El lápiz
Alguien ha tenido la excelente idea de que viniera la asistenta, cambiara las sábanas, lavara toda la ropa, la secara y la guardara. Entretanto, ha dejado la casa perfecta, sin quitar nada; los libros de ella a medio leer todavía en su mesilla, pero con la sensación de que la casa entera ha sido lavada, frotada. Ni una mota de polvo posada hasta ayer permanece. Me ha costado rechazar, con una sonrisa de agradecimiento y toda la amabilidad de hierro de la que he sido capaz, los ofrecimientos de dormir en otra casa o de que me acompañaran en la mía. He participado tantas veces de esa comedia de lo irreal que me la conozco. Hoy es una noche más de las noches que me quedan. No necesariamente la peor. La voluntad de aferrarme a lo real, lo pinten como lo pinten, es mi única esperanza de ser lo que soy.
Me he duchado, me he puesto una camiseta y unos pantalones de pintor viejos. No me he calzado. He hecho una taza de té fuerte. La he tomado casi quemándome. Del fondo del segundo cajón de mi mesilla, he sacado una cajita en la que guardo, diminuto ya, el lápiz con el que una vez escribí una despedida decisiva y desde entonces solo lo he utilizado para las cosas que me importan; lo que no quiere decir que sean importantes. Le he sacado punta cuidadosamente, para no gastarlo más de lo necesario, y con él me dispongo a escribir esta lista que me conviene tener en cuenta para evitar las falsas expectativas, que son las que pueden amargarte un día y otro día, y otro más.
Cosas que probablemente no haré ya nunca
Comer bien.
Sé cocinar, pero me he vuelto perezoso, así que dependeré de la sensación de hambre. Y no sé comer sin hambre si no hay alguien que me fuerza.
Despreocuparme de las circunstancias de la casa sin que el estado de esta sufra las consecuencias.
Si no funcionaba un grifo, iba mal la caldera, se habían fundido bombillas, la tostadora dejó de tostar, cualquier cosa así, una tarde volvía a casa y ya estaba solucionada. Nunca tomé la menor decisión ni hice acto alguno para arreglar ese tipo de cosas. Supongo que ahora tendré que averiguar quién se encarga de ellas, ponerme en contacto, aceptar una cita y esperar. Supongo, también, que antes de ese proceso dejaré que las cosas lleguen un poco más lejos de lo soportable.
Abrazar, en una caída durante la noche, un cuerpo suave, tibio, reconocible que me acepte.
O sentir que eres abrazado así, necesitado desesperadamente. Claro que hay momentos en que te estorbas y molestas. Pero no hay experiencia humana que se pueda igualar a cuando se producía ese acertar en la búsqueda de abrigo y dos respiraciones se acompasaban en la temperatura justa, recayendo en un sueño lento como algodón de azúcar.
Tener una vida social normal. Vestir normal.
Es curioso que haya puesto las dos cosas en la misma línea. Quizá resonaba un verso de Sabina, “huraño, como un dandy con lamparones”. Porque salvo de adolescente nunca me he comprado ropa; siempre alguien, desde hace muchísimo tiempo ella, me ha comprado la ropa y se ha preocupado de que me la pusiera. Eso se ha terminado. También lo de las citas con los amigos. Nunca las hice yo. Huraño al descubierto, seguramente.
Voy a hacerme otro té, aunque lo más posible es que la lista quede así, sobre la mesa, varios días. Me llevo el lápiz, que cabe en la palma de la mano. Lo miro.
***
En brazos me entran en la habitación. Cogiéndome por la cintura me acercan a mi abuela, acostada y amarillenta. La habitación está llena y les oigo hablar. Del bolsillo superior del delantal a rayas blancas y azules verticales, saco un lápiz y grito ¡Pinta, pinta! La gente habla más fuerte. Más nervioso todavía, sigo gritando y con el lápiz en la mano cerrada trato de clavárselo. Tiran de mí hacia atrás y veo más de la mitad de la habitación.
Ya no sé más, pero fue el primer recuerdo de mi vida. Por mucho que lo he intentado, no he logrado retroceder ni una hora. El primer recuerdo que tengo es que soy muy pequeño, pronuncio todavía mal la única palabra que digo, me acercan a dar un beso a mi abuela muerta y trato de vengarme de que no me haga caso. Mucho tiempo después comprendí que lo que había intentado en mi primera acción consciente fue matar a la muerte con un lápiz. Lo que he seguido haciendo hasta hoy. Más o menos.
Guardo el lápiz en la caja. Ya no es necesario que la meta en el cajón.
26 comentarios:
Son mágicos esos reencuentros con el yo, que ya es más ello que yo.
Ese 2008 que se conjura para volver a recordarte, con una frescura mayor, lo que se había vuelto a enmarañar en tí mismo..
.
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es como devolverte la fe en tí,
sin concesiones.........
