Por los pelos
Conforme las copas se iban sucediendo, Juan empezó a sentir que su idea se tambaleaba. Ignacio sentía eso tan infrecuente de que el mundo cobra sentido, que los planetas hacen música, que la casualidad te pone delante, con ganas de ayudarte, a quien te puede ayudar. Es más fácil que pase cuando las luces necesarias caen sobre una barra de buena madera, creando un dorado añejo, dulce; peligroso cuando estás solo ante el efecto de luz, lamentando un pasado cuya puerta se cerró; pero cuando se comparte una conversación que nos afecta, ese dorado es el cemento que une lo que es muy difícil separar.
La compañía en la que los dos trabajaban se aferraba a la retórica, ya anticuada, del “up or out”. Cualquiera que tuviera una mínima capacidad de gestión debía pasar por ese rito, esa valoración de un jurado perteneciente a los grupos jerárquicamente dispuestos de tres o cuatro niveles superiores. Cuatro del siguiente, tres de los dos superiores, dos del tercer nivel y uno, que hacía de presidente, del cuarto nivel más alto. Juan era uno del grupo de dos e Ignacio sería el evaluado. Todos estaban de acuerdo, en alguna de esas noches que habían bebido con algún compañero hasta la hora de volver a casa, ducharse, cambiarse de ropa e ir al trabajo, en que era un método tan estúpido como cualquier otro; que por una parte les destrozaba periódicamente y perdían a hombres de gran valor, en un extremo; que les mantenía en una tensión que no les permitía relajarse, en el otro.
Ignacio se había sentido feliz de que Juan le hubiera invitado a cenar esa noche. Cualquier valoración de los tres de arriba, en uno u otro sentido, tenía el significado determinante. Al menos, eso significaba que Juan creía en él, que quería asegurarse. No se hubiera preocupado de invitarle de tener una posición en contra. Aunque se mantuvo a la defensiva, racional y alerta durante la cena, su resistencia fue cayendo copa a copa en la laguna de dorado añejo de la barra de aquel bar de lujo, con música de un pianista de verdad, tan suavizadas todas las aristas que no era posible escuchar las conversaciones que se producían a pocos metros. Todos sabían que su mujer se estaba muriendo, que no podía cumplir al 100% sus obligaciones; pero conocían también lo que se había esforzado para merecer, precisamente ese año, el cambio de nivel. Todos sabían que era cosa de meses, en los que necesitaría atender cada vez más sus asuntos personales, pero que eso tendría un fin y la lógica señalaba que su único resguardo sería encerrarse en el trabajo, darle a la Compañía el 150%.
Precisamente por saber eso, Juan lo había invitado. Juan era un buen hombre, una buena persona, aunque normalmente en la Compañía había dejado a un lado ese aspecto de su personalidad siempre que fue necesario. Entre comer y ser comido, elegía lo primero; pero cuando no se daba esa circunstancia, es decir cuando trataba con subordinados que no hubieran metido la pata, su comportamiento era excelente y los empleados confiaban en él. Hasta eso, que había hecho sin más razón que un impulso, le había valido para subir: la confianza de los empleados se había convertido en un plus adicional.
Ignacio era pelirrojo, lo que para Juan lo convertía en víctima obligada. Pero por su carácter, y por la penosa situación familiar por la que estaba pasando, no quiso basarlo todo en el color del pelo. Quiso saber si realmente iba a ser un acto malvado oponerse a su ascenso, lo que significaba firmar su despido. Con 16 años, cuando murió su padre, el pelirrojo que le había dado palizas brutales tantas veces como regresó borracho a casa, Juan era un pobre adolescente que no creía tener derecho ni a pisar el suelo que lo sostenía.
De inteligencia muy superior a la media, con numerosos valores, bastaba que viera a un hombre pelirrojo para venirse abajo y acabar sentado en el suelo, balbuceando. La psiquiatra que le trató era una mujer brillante. No abusó de la química, en alguien tan joven, sino de la profundización en su problema. Hizo un protocolo de los avances en su caso, con una primera fase que sería la de desconectar los falsos lazos con cualquier pelirrojo con el que se cruzaba pero con el que no tenía nada que ver. Llegó un momento en el que podía subir a un metro o autobús y seguir hasta su destino aunque hubiera en él un pelirrojo.
