Le dediqué al de Rimbaud, además de todo mi entusiasmo, una segunda lectura inmediata, en la que en el capítulo dedicado a Verlaine y Rimbaud encontré unos subrayados a los que hasta les puse a lápiz un título, como si fuera una obra nueva. (¡Que el señor Anagrama me perdone el pirateo!).
(texto personalizado a base de recortar trece trocitos del capítulo cinco de Rimbaud hijo, de Pierre Michon, traducido para Anagrama por María Teresa Gallego, donde se cuenta la historia entre Verlaine y Rimbaud, para mí una de las más emocionantes de la Historia de los Poetas)
1.- «Verlaine, sabido es, entra en esta historia tocado con sombrero derby y en el andén de la estación del Este; y su historia personal entra en derechura en la prisión de Mons, el tonel de ajenjo y la baladronada trágica, el jergón y la Leyenda Dorada; y, junto al jergón, monjas de calendario, putas y aquel jovencito, Létinois, que era una muchacha muy bien plantada.»
2.- «Cierto es que no necesitaba para nada a Rimbaud; tenía ya edad suficiente para liquidarse a sí mismo y gran empeño en hacerlo; pero Rimbaud fue el pretexto soñado, la piedra en la que tropieza un destino. Y más que ninguna otra cosa en el mundo, a Verlaine le gustaba tropezar.»
3.- «Por el momento, luce sombrero derby, duerme en una estupenda cama con una mujer hermosa. Sólo él sabe que tropieza a cada paso, es joven y todavía no se le nota.»
4.- «Dicen que, con o sin sombrero, tropezando o sin tropezar, agradó a Arthur Rimbaud y, ciertamente, fue algo recíproco: sin disimulos, sin más reserva mental que la pretensión de cada uno de ser el primero, cosa que admitían ante el otro, sabemos que les gustaban sus mutuos escritos, que se tomaban mutuamente por videntes.»
5.- «Donde en doce sílabas crecen árboles, en los que el universo se encarna; y de esa encarnación segunda ambos se decían que quizá el otro poseía la llave. Ambos se alegraron al percatarse de que esa llave, si es que existía, estaba en manos de un compadre que les caía simpático.»
6.- «Pero es sabido que pocos días después de la estación del Este, jóvenes ambos y exaltados, se gustaron de forma diferente.»
7.- «No cabe, empero, duda alguna de que acontecimiento tal, ya fuera tempestad o brisa, oreó los escritos de Arthur Rimbaud y les resultó beneficioso, pues el joven había estado muy hambriento de esa danza, de la flor de ese ojo, que quizás andaba buscando por las inmediaciones de Charleroi el verano anterior y, al no encontrarla, para engañar el hambre y convocarla, fue dejando caer piedrecitas por el sendero: cierto es que las piedrecitas resultan muy gratas, pero no le bastan a una obra que es de la raza de los Ogros; y si la longitud de la varilla no da cabida también ... a la sombría, la ridícula flor del ojo moreno, es que la aleación de la varilla es mala y se doblará, como se doblaba en manos de Banville.»
8.- «Dicen que ese amor se les metió en el alma y acabó mal, como suele suceder cuando se mete el amor en el alma; dicen también que al tocar todos los palillos e interpretar todos los papeles, el de compadre, el de poeta, sacaron de quicio a la esposa, a la auténtica, a la de Verlaine, con las mil tretas arteras que dicta el ajenjo;»
9.- «Cuentan que los dos poetas, expulsados de aquel paraíso conyugal, tras muchas vueltas y revueltas y muchas evasivas de borracho ... se fueron a otra parte con la música de aquella danza luminosa, brincadora, sin que esta decayera, por más que la agusanase el vermiforme verso del sentimiento; y que, primero en Bruselas y luego en Londres, quizá para recuperar el puro fulgor anterior al sentimiento, cortejaron con ahínco aún más feroz al hada verde, el ajenjo, y también el oro intenso del whisky y la cerveza inglesa y el cieno de la cerveza negra; y que entonces, al fondo de esos pubs, se los veían enfrentados, cantarela contra cantarela, con la cara encendida y la nota atascada; y, por supuesto, en otras ocasiones, se inclinaban frente a frente, aplicados y formales, sobre un mismo escritorio de poeta de Londres,»
10.- «En esa ciudad de Londres de Antiguo Testamento, frente a frente en un escritorio de poeta, quiero creer que uno escribió las Romanzas sin palabras y el otro las Canciones ningunas, a las que, más adelante, puso otro título, y todas esas composiciones llenas eran de gracia, hechas de liviano aire, casi inexistentes, escritas en la boca de Baal, aunque muy por encima de Baal y del cieno de la cerveza negra; pues a la sazón pulsaban como es debido la cantarela, sólo para sí y también para los muertos; y, cuando amainaba el canto, ante ese escritorio se gastaban bromas, se envidiaban, se perdonaban. O se recitaban esas composiciones aéreas, uno de pie, sentado el otro, igual que en Saint-Cyr las muchachas ante el rey; y el que estaba sentado sentía pasar la gracia y la fuerza y la elevada retórica; y ninguno de los dos sabía que nunca más tendría un público así, un escenario así.»
11.- «Entre esa pez de Antiguo Testamente, sus devotos consiguen diferenciarlos sin dificultad y atribuir fácilmente a cada cual lo suyo; aquí el vidente, el innovador; y acá, el infeliz apegado a las lunas viejas; aquí, el hijo del sol, que camina en cabeza, y, a la cola, el tropezador, hijo de la luna; los devotos tienen el don de videncia; yo, en cambio, no veo nada: los rasgos de ambos se confunden en el smog de Babilonia. ¿Quién tiene barba y quién cara de pocos amigos? Está demasiado oscuro para saber quién es la virgen loca y quién la esposa infernal.»
12.- «Van a la estación, regresan a Europa; pues es sabido que acabaron por tener una bronca por un asunto de arenques; que, tras ese asunto, se marcharon de Babilonia; y que se dejaron caer de nuevo por Bruselas muy trastornados, desencajados, aterrados, y uno de los dos, el del sombrero derby, a las tres de la tarde, con doce o veinte hadas verdes aposentadas en permanencia en el cuerpo y pataleándole desde las ocho de la mañana, fue a las Galerías Saint-Hubert y, aterrado, compró una browning, que no era una browning, sino un revólver de seis tiros y siete milímetros, de cuya marca no estoy al tanto, y con él metió cierta cantidad de plomo en el ala del arcángel aterrado. Y helo aquí en la prisión de Mons; da en tierra y el otro se larga a su Patmos,»
13 o Conclusión.- «Y por lo que a Rimbaud y a él se refiere, la danza ha concluido.»