Me ha hecho pensar en ¿cuánto tiempo podemos alargar la vida de ese lápiz, para que hayan más cosas importantes de las cuales escribir?
Me ha encantado, encantado, encantado. ¿Tal vez lo tuyo que más ne ha gustado? No, seguramente olvido algo; pero me ha gustado muchísimo.
Un abrazo.
(Adivina qué película, que decora y da nombre a este blog, cogí el otro día en la biblioteca y veré esta semana...)
“Matar a la muerte con un lápiz”; esa debe de ser, pienso, la única forma sino de matarla, de enflaquecerla. Tus palabras, Nán, irradian una luz necesaria.
Enhorabuena y un abrazo.
Este texto tiene mucha enjundia.
Haces bien en guardar el lápiz no demasiado para que sigas descubriéndonos toda esa hondura que guardas.
Matar a la muerte es lo que hacemos si lo escribimos ¿no?
Me ha gustado mucho, Nán. Yo hubo un tiempo en que preguntaba a mis conocidos cuál es el primer recuerdo que conservan de su vida. Los hay de todo tipo, aunque también hay gente que no es capaz de concretar su primer recuerdo.
El mío sí lo sé. Tenía dos años, me había subido a un sillón y me caí al suelo. Me partí el labio. Pero, ¿sabes?, lo que recuerdo sobre todo no es el dolor ni el susto por la caída, sino el hecho de que de pronto, coincidiendo con el instante de caerme, en el suelo aparecieron unas manchas rojas. Y yo me preguntaba cómo habían aparecido esas manchas en las baldosas blancas. Tardé algún tiempo en aclarar el gran misterio de las manchas rojas.
Eso es la rotunda y sencilla sabiduría: ese nivel tan agudo de interpretación (de uno mismo, del recuerdo, de la vida), donde cabe, por fin, la duda del mundo entero.
Y la ilustración y el texto de la entrada anterior... Uf, uf. (Y muy acordes con esto de 2008!)
Abrazo, compañero.
Me ha impresionado mucho tu texto, nan. Desde el inicio, intuía la muerte. Produce ese vacío que has retratado tan bien sin nombrarlo. Cuánta desolación. Y cuánta ira en el niño que siente que algo le ha sido arrebatado para siempre. Un abrazo, querido amigo.
Vaya, de ese lápiz ha salido una historia preciosa y llena de volumen. Es como si pudiera tocarla, de hecho.
Es como una casa con balcones y cortinas blancas.
Se me ocurre.
Oh..pensé que había comentado ya. Me ha gustado muchízimo, muchízimo.
Tanto que me quedo sin tonterías que decir.
Abrazos viriles y tímidos.
Me gusta la palabra “conjurar”, MBI, aunque no le dé sentido más mágico que el de la mente/cerebro procesando a toda pastilla para hacernos extender la mano adecuada en la dirección apropiada. Como tú, creo, dudo del “yo”, pero creo en la transformación de las alfombras en pelusas y en la necesidad de limpiar estas más pronto que tarde. Para ralentizar la mente/cerebro.
Abrazo sin concesiones
Si no nos presentamos como corderos desanimados ante el cuchillo, lo mejor, VERÓNICA, es llegar al último pedacito de mina, sujetándolo con los dedos. Lo que no sea eso, es quedarse cortos.
Nos quedan muchos abrazos que darnos
Qué decirte, PORTOROSA. Añito y medio de Taller, que llevaba. ¿Te estoy diciendo con esto lo bueno de escribir para cada uno, aunque no se reciban comentarios? ¡Exactamente! Me tienes que contar lo que te pareció la película. Lola lo leyó ayer, porque dejé el papel por ahí. Al enterarse de que era del 2008, me dijo “entonces antes me querías más”. Mientras convivamos con enigmas, seguiremos vivos.
Abrazo de mar a un brazo de mar
Qué asco. Es magnífico.
Necesaria al menos para mí, JOSEP. Ese recuerdo es auténtico, pero tardé muchos años en darme cuenta del significado. ¿Existe la posibilidad de que así rescatemos algo para el lado de la luz? Quizá extendamos un poquito la conciencia. Pero si alguien, leyendo esto, se da cuenta de que eso es lo que está haciendo, será fantástico.
Abrazo por leerme tan intensamente
Sí, ISABEL, eso es lo que hacemos (o al menos es lo que yo pretendo). Como si todo acto de toma de conciencia ganara al tiempo a pesar de que la carcasa de la conciencia tenga las lunas contadas. Te invito a hacerlo con escritos, teatro, fotos… tú que tienes más habilidades.
Un abrazo por escrito (más duradero)
Pues compartimos, SAIZ, la fecha del primer recuerdo y el hecho de que fuera tan violento que nos marcara. Me ha fascinado la conciencia del niño, que olvida el dolor, lo aparta de sí mismo como si no existiera, para quedar estupefacto por la aparición de unas manchas rojas. Qué poder mental, el de la infancia.