La segunda fase, la de interactuar con ellos, fue tan complicada que la doctora llegó a determinar que solo la lucha podía salvarle. Ya no era el niño asustado, sino un hombre de recursos: debía enfrentarse a cualquier pelirrojo con el que tuviera trato. Y la fase fue finalmente un éxito. Incluso con Ignacio ejerció su poder, pero las diferencias de jerarquía apenas le dieron ocasión para ello hasta ese momento de la valoración promocional. Esta vez era por algo importante. Dada la situación personal de Ignacio, y que sabía que merecía ascender, le repugnaba derribarlo sin razón. Por eso le invitó a cenar y a beber en exceso: trataba de buscar algo sucio que justificara ante sí mismo cargárselo al día siguiente.
La doctora, que había cortado hacía años la relación terapéutica, por innecesaria, al despedirlo le dijo algo en lo que Juan había puesto su esperanza de llegar a ser un hombre que actuara normalmente, basándose en la razón, aunque con las pequeñas fobias y filias que todos tenemos. Le dijo que, conforme fuera venciendo en sus combates, encontraría su seguridad interior y un día se daría un cuenta de que un pelirrojo podía ser su amigo y su igual; no su antagonista.
Conforme fue pasando la noche, se sintió animado al pensar que ese día había llegado. Cuanto más conocía a Ignacio, más tranquilo y seguro se sentía en su presencia. La solución se estuvo haciendo sólida toda la noche, faltaban uno o dos remaches. Por los pelos, todo se desbarató. Contaba con que esa noche ni siquiera pasarían cada uno por su casa. Faltaba poco más de una hora para la hora de entrada. Ignacio no resistió la tentación de pasar un momento por casa, para darle un beso a su mujer y contarle lo maravillosa que había sido la conversación con Juan. Y este se quedó mirando el reflejo dorado en la barra, pensando que su subordinado le había traicionado al dejarlo allí, dejando enfriar las buenas perspectivas que había ido creando; sin tener en cuenta el esfuerzo que había hecho para no sentir las ganas de retorcerle el cuello como a cualquier pelirrojo. Si siendo un subordinado tan alejado de él, pensó, había faltado a su confianza, ¿qué le podría hacer cuando, muerta la mujer, se entregara en cuerpo y alma a la Compañía y fuera siendo promocionado a la velocidad del rayo?
24 comentarios:
Y lo peor es que no sé cuál de los dos me da más pena, si Ignacio, que va a ser despedido injustamente con una situación familiar tan penosa, o Juan, una persona esclava de sus miedos irracionales. Qué raros y qué complicados somos los seres humanos.
Me pasa como a ti, DOCTORA. Pero aunque parezca una chorrada de esas que decimos sobre lo que escribimos, ¡no puedo hacer nada! A las pocas líneas, los dos personajes, infelices sin remedio, se presentan solos y cuando paro para releer, ellos solos se han marcado.
Desde luego que lo que le va a suceder a Ignacio es jodido; y también que le va a suceder por algo que ni imagina ni puede hacer nada parea contrarrestarlo. Pero Juan, insisto, es una buena persona que llegó a sentirse casi feliz de sospechar que esa ocasión significaría una diferencia.
De lo que sí estoy bastante seguro es de que tramamos vidas infelices, para nosotros y para los demás, por fijaciones absurdas.
Un abrazo
No sé si estoy espesa esta mañana, o es que he entrado de prisa por la mía, o como que después de leer el texto y el párrafo, "Ignacio era pelirrojo", tres veces la prisa se me ha olvidado.
Tu texto me ha recordado a esos buenos escritores a los que tienes que releer de profundos.
¡Qué más quieres que te diga!
Solo que, de haber sabido Ignacio la fobia de Juan, al menos en esa ocasión, se debería haber teñido el pelo.
Muy bueno.
Muy bueno nan. Muy bien descrito ese sistema de evaluación y ese personaje que se siente traicionado sólo porque el otro lo deja para ir a ver a su mujer enferma. La enferma se morirá y el impresentable con fobia a los pelirrojos vivirá para seguir atormentando a otros. Un abrazo.
Siempre que vengo aquí, vengo con una expectativa enorme que superas. No sé cómo lo haces. He sentido pena de Juan. Ignacio es de los que saldrá adelante, pero Juan, no sé yo...
Un beso.
Que rico es leerte, Nán.
Qué bueno, ISABEL, que me digas que la historia te hizo olvidarte de la prisa.
Y no me digas nada más, porque haber provocado la relectura es lo mejor que podías decirme.
