jueves, 21 de agosto de 2008

Daniel Saldaña Paris recuerda sus tiempos con Pablo L.T. (o Las Islas Coco son para quien las merece)

Antes de empezar, decir que en julio de 2007 le dediqué una entrada a Pablo (leer AQUÍ) que merece la pena sobre todo por la foto suya, a la que él mismo puso como pie “Seminarista en celo”. Contaba allí algo de lo que DSP cuenta ahora magníficamente en la conocida revista Letras Libres.

De Pablo qué decir, salvo que siempre me ha gustado tanto lo que escribe y lo que vive. Y que tras dos años tratándonos de usted, una tarde nos hicimos amigos y me abrazó, y me enseñó a abrazar a quien quiero cuando lo veo, en lugar de hacer esa leve inclinación de cabeza al estilo de un militar decimonónico (no me gusta dar la mano salvo en las cosas de trabajo, ni menos todavía el beso en la mejilla).

Por Pablo conocí a Daniel, y a la rubia Cristina, y a otro poeta mexicano del que solo recuerdo que era un gigantón. Durante varios meses, ver pasar por las calles de Malasaña a Daniel, Cristina y el Gigantón me causaba un placer especial, al saludarnos de acera a acera. Me parecía que daban un sentido a las cosas.

De Daniel he sabido por Pablo, que me ha dado a leer muchos más poemas suyos de los que Daniel sospecha. También conocía cosas como que, cuando Cristina y él se fueron a México, le enviaron a Pablo una caja con un trozo de pared de la casa donde vivían, para que supiera que “ésta es tu casa”.

Ahora Daniel es un joven y reconocido poeta mexicano y la historia de las Islas Coco nos llega magníficamente contada por él en una de las revistas de más prestigio. Se puede leer en la propia revista haciendo clic AQUÍ, o leerla también entera a continuación, porque la copio y pego entera.



