domingo, 19 de septiembre de 2010

Tema de taller: remordimientos


El ojo izquierdo



Había despertado de la pesadilla. Estaba delante de una cara gigantesca, amarillo rojiza, en la que solo destacaban los dos agujeros negros y vacíos de lo que habían sido los ojos. Diminuto frente a su enormidad, se daba cuenta de que el ojo izquierdo, aunque negro, profundo y vacío, lo miraba. En el momento en que despertó, un tren cruzó la ciudad lanzando pitidos breves y constantes por la vía paralela a la orilla del mar. En una pequeña ciudad de provincias, cuando apenas si había coches durante el día, la noche era un silencio absoluto. Cuando algo lo rompía, el sonido parecía encapsulado en miles de esferas de humedad. No era una lluvia que te moja y se va, sino una niebla cuyas gotas seguían penetrándote de nostalgia sin causa hasta mucho después de que el tren que provocó el sonido se hubiera ido. Tenía trece años; la angustia de que hubiera algo que sí iba a alguna parte no le dejó volver a dormirse.


Con once años la siesta no era obligatoria. De la mesa salía a la carrera al punto de encuentro, junto a la colonia arbolada de chalets de verano, donde empezaba la zona desértica y habían conseguido un campo de fútbol quitando las piedras y pisoteando las hierbas raquíticas mientras jugaban. Al borde del campo se puso en cuclillas, dando la vuelta a las piedras y hurgando con un palo en lo que encontraba debajo. No llevaba una lata para guardar los pequeños escorpiones y quemarlos a la caída de la tarde en un círculo de fuego. Miraba al horizonte fijamente, hasta que los vahos de calor enturbiaban la lejanía. Se sentía como un indio de las películas que se ha quedado solo, toca el suelo y nota que la tierra palpita con los cascos de los caballos del enemigo. Una sensación de rabia lo mantenía tenso, sintiéndose abandonado. A lo largo de una hora fueron viniendo todos, cada uno con su bicicleta, y jugaron un partido.

Los partidos de fútbol duraban más de tres horas. Cantaban los goles como si fueran del Madrid, pero no los contaban. Incluso los miembros de cada equipo se intercambiaban de vez en cuando, al pelearse uno con alguno de los suyos que no le había pasado el balón. Por eso no había un resultado final; solo la pasión del juego hasta que no se tenían en pie.

Una violencia que se abrió el verano anterior impregnaba los actos del grupo. Los juegos consistían en pruebas físicas y de riesgo para demostrar que se merecía ser aceptado para jugar con los demás. Una vez confirmado que habían vuelto a pasar la prueba, ya no sabían a qué jugar. En el interior de cada uno estaba pasando algo que los desquiciaba. A veces, el pene delgado se ponía tieso, dolía, lo tocaban torpemente, sin consecuencias todavía: como si bajaran en bici una cuesta abajo con los frenos gastados. El cuerpo se olvida y solo existen las ruedas.


Cuando tenía diez años, solían ir hasta el final del llano, donde la tierra descendía un escalón y pendientes pronunciadas daban paso a otro llano igual de desértico, cerrado a lo lejos por una montaña pelada. En un punto, la pendiente era de una tierra rojiza suave. Se lanzaban por ella tratando de llegar abajo sobre la bici; no era normal que lo consiguieran, pero tampoco importaba. Volvían a subir y se volvían a lanzar: ese era el juego. En la parte de abajo, al lado de la pista de descenso, había dos cuevas. Un día de finales del verano, salió de la cueva de la izquierda una vieja andrajosa, les chilló por el alboroto que creaban y se volvió a meter. Tiraron piedras al interior de la cueva y algunos creyeron haber oído un grito de dolor.

Después, uno de ellos, asustado, dijo que tenían que contarlo a los padres, porque a lo mejor le habían hecho daño. Al rato jugaron a pegarse todos con todos, pero esa vez aprovecharon para darle una paliza al que se había asustado. Nadie volvió a hablar de la cueva y la vieja, nunca regresaron a la pista rojiza. Jugaban al fútbol y luego tomaban otros caminos por el desierto. Eran los últimos días del verano; llegaron las lluvias de septiembre y se sintieron apaciguados. Se despidieron como los amigos que habían sido hasta hacia poco.

17 comentarios:

Isabel dijo...