Un gran abrazo
Ta agradezco tu valoración de la descripción, ISABEL ROMANA. Lo que pasará es exactamente como tú dices (cabría la posibilidad de que Ignacio no se recuperara y tuviera que bajar de escalón para encontrar trabajo). Pero Juan seguirá atormentando a muchos. Y sin embargo, además de ejecutor fue víctima. Precisamente eso es lo que me hace dudar de una posible salvación colectiva: estamos rodeados de víctimas convertidas en verdugo que, a su vez, crean víctimas. ¿Cómo desenredar este enredo emocional?
Gran abrazo
Gracias por tu bondad al considerarme, ZAYI. No estoy tan seguro de que Ignacio salga adelante: hay profesiones en las que un despido es una losa. O quizás peor: se convierta en un desconfiado en los hombres y tenga un comportamiento odioso.
Lo que te aseguro es que al escribir sobre el mal que sé que existe, lo hago como una posibilidad de redención.
Gran beso
Antes de nacer de mi segundo nacimiento como conductor de autocares, trabajé en una entidad bancaria y allí me fue dado el conocer muchos Juanes y a otros tantos Ignacios; e incluso pude observar la no infrecuente alternancia de unos y otros. Dicho esto, y aunque es cierto que en ese ovillo de víctimas y verdugos andamos todos enredados, pienso que no lo es menos el hecho de que, invirtiendo lo que se suele decir, el que ha nacido pa clavo sin duda que del cielo le lloveran los martillos y la ferretería completa.
Como de costumbre, un placer leerte y otro enviarte un abrazo.
Este mundo está lleno de Ignacios y Juanes, infelices sempiternos, llenos de fobias y argumentados de quimeras.
Y a medida que lo iba leyendo pensaba en qué tiene ud en contra de los pelirrojos, eh? :)
Besos, Nan.
Me ha gustado mucho, Nán. Pones de relieve, como quien no quiere, lo complejas que pueden ser las relaciones humanas por motivos desconocidos, y también que, a veces, es mucho más lo que escondemos que lo que enseñamos.
Un abrazo
Uff, a mi me han dado mucha pena los dos, y eso que la cosa empezó bien. Voy a leerlo otra vez porque ando con la depresión postvacacional y lo veo tó negro.
Amigo JOSEP, aunque cada trabajo tiene siempre "lo suyo", te felicito por tu segundo nacimiento, lejos de la "empresa" como reflejo de la sociedad. Aunque es bueno haberlo conocido: ver para creer.
Después de 20 años trabajando en mi casa, siempre en un lugar oscuro, con las ventanas cerradas y un flexo (primero con una Olivetti verde y después con ordenador), los casi tanto que llevo en la Compañía, multinacional para más señas, me han enseñado más sobre la negrura del comportamiento humano (también sobre algunos colores, que no todo es negro) que las obras completas de Shakespeare y otros muchos.
El placer es mío (y quita a esta frase todo lo que tiene de cliché).
Le aseguro, amiga ZARZAMORA, que no solo no tengo nada contra los pelirrojos. Incluso, un par de veces, he hiperventilado ante la presencia de una inalcanzable cabellera de ese color. Pero las fobias son estúpidas y me reconocerá que esta "funciona" para el relato. ¿A que sí?
Los Juanes e Ignacios, con su búsqueda de un poder mediocre, nos joden la vida. Imagino que serán también los que logran ocupar poderes menos mediocres. Mientras tanto, nosotros celebramos la primavera.
Y es que no servimos para nada. Bueno, sí, para mandarte un gran abrazo.
Me alegra mucho, JOSÉ LUIS, no solo que te haya gustado, sino sobre todo que hayas captado lo que pretendía contar. Tu comentario justifica el "trabajo" de haberlo escrito.
Un gran abrazo
Pues no sé si debes leerlo otra vez, amiga SUE, si acabas de volver de vacaciones y estás en el territorio predador de los Juanes y Luises. Porque lo seguirás viendo negro: y es que es un relato negro. ¿Y si dejas la relectura para la última hora laboral del viernes? En esa situación, al terminar puedes decir "que le den por culo" e irte con tus amigos a tomar una copa.
Un gran abrazo
Para amigos de los viajes bien escritos:
http://flaneurinvisible.blogspot.com/
Pues visto; luego agradecido. Que viajen por mí lo considero un favor exquisito.
