domingo, 10 de febrero de 2008

Literaturas


No hace mucho, fui a la Fundación Juan March a ver la exposición La abstracción del paisaje: del romanticismo nórdico al expresionismo abstracto.

Al ver este cuadro de Frederic Edwin Church (EE.UU., 1826-1900), pensé en la Literatura. Podía haber pensado en otras cosas, pero pensé en ella. Compré la postal, que uso para recordar la página en la que me he quedado de uno de los libros que estoy leyendo.

Hay quienes prefieren la descripción de lo que está a la vista; lo acabado, directo, ordenado. Otros, por ejemplo yo, enloquecemos un poco con las nueve partes ocultas que dicen tiene un iceberg; en proceso, reflejos de pensamientos mal vinculados, caótico. Todavía hay otros más, que se empeñan en describir una y otra vez lo que ya sabemos: la forma por encima del significado; los manieristas. Son los preferidos por la sociedad actual.

¿Hay más de lo que he dicho? Seguro que sí.

21 comentarios:

Freia dijo...

¿Sabías que los icebergs suenan? ¿que emiten música? ¿que cantan?

NáN dijo...

Genial, Freia. (He ido al vínculo de Wikipedia que nos das y he quedado impresionado).

¿Podríamos decier que todo cuerpo, formado por agregación de células, partículas, elementos, tiende a convertirse en una unidad de sentido? ¿Y que toda unidad de sentido tiene "su" canción?

Un paso más allá: llegamos a Los trazos de la canción, de Chatwin, donde explica cómo los aborígenes australianos creen que cada fracción del territorio tiene una canción, y ellos saben cantarlas todas. Ellos las saben todas y las cantan con frecuencia: el día que no canten alguna, esa parte del territorio (o ese río, montículo, llanura) desaparecerá.

A lo mejor, es cierto; pero entonces, ¿cómo se mantiene la geografía aquí, donde desconocemos la canción? ¿Es que ellos cantan y nosotros contamos?

Las historias de cada "cuerpo", en cambio, las de la parte visible y las de la parte invisible, desaparecen cuando dejamos de contarlas y las olvidamos.

A lo peor, esto es cierto.

Anónimo dijo...

Yo creo que a quienes les pasa eso es a las personas, no a los territorios. Cuando dejamos de cantarnos es cuando de verdad desaparecemos.

Flavia Company dijo...

Me gusta lo que simbolizan los icebergs, eso de que no todo esté a la vista o, más aún, que a la vista no haya casi nada. Es una excelente metáfora para tantas cosas importantes de la vida.

Gemma dijo...

Si el viento, sopla; ¿cómo no iba a sonar todo aquello que se encuentra a su paso?

Para imagen poética, la del "canto de las dunas de arena"...

ese dijo...

¡Qué bello!

Utilizar un sopla páginas de hielo salado satinado para que cante el momento en el que la historia que estás leyendo exista o deje de hacerlo al abrir o cerrar el libro.

(Es un comentario despojado de sorna. Simplemente de lunes)

carmen moreno dijo...

Yo me sabía lo de las dunas cantoras, sobre todo, en días de Levante. No les quiero yo contar...

Yo prefiero lo que no se ve, lo que se intuyen, pero no el frío. Si la belleza ha de ser fría, paso. Por eso, yo soy más afín a Cortázar que a Borges, porque Cortázar es la imperfección calentita, y Borges es bisturí, preciso y frío (por explicarlo de alguna manera, vaya).

NáN dijo...

Pero un buen guerrero, Prima, aprende más del contrario que del amigo. Lo que pasa es que tú eres una dionisiaca de tomo y lomo (esta adjetivación del tomo y lomo es ideal para escritoras y escritores), y el bisturí apolíneo te amohína. ¿Estás bien?

El comentario, ese, sigue funcionando los martes por la mañana, cuando lo he leído. Y sabes que los relatos de tu página te dan permiso para la sorna siempre. Un avisador de hielo que resuene cuando la historia se hace carne y habita entre nosotros es, como tú dices, hermoso.

Mega, en un pequeño comentario descubres tu método de microescritura: esperas que sople el viento para ver cómo suenan los personajes. (Un par de soplidos, que para eso son micros).

Flavia, la potencia sugerente de los iceberg es tremenda, porque se aplica a todo lo que mantiene invisible lo más importante: esa parte es la que lo mueve. Por eso me parece que es un gran símbolo de la literatura y que hasta sirve para diferenciar sus tipos. (¿No es la gente, la literatura? ¿La gente contada y descubierta?)

Microalgo: todo todo todo suena. Ese sonido se describe con las palabras humanas, cuando es visible o adivinable. Con las matemáticas cuando no. Creo que no nos diferenciamos tanto de los aborígenes australianos... salvo porque nosotros no nos creemos que nada se conserve.