LETRAS LIBRES
JULIO DE 2008
Geografías
Las islas coco
Por Daniel Saldaña Paris


A Pablo Lapuente, cartógrafo de la nada



La obsesión en torno a las Islas Coco llegó a mí como por contagio, en mitad de una temporada de ocio en un Madrid cultural y climáticamente árido. Cierto amigo se refería de vez en cuando a las mentadas islas, la mayoría de las veces sin venir muy al caso, supongo que por el simple gusto de tener en la boca un topónimo tan original. El nombre dejaba traslucir un carácter pintoresco y quisimos suponer simpáticos salvajes con idiomas basados en chiflidos.
Pero las Islas Coco fueron adquiriendo mayor presencia en nuestras vidas, y le asignamos a aquel lugar –aún imaginario– todos los valores de exotismo que el Café Manuela era capaz de despertar en nosotros. Ahora que lo pienso, creo que nos refugiábamos en los hipotéticos rituales que acontecían por aquellas costas para obviar las también absurdas costumbres que el local madrileño presentaba: en torno nuestro, una juventud de estentóreos vozarrones se exaltaba con algún juego de mesa que exigía de ellos pegarse en la frente una carta –en mi desprecio, quiero creer que con saliva– y hacer innumerables pantomimas mientras vaciaban tarros y tarros de cerveza. Para colmo, las exposiciones añadían al ambiente un toque de desquiciante dadaísmo involuntario, enmarcando a los jugadores de baraja en una orgía de colores chillones que, en el mejor de los casos, representaba a antiguas cantantes de flamenco en clave pop art.
Imaginamos entonces un archipiélago perdido entre Asia y Oceanía, compuesto por islotes someramente adornados por una palmera (el nombre de las islas lo pedía) y por un perro flaquísimo, que en nuestro postrero retiro (ya viejos, fundaríamos allí nuestro imperio de ocio y decadencia) sería el amigo molestamente fiel que nos seguiría por la playa mientras aventáramos latas vacías de Coca-Cola a los inalcanzables aeroplanos.
Internet es un invento peligroso cuando se tiene tiempo libre y una obsesión ultraespecífica. No contentos con nuestras especulaciones en torno a las Islas Coco, decidimos buscarlas en Google y establecer contacto con sus habitantes. Después de naufragar (son pocos los que realmente navegan en internet) durante algunas horas, encontramos una serie de datos que suplieron a las trilladas imágenes que nos habíamos fabricado.
Las Islas Coco, cuyo nombre oficial es Cocos Keeling Islands, pertenecen políticamente a Australia, y su población (629 habitantes) se divide en una mayoría de australianos y una minoría de malayos, geográficamente separados en cada una de las dos islas principales. La única forma de llegar es en hidroavión desde las Islas Christmas (desde donde, por cierto, emite la única estación de radio que captan los aparatos de las Islas Coco). El punto medio del rocío está en torno a los 12º C. Hay un pequeño hotel en la isla de habitantes australianos, a la que acuden muchos de los malayos, en barcas, para trabajar (sabe Dios en qué) durante el día. En ese mismo islote (que es el de mayor tamaño) hay un habitante que, según reportes, habla, además del inglés generalizado, portugués y francés; a él debe acudirse si se desea cualquier tipo de información turística. Si no recuerdo mal, es en la otra isla, la de los malayos, donde se puede encontrar una computadora de acceso público con conexión a internet.
Yendo quizá demasiado lejos en nuestras pesquisas, contactamos con un catalán que al parecer había pasado unos cuantos días en las Islas Coco, la tercera o cuarta vez que dio la vuelta al mundo. Le escribimos un e-mail deseosos de conocer sus impresiones, bajo el pretexto de querer fundar en aquel emplazamiento, dentro de unos cuantos años, un museo sede de una nueva pero trasnochada vanguardia artística. El catalán, menos comprensivo de lo que cabría suponer dado su vasto plexo de experiencias y viajes, apenas nos dio algunas de las direcciones prácticas que consigné en el párrafo anterior, junto con una fotografía de una boda malaya celebrada allí y otra, absolutamente convencional, que podría ser un anuncio de cualquier hotel en el Caribe.
Finalmente conseguimos una dirección postal de las islas y nos apresuramos, todavía en el cenit de nuestra arbitraria fascinación, a enviar dos o tres cartas por semana, muchas de las cuales, sin presentar texto alguno, consistían en objetos tan variados como una esponja de mar o una estampita de virgen. Esperábamos una respuesta entusiasta, de alguna mujer exuberante y solitaria que, comprendiendo plenamente las razones de nuestros incesantes envíos, estableciera con nosotros una correspondencia a base de objetos, mandándonos, a cambio de mi cepillo de dientes usado, algún botón arrancado a su vestido favorito. Pero supongo (ahora que ya no me ciega la intensidad de una obsesión geográfica) que esperar semejante respuesta era tan gratuito como todo lo que me pasó respecto a aquella región soleada y absolutamente desconocida de la Tierra. Más allá de un ocio voraz y un verano desmesuradamente caluroso, no había nada que justificara el repentino interés que mi amigo y yo sentimos por las Islas Coco.
Al cabo de un par de meses, cuando ya era más extraño que las islas aparecieran en nuestra conversación, y cuando ya los amigos, preocupados al principio, habían dejado de preguntarnos por el avance de nuestras investigaciones, recibí la primera de las cartas enviadas, con un sello en el que se especificaba la causa de la devolución: la dirección postal estaba incompleta. Lejos de desilusionarme, el retorno de mi carta reavivó la obsesión: ahora tenía una serie de objetos, testigos mudos de los mecanismos postales de la mitad del globo, que ¡habían estado en las Islas Coco!
Se instauró el envío de paquetes como un medio personalísimo de consagración de utensilios. Sucesivamente conocieron el aire de las islas varias de mis más preciadas pertenencias, que volvían a casa después de sesenta días, con el halo casi místico de lo que ha tocado el paraíso. Mi pluma Parker no volvió a escribir con la misma fluidez, pero en el fondo era preferible que se atorara la tinta sabiendo que escribía con un objeto curtido en el aire y el salitre de aquel ignoto archipiélago.
Un buen día los paquetes y las cartas ya no regresaron. Nunca supe si la mujer exuberante y solitaria había terminado por aceptar nuestras ofrendas con resignación o si había muerto el único cartero, aquel recomendado políglota que conocía mejor que nadie las intimidades y los vicios de los 629 habitantes de las Islas Coco. ~

21 comentarios:

Daniel Saldaña París dijo...

Jajajaja, excelente introducción y contextualización, querido Nano. Una bella tergiversación de los hechos, si existieron como tales.

Abrazo.
D.

Єѕтnoм dijo...

Impagable la enseñanza de Pablo de abrazar a quien quiere y cuando quiere.
Yo le abrazo ahora porque quiero.

Gemma dijo...

Nán, mis felicitaciones a Daniel S. P. por su deliciosa crónica de viajes a estas ignotas islas Coco, jaja. ¡Menudos sois!

Dan ganas de enviar enseguida varios paquetes postales.

;-P

El Aviador Capotado dijo...

Nán. Acabas de ingresar una nueva angustia fetichista en mi infinita y enorme colección de fetiches y angustias: La necesidad imperiosa de que una mujer morena, algo metida en carnes, treintañera, desesperada, las que siempre esperan algo que nunca llegará, me regale un botón arrancado a su vestido favorito. Mejor, si es de entretiempo.

Nos vemos en Coco

PD. ¿Existe algún seminarista que no esté en celo?

Fuerte abrazo Nán

NáN dijo...

Gracias, Daniel. Los hechos, de haber existido, estarían acabados. Esto fue lenguaje y por eso sigue haciéndose.

Estom, no te extrañe que en el muy poco probable caso de que nos conozcamos, te dé un abrazo.

Tienes razón, Mega, pero "son", no "sois". Daniel y Pablito son una máquina de invención. Puedes unirte a Pablo, que sigue con el arte postal (yo sigo recibiendo de vez en cuando cartas "difíciles").

Aviador, veo que el texto de Daniel te ha agarrado. A mí me pasó lo mismo y por eso lo puse. Hay muchos poemas suyos en Internet que pueden leerse. Por ejemplo estos tres brevísimos aparecidos en Bilboquet:
http://bilboquet.es/B7REAL/PAG/DANIEL.html#

carmen moreno dijo...