Querido Nan... ya se q llego un poco tarde a este debate, pero quiero decir dos cosas, por chincharte: una, q formalmente me sigues encantando. Dos, q no profesionalmente,sino como SUFRIDORA de una fobia, lo de tu personaje no lo es.
muxu fílico
di
¡¡¿Cómo es eso de que lo mío no es fobia!!?
¿Y de que tienes fobia tú, reina mora mía?
No, es una aversión, un disgusto... otra cosa. Tu prota entra en un ataque de pánico cunado ve a un pelirrojo? No, verdad? pues eso.
Mi fobia es muy boba. Por eso no he divagado de ella. :) Reina mora del Ryad! Mola!
He vuelto a leerlo y me siguen dando pena los dos, NáN, aunque relatas tan bien que no importa. Y tenías razón, leerlo hoy me ha hecho sentirlo de otra forma. Desligándolo un poco de mi propia experiencia laboral, que aunque no se parece a la historia de Juan e Ignacio, tiene sus buenos momentos penosos casi cada día (aunque el otro día me sorprendí a mi misma diciéndole a una compañera de fitness que no me puedo quejar porque hay personas que están mucho peor que yo, así, en plan optimista o yo que sé).
En fin, que da igual porque es viernes y en una horita me voy con mi amiga Ana a tomar un desayuno de campeonas. Y esta noche al teatro, y mañana un poco de bici y más teatro (que tengo mono), y unas copas, por qué no.
En cuanto a fobias y filias, pues qué decir... Para mi que tengo vértigo. Lo descubrí subiendo las escaleras de la Sagrada Familia (cinco años atrás), pero no sé si es fobia, solo sé que me mareo si miro hacia abajo desde grandes alturas. Pero eso no quita para que me suba a la más alta cumbre. Lo único que hago es no mirar.
Filias tengo más :)
Oye, NáN, que me ha gustado mucho el texto.
Un abrazo de SAN VIERNES.
Todo acaba como empieza realmente... el que parece vencedor en la vida, es víctima de algo que le hace sentirse derrotado y que se le escapa de las manos; y el que parece perdedor por sus circunstancias personales, le basta con un beso para sentirse vencedor, sin saber que sigue siendo perdedor por sus circuntancias, que también se le escapan de las manos.
¿Lo he pillado bien o he flipado en colores?
Besis
Nán
¿Estás de vacaciones?
Un beso
* Aunque no me caes bien, te echo de menos.
Bueno, DI, ¿cómo iba a saber el pobrecito Juan que necesitaba pánico? Él pensaba (piensa) que tiene fobia a los pelirrojos, que son un peligro para él.
Si un día vienes por Madrid y lo vemos, se lo comentamos. Mientras tanto,
Besos!
Muchas gracias por lo que escribiste ese viernes, SUE, ahora que estamos cerca ya del nuevo viernes.
Las filias son estupendas: nos permiten sobreponernos a las penosidades del trabajo. Bici, teatro y copas... ¡Grande!
Me quedo tu abrazo y te mando otro.
Lo has pillado muy bien, NO. Al menos, lo has pillado como lo entiendo yo, así que estamos de acuerdo. Pero toda interpretación de un lector es la verdadera: al menos entre ese libro y ese lector. No cabe enfadarse, pues, con alguien que lo entienda de otro modo.
Un abrazo sin mojitos a 2 euros.
Bueno, AQUÍ, tengo la vida un poco complicadilla; pero sobre todo la fractura de la vértebra no me deja estar sentado mucho tiempo ante el ordenador, por lo que mi presencia en los blogs se ve mermada.
Me encanta caerte mal. Sin enemigos, no es posible superarse.
Un abrazo de encantamiento.
Noooooooooooo ¡fractura de vértebra! espero que te mejores pronto Nán...y que no sea muy grave...reposo reposo reposo..
Desde aqui mucho ánimo y un abrazo ;)
Creo que todos somos un poco Juan en algún momento... incluso Ignacio, seguramente, también.
Muy bien retratados, Nán!!
Un beso.
Muchas gracias, NO. Lo llevo con mucha dignidad y experiencia, porque es la tercera fractura de vértebra en los últimos años. Hoy, por ejemplo, no me duele (claro que 3 ibus y 3 opiáceos al día ayudan lo suyo).
Un abrazo (pero suavecito, ¿eh?)
Gracias, VIRGINIA. No puedo cambiar el mundo (de momento, que sigo en ello), pero intentar retratarlo lo intento. Y que te haya parecido bien me llena de alegría.
Otro abrazo suavecito.
Cuídate mucho, Nán, cuídate.
Besitos
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