Abrazo sin baldosas
Hola, Nàn. Me pasa con los textos algo parecido a lo que a ti con las fotografías, o sea, te gustan o no, te sugieren algo o no, y ya está, no me fijo en todo el armazón que hay detrás. Este me gusta, y creo que me gustará un poco más cada vez que lo lea.
Un abrazo
Claro que existe esa posibilidad, y más teniendo en cuenta que la obscuridad, si es algo, es luz a la espera.
Un abrazo.
Abracísimo, LARA. Me dejas boquiabierto de todo lo que ves. Quizá porque es cierto lo de la sencillez, quizá porque ya te has acostumbrado a rellenar los huecos en lo que no hay.
Al almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero
Y sin morirnos.
Creo, ISABEL ROMANA, que produce esa sensación por la tranquilidad con la que se toca el tema. Me alegra que destaques la ira del niño.
Un gran abrazo para ti.
Buena ocurrencia, SUE, que puedas mirar desde ahí hacia dentro de ti.
Abrazo de tocar las cosas.
¿Desde cuándo dices tonterías, MOLINOS? Solo ocultas lo que podría sonar superficial.
Abrazos viriles, pero de bareto, sin timideces
Impresentable, MICROALGO, como casi nunca, tiene razón.
Límpiese de algas y deme un abrazote.
Un abrazo, JOSÉ LUIS. Es un verdadero placer que en muchas cosas no nos agobiemos con conocimientos y las disfrutemos sin buscarle tres pies al gato.
"La obscuridad es la luz en espera". Cómo me gusta, JOSEP. (aunque digamos lo contrario con la misma tranquilidad y placer).
Abrazos en tu helado otoño.
Ese niño que fuiste matando a la muerte con un lápiz.. genial.
Un abrazo
Ahí va ese abrazo. Las algas me cuelgan de los hombros, no puedo evitarlo. Pero no huelen tan mal, hombre, cuando están fresquitas y recién salidas del mar. Además, tienen tela de yodo.
"Mientras convivamos con enigmas, seguiremos vivos", tú lo has dicho. Esos hallazgos son, como poco, enigmáticos. Leerse como a un "otro" es inquietante. Me ha gustado mucho mucho tu texto.
Nán...no tienes idea de lo que has logrado emocionarme.
El texto es perfecto, logró captarme no sólo la atención, también el alma...si la ves por allí, dale una palmada en el hombro para que reaccione y no te preocupes, que ella siempre sabe como volver al cuerpo.
Un besito.
Digamos, que la vida es genial, ELVIRA, a poco que le prestemos atención. Y que marcado por esa muerte y mi reacción a ella, a eso me dedico para los mejores lectres que se puede tener.
Un abrazo.
Si pusieran chupito de yodo, MICROALGO, sería chulo. Pero viniendo de usted,
abrazo y hasta un baile.
Cuánta razón, FLAVIA: "leerse como a 'otro' es siempre inquietante". Y la inquietud es necesaria.
Además, cuando me dices que un texto mío te gusta, es como si pasaras la mano por mi nuca.
Un abrazo
Cómo me gustaría tropezarme contu alma en una esquina del pasillo, ZAYI, además de en tu blog, donde estoy acostumbrado a verla.
Los espíritus no me asustan, así que
gran abrazo.
Hace tiempo que le sacamos punta a aquel lápiz y se quedó chiquitito. Ahora los compramos de colores, para seguir soñando.
A mí me sigue cayendo mal no ver polvo en las estantería y que me lo remuevan todo y no encuentre nada luego, con mi desastre ya tengo bastante ;)Pero me sigue gustando cocinar, despreocuparme, abrazar, y vestirme a mi aire.
Me gustó mucho el texto, Nano.
Un abrazo.
Cocina, despreocúpate, abrazo y viste a tu aire, ZARZAMORA, no se me ocurre un plan mejor.
¿Cómo se me ha podido pasar leer este magnífico texto? ¡Anda uno entre tantas cosas...! Y lo peor es que, a menudo, nos olvidamos de las más interesantes. Seguramente ya nunca leerás este comentario que se ha quedado tan atras en la memoria del blog, pero me apetece decir que me solidarizo con algunos de los "ya nunca" (imagino que literarios) y añadiría otro: ya nunca amaré la cálida amistad que respiraban estos blogs, modernos bares de confidencias y lieratura en modestas proporciones. Mi abuela, "mama Enriqueta" fue mi primer contacto con la muerte de un familiar cercano; para entonces yo era suficientemente mayor para comprender que muchas cosas con las que había amado desaparecían porque sí, pero su recuerdo sigue viviendo en algunas de las estilográficas (¡quién recuerda esa palabra!)con las que perpetro alguno de mis escritos más íntimos.
Abrazo enorme y gracias por traerme, voluntaria o involuntariamente hasta aquí.
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