En fin, que he disfrutado a modo con todo lo que habéis dicho, pero (snif) nadie ha dicho lo bonito que es el cuadro. Me lo compraría y pasaría horas mirándolo todas las tardes. Tuve uno de mar, de Cabestany, llamado "Pecios" (un trocito de mar entre rocas con un revuelto de objetos perdidos traídos por la marea). A fuerza de verlo, descubrí la malignidad de lo que mostraba y lo tuve que recolocar en un sitio menos visible y angustiable.

Joseba M. dijo...

El cuadro es muy bonito.

saiz dijo...

Si es así en una pintura, ¿cómo será de verdad?

Antes de irme de aquí me gustaría ver uno de esos icebergs en medio del mar, a unos metros de mí.

También me gustaría ver de cerca una ballena nadando, ver un narval (ese maravilloso cetáceo con un colmillo de marfil, que -como en los casos anteriores- sólo he visto en fotos). Querría también, en fin, contemplar nuestro planeta desde el espacio. Desde la Luna, por ejemplo, mirar el pequeño círculo azul donde han pasado tantas cosas...

Supongo que he llegado demasiado lejos a raíz del cuadro del iceberg. Pero es que entristece un poco que, existiendo cosas tan hermosas o interesantes, quizá nos vayamos de aquí habiéndolas visto sólo en foto o en pintura.

NáN dijo...

Joseba M., ¡gracias! ;-)

Sáiz, no has llegado ni al límite interior, así que puedes seguir. Pero para mí, las fotos y los cuadros son hermosos. Lo que importa es lo que pasa en la mente. Ya dije que la postal de este cuadro la miro varias veces al día. Como si tuviera un misterio detrás, un misterio tan fuerte como el que guardaría un iceberg real.

Anónimo dijo...

Que lo que voy a escribir igual es una barbaridad, pero es que yo más que un iceberg veo una cabeza de hombre echada horizontalmente, de cara al cielo.
Me he resistido a poner esto, pero es que cada vez que he venido la he visto.
(Glub!)

Anónimo dijo...

Lo de la ballena es arreglable, Saiz. Lo del Narval está un poquito más complicado.

Lo que me sorprende del cuadro es cómo puede dar frío con colores cálidos. ¿Nadie ha reparado en ello?

Anónimo dijo...

Eso que dice microalgo del frío con colores cálidos me lleva pasando a mi al revés desde que tengo uso de razón: muchos cuadros con colores fríos me dan un calor volcánico... Quizá los extremos se tocan.
Nán, tú crees que nuestra sociedad prefiere a los manieristas??? Nunca lo había pensado...

Besos!

NáN dijo...

¿Y por qué no va a haber ahí una cabeza de hombre echado, Winsta? Puede que te la hayas inventado la primera vez, que traces unas uniones inexistentes que la forman: y ya no puedes dejar de verlas; o puede que esté ahí, pero tan mezclada con otras cosas que solo tú la has visto y, hablando de ella, nos la descubras a los demás.

Sería un ejemplo de historia de fantasía (con sentido de fondo o no) o de escritor que encuentra algo en la parte escondida del iceberg y trata de que los demás lo veamos.

Los colores, el cómo se posa la luz, son inestables y dan para mucho hablar, Microalgo y Vega... si se sabe de ello: que no es mi caso. No lo había pensado en este cuadro porque, en mi obsesión por la mole escondida, no había percibido el frío. Pero si coincidimos en una exposición con campos de color, os enseño un truco estupendo para ver en un cuadro colores que aparentemente no están.

Sí creo lo del manierismo, Vega, la falta de riesgo. Y hasta me atrevería a decir que el origen está en la pomposidad y la fuerza social de la crítica universitaria/cultural por un lado; la proliferación de escuelas de escritura en EE.UU., que se han pasado al resto del mundo, en las que se enseña como lo bueno lo que ya está hecho (corrigiendo al que se sale de hacer lo que está hecho), como segunda pata de la mesa; y el hecho de que los que salen de esas escuelas, con ideas muy firmes y masticadas, como no todos pueden ser escritores se dedican, con ese bagaje, a la crítica oficial o a ocupar diversos puestos en las editoriales, desde donde rechazan desde las primeras páginas todo lo nuevo que les llega.

Ese panorama ha existido siempre (por eso a los que ahora consideramos grandes les costó tanto publicar), pero ahora me parece excesivamente "profesionalizado": ¿podrán los grandes de hoy sortear esos peligros? El manierismo viene, en mi opinión, de que hay un número enorme de gente que de verdad sabe escribir (aunque para ello hayan renunciado al "impulso" de mostrar que ese iceberg es, en realidad, la cara de una persona echada).