Habían sido, en pasado, porque los remordimientos en solitario se olvidan mejor.
Es curioso como las acciones de violencia se repiten a una determinada edad en esa rebeldía reprimida que siente el niño.
Ayer saliendo de un parque pasó un chico, 6 años quizás, con una metralleta de juguete pegando tiros con pose y todo. Dije: la televisión, a lo que M me contestó, "en mi época las hacíamos de madera, aprovechábamos los troncos de árboles caídos"
Parece ser que lo que ha variado es el esfuerzo por conseguirla.

NáN dijo...

Querida ISABEL, tiene razón quien M. La TV y lo que muestra seguro que ha producido un refinamiento de la crueldad, pero la violencia en modo bruto, sin refinar, estaba presente a partir de las manos desnudas o de palos y cañas que se convertían en lo que quisiéramos. Creo que lo de que me pusieran mercromina antes de la cena era día sí y día no. ¿Qué hay de acontecimientos reales en la historia? Ni yo mismo lo sé, ni para nada importa; pero es absolutamente cierta la atmósfera de violencia, así como la angustia que se vivía.

Cuando yo era niño, estábamos locos. El horario escolar era de 9 a 6, con clases de hora y media (¡niños de menos de 10 años!), de lunes a sábado incluido. Y el domingo, misa obligatoria en el colegio. Cuando llegaban las vacaciones, quedábamos “sueltos” el día entero. Si añadimos a eso que en cuanto llegabas al colegio empezabas a “recibir” si no espabilabas. Nuestro comportamiento no era extraño. Hasta que crecías, los golpes hacían daño de verdad y abandonabas la, pelea, el riesgo. No la angustia.

Gemma dijo...

Madre mía, Nano.

El cuerpo (en sustitución -esta vez- del corazón) tiene razones que la razón no entiende.

Si a esa violencia "natural" que experimentamos a ciertas edades (llámalo rebeldía, crecimiento o como prefieras) le añadimos la inocencia (o inconsciencia, desconocimiento, ignorancia, etc.), obtendremos una masa que se acerca mucho a la idea misma del peligro, a esa angustia y miedo que resultan... ¿Ritos de paso? Probablemente. Pero tú lo narraste mucho mejor que cualquier etiqueta. Un beso

NáN dijo...

Bárbaro, GEMMA: "El cuerpo tiene razones que la razón no entiende". Exactamente, certeramente, es eso. Podría ser el título de un libro de relatos. Y no está de más verlo de frente, para que la razón se esfuerce en entender.

Y te agradezco mucho que digas que está bien narrado, porque esta vez me lo he currado, haciendo una versión tras otra hasta dejarlo despulgado. He llegado al máximo que puedo dar; si no he ido más allá es porque no sé, no porque es mitad relato mitad ejercicio. He alcanzado mi límite.

En cuanto al tema, para mi escritura me interesan sobremanera las zonas de oscuridad: esas que están ahí pero no queremos ver, las que nos cuesta un gran esfuerzo mirar.

En los jóvenes de ahora, que han perdido la inocencia con la televisión, percibo disfrute de la crueldad. En los de mi tiempo era una locura bruta (me gusta mucho lo que dices de la inocencia).

No queremos verlo en nuestros hijos, nuestros sobrinos, nuestros hermanos pequeños, pero ese desasosiego está ahí. Por fortuna, pasa, pero está ahí y hay que hacerle frente. O saber que existe y esperar que amaine con las menores consecuencias posibles.

Esa atmósfera que cuento con intensidad habría sido un relato más logrado, que no he querido o sabido hacer, si hubiera contado la contrapartida: de cara a los mayores, éramos niños encantadores y respetuosos.

En fin, que te agradezco mucho tus palabras sabias.

Abrazones

Josep Vilaplana dijo...

Tus palabras abren el apetito; una voracidad cómplice ante una mesa de sabrosos recuerdos. No creo que hayas llegado a lo más alto de tu escalera, sólo que desde este peldaño se alcanza a ver cosas muy precisas.

Un beso.

NáN dijo...

Un beso, JOSEP. Eres un tío estupendo, que lo sepas. No digo que haya llegado a lo alto de la escalera. Solo que hoy no puedo pasar de ahí y que esta vez me lo he currado: no hay nada que quisiera poner o quitar que no haya puesto o quitado. Pero sigo aprendiendo, como un perro hambriento, y dentro de uno o dos años ya veremos qué pasa.

Isabel Barceló Chico