Los cuadernos de Adrián Dale.
José Luis Cano permanecería como director de Ínsula hasta 1987, en que los directivos de Espasa Calpe decidieron sustituirle —si eso era posible— por Víctor García de la Concha, nombrándole, de forma falsamente honorífica, presidente del Consejo Editorial. Enrique Canito se vio forzado a firmar el contrato de cesión de Ínsula en 1983 por serios problemas personales. Moriría diez años después, tristemente olvidado —como paradójicamente acostumbran en este país a morir la mayoría de escritores, artistas e intelectuales que nos han dejado algún legado importante.

Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras, se radicó en Madrid donde dirigió por más de veinte años la Colección Adonais . Fue secretario y crítico de la revista Ínsula, autor de diversas antologías y biógrafo de García Lorca y Antonio Machado. Ensayista y autor de varios libros de crítica literaria, dedicó mucha parte de su tiempo a defender la calidad de la poesía del 27, convirtiéndose además en un gran impulsor de la lírica andaluza. Fue traductor de poesía francesa e inglesa, conferenciante en universidades europeas y colaborador habitual de revistas hispanoamericanas. Como poeta dejó una obra llena de delicadeza y profundidad. Sus libros significativos son «Sonetos de la bahía» en 1942, «Voz de la muerte» en 1945, «Las alas perseguidas» en 1946, «Otoño en Málaga y otros poemas» en 1955, «Luz de tiempo» en 1962 y «Poesía» en 1964. Falleció en 1999.

Todos los que tuvieron la fortuna de conocer en algún periodo de nuestra vida a José Luis coincidirían definiéndolo como un poeta verdadero que compartió generosamente, con amor y necesidad, todo cuanto tuvo, y que luchó no sólo por preservar la dignidad de los poetas y de la poesía, sino de los hombres que, en su lectura, la habitan sin tiempo. Queda con su ausencia un enorme vacío, el eco de su maravillosa y ejemplar aventura humana y literaria.





Nada sabes. Contempla, pues, y vive
esta belleza sola, puro sueño en el tiempo,
lento olvido lejano de un dios que así perdura.
José Luis Cano

miércoles, 14 de mayo de 2008

Buenas noticias judiciales para los exlibreros de Fuentetaja

Ha sido un largo y difícil camino para ellos y para quienes hemos aprendido a apreciarlos y quererlos. En esa situación, Amelia se desmayó un día y se le descubrió una grave enfermedad de la que ya ha sido operada. Ya está como una rosa, pero fueron malos momentos.

El mes pasado tuvieron un juicio en el que la propiedad les acusaba de huelga ilegal. No se celebró porque 24 horas antes la propiedad quitó la denuncia.

Este lunes 12, a las 9:30 de la mañana tuvieron otro en el que se les acusaba de haber participado en la "violentísima entrada en la librería" un sábado de diciembre, después de la concentración. La denuncia citaba a otro y a mí, pero no nos imputaba. Fui como testigo de la defensa, teníamos toda la documentación, incluso una colección de fotos de un fotógrafo de El Mundo, uno prestigioso, de los que estuvieron en Irak. Ahí se nos ve a todos tan tranquilitos, incluso una madre con sus dos hijos.

El caso es que al final del juicio (fui el último testigo pero en todo eso ya estuve presente), el juez les preguntó a Ayuso y Mansilla, los dos dueños, que qué querían con esa denuncia. Respondieron acobardados (las frases siguientes son aproximadas), con voz temblorosa, "que lo que usted diga"... "¿Cómo lo que yo diga? Yo no he denunciado: ¿piden pena si es el caso?" ... "Bueno (dijo Mansilla), que les afée la conducta, porque nos han hecho perder mucho dinero"... Ahí casi me da la risa, ¿no sabe un propietario que si deja pudrir una huelga, sin negociar, y 1.000 clientes firman su apoyo a los huelguistas, va a perder dinero?

En resumen, el juez, en un acto de eficacia no frecuente, absolvió a los acusados, fundamentó allí mismo la absolución, dijo a los acusadores que visto lo visto, para evitar burocracia, si querían podían renunciar al derecho a apelar, renunciaron... ¡y dictó sentencia firme de absolución!

Como yo había manifestado que tenía prisa por cuestiones de trabajo, el juez dijo que firmara el primero la sentencia para que me pudiera ir. Esperando el ascensor les vi salir como si fueran unos seres pequeñitos y desamparados.

¿Qué queda ahora? El juicio laboral, que será el mes que viene. Como los dueños metieron el asunto de la entrada en la librería, tendrá que hablarse de ello y presentar la sentencia. Las cosas están mejor, pero en los juicios nunca se sabe: cruzad los dedos conmigo.

Estoy feliz con lo del lunes. Además, me voy unos días lejos de Madrid y de Internet, así que no me veréis por aquí ni por vuestros blogs.

A veces, lo justo es reconocido como justo. Un abrazo a todos.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Analítica de urgencia

La vida bulle.

Los encantadores de serpientes las alimentan con preciosos ratoncitos

felices de ser parte del espectáculo.

Un papel cuadriculado de dudosa geometría

dice que mi corazón deshilachado se regenera:

comed de él la parte que os nombra.

Otra vez mañana amanece otro día.