Anónimo dijo...

Es una tontería, pero a mi me gusta pensar a veces que no es que el iceberg cante, sino que es la voz la que suena, y no canta. En muchas ocasiones, muchas, una voz o un texto actuan en mí como un sonido, no me cuentan nada, me provocan no un sentimiento, sino una sensación. Y eso me gusta.

NáN dijo...

Me suele ocurrir, y me encanta que ocurra, que cuando propongo un tema los que hacéis comentarios toméis una línea referida a otro y cambiéis totalmente la dirección. Me parece un rasgo genial, y muy de agradecer, de la libertad en el rumbo de una conversación.

También son de agradecer las contadas ocasiones en las que os ceñís al tema propuesto.

En este caso, me resulta un placer que algunos que habéis empezado diciendo que "huíais" (por ejemplo Winsta: "lo que voy a escribir igual es una barbaridad"; o tú, Carlos "Es una tontería, pero a mi me gusta pensar a veces"; entre otros), hayáis ido al corazón del tema: las "literaturas".

Porque ese sonido que produce sensaciones, no solo está en el origen de la música, sino también en el de la poesía. No quiero ponerme pedantón, y además sé que voy contra la posibilidad de mi oficio real, el de traductor, aunque lleve 13 años alejado de él, pero el sonido y el ritmo son el origen verdadero de muchas cosas esenciales.

(Tengo que volver a poner en marcha en mi casa, un sábado de cada dos o cada tres, las tardes en las que nos reuníamos muchos para leer en voz alta nuestros relatos favoritos).

No era ninguna tontería, Carlos. O mejor dicho: nuestras tonterías son una de las cosas mejores que tenemos en la vida. Nos impiden caer en la seriedad esclerótica, convertirnos en estatuas de un parque que nadie visita con placer.

Anónimo dijo...

No sé si Carmen de Góndal te ha contado que el miércoles que viene nos reunimos en la Sala Roja del Pay-Pay para intentar iniciar una Caverna por acá abajo... Lo de reunirse para leer relatos también me parece una idea estupenda. Ya hablaré de ello con las Jirafas, que me veo en los sofás extensibles y malvados de mi casa, tomando un cafelito (ah, los diminutivos irregulares gaditanos) y leyéndonos unos a los otros con la luz de la media tarde. La felicidad debe tener colores similares a esos.

Miguel Marqués dijo...

Pues a mí me parece que la representación es representación y la realidad es realidad. Y que la perspectiva es perspectiva, y es maravillosa. Pero sólo es perspectiva. El mundo es el mundo, y está en todas partes, menos en la mente.

Tocar es tocar. Imaginar que tocamos es muy poco. No podría comparar nunca el misterio que guarde un iceberg con el misterio que guarde la foto de un iceberg. Son misterios de orden distinto. No son comparables, tocan fibras diferentes, profundidades diferentes de uno mismo.

Yo si veo la foto de un unicornio, tengo que ir a ver el unicornio con mis propios ojos (o al menos sentir y disfrutar del impulso de que tengo que, o superar el miedo de que tengo que, por ejemplo). No entiendo lo contrario.

NáN dijo...

Gran noticia, Don Micro; en realidad, dos grandes noticias. Con respecto a las sesiones de lectura de relatos en voz alta, le diré que se acaban conviritiendo en un vicio. Nosotros las celebramos dos años (menos el verano intermedio). Pero al principio cometí un error; ofrecía a todos lo que querían y me pasaba el tiempo sacando cubitos y mezclando bebidas. Pasamos a tres botellas (bourbon, orujo blanco y orujo de hierbas), que la gente se servía en vasitos pequeños. De vez en cuando, en una parada, hacía mucho té, que la gente se volvía a servir en su taza cuando quería.

Con el té y esas bebidas, los comentarios a los relatos leídos eran cada vez más "jugosos".

Miguel, no estoy de acuerdo: todo se produce en el cerebro. Leer que se toca puede producir una sensación tan fuerte como tocar, con la ventaja de que uno solo puede vivir una vida de acción, pero leyendo puede "vivir" muchas.

Lo que sucede es que hay dos tipos de personas (con todas las combinaciones posibles, según la persona y según cada momento): las de acción y las de pensamiento. Somos libres (muchas veces, no siempre) de elegir la que preferimos.

Anónimo dijo...

Tomo nota, Nán.

Trataré de ser bueno y de no colocar la imbebible absenta negra de ochenta y cinco grados que perdura en mi casa... me gusta la pintura hiperrealista, y con ese bebedizo difícilmente saldríamos del surrealismo (o del cubismo, si es con hielo).