Conocí a Daniel contigo y tengo ganas de reencontrarlo.

A Daniel, gracias por la cartografía.

Anónimo dijo...

Qué maravilla de paraíso loco.

Pero los australianos son un tanto sositos. Espero que los malayos, con esa fama de piratas implacables y de callos incontemplables, le den un poco más de emoción al cocoarchipiélago.

Gracias, Nán. Qué buen lunes.

NáN dijo...

Prima, cuando tú yo nos conocimos creo que ya se le había terminado la beca a Daniel y se había vuelto a DF a ejercer de virote (5ª acepción de la RAE), así que al que conociste es a Pablo. Entre otros sitios, es frecuente verlo en el puesto de Crescencio, rebuscando libros. No nos costará encontrarlo para pasar una tarde animosa.

Microalgo, me alegra que la historia que cuenta Daniel haya hecho que el lunes te empiece bien.

carmen moreno dijo...

Sí, Primo, era a Pablo a quien conocimos y el nombre que yo quería decir, pero como he vuelto un poco disléxica mental... En fin. Menos mal que tú me quieres y me sabes perdonar.

Anónimo dijo...
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
Lara dijo...

(Hola, Nano!!!)

NáN dijo...

Querido anónimo, me ha parecido una desconsideración "meter tu historia", sin que tenga nada que ver con lo que aquí se estaba tratando. Lo considero pues como un Spam, como esos que te dicen "qué blog tan bonito tienes haz clic aquí para ver una camiseta".

Como tal lo he tratado, eliminándolo. Te invito, si te apetece, a que participes en aquellos temas que se proponen, siguiendo las normas del razonamiento y la educación, pero no a que practiques el abuso de anunciar lo tuyo sin la menor consideración.

Єѕтnoм dijo...

Muy bien hablado, Nán.
También se metió en mi casa el anónimotontolaba ése.
Permíteme que abuse de tu hospitalidad para recordarle a Micro que se acaba la segunda quincena de Agosto y que una servidora no pierde la esperanza.
Besos a tutiplén!!

Lara dijo...

Hola, esta vez con conocimiento de causa. Ya más asentada en aquí arriba, por fin le he hincado el diente a esta historia, de la que conocía parte (aquellas primeras fábulas que me contabas en la Tete, al principio de los tiempos, los abrazos, Pablo, las cartas extrañísimas, el poeta mexicano...). Es estupendo conocer ahora más de la historia contada así por este hombre, y comparto el gusto con Aviador, ese botón también lo codicio. Yo he imaginado las islas Coco como otra isla: la Juan Fernández, frente a la costa chilena, también conocida como Robinson Crusoe, donde vivió realmente una amiga mía poeta, y fue tan real su aislamiento allí que todo parecía literatura.
Vayamos a por una isla, Nán!!!

NáN dijo...

ah Lara, te debo varias. Lo sé.

Pero me ha encantado lo de Crusoe, porque antesdeayer me me metí en Google y puse mi apellido (vale, a estas alturas del partido, lo digo, Lassaletta) buscando si había una cosa de un familiar.

Y encontré que en 1915 hubo un alcalde de Jerez llamado...

¡Lassaletta Crusoe!

Єѕтnoм dijo...

Y venirte en la maleta de micro?
Es una opci�n.
Feliz finde!!

Alf. dijo...

Gil de Biedma decía: "sorprendiose la luz en el crecimiento de la luz"

NáN dijo...

Estom, no sé si me apetece viajar en una maleta. Y menos en la de Microalgo, que sé que viaja con un bolso de mano.

Alf, hemoro Gil de Biedma.

LUISA M. dijo...

Hola, Nán:
Leí esta entrada sobre Daniel Saldaña y la que mencionas sobre Pablo L.T. y me han parecido muy interesantes. Veo que conoces a gente curiosa y realmente especial. Una idea original e ingeniosa lo del envío de paquetes y cartas a las Islas Coco. Después de leer el artículo dan ganas de saber más de ellas e incluso de imitar esta curiosa iniciativa.
¡Ah, otra cosa! Estoy leyendo "Género de punto" de Flavia Company. Por ahora sólo llevo dos relatos (el del ketchup y Otra copa) con sus cartas respectivas y me han gustado mucho. Gracias por tu recomendación. Saludos.

LUISA M. dijo...

¡Caramba! Nán. ¡Vaya apellido de abolengo que tienes! No lo había escuchado nunca. Es lo que tiene Google... que, a veces, nos sorprende con curiosidades como esa.
Saludos de nuevo.

NáN dijo...

Ah, Luisa, vivo en un barrio, Malasaña, que está lleno de maravillas. En realidad su nombre auténtico es Maravillas (el de Rosa Chacel, que le dedicó un libro).

¿Apellidos? Ni caso. Pero somos tan pocos que cuando descubro uno que ha hecho algo me hace ilusión. Y lo de enlazar con una Crusoe tiene algo de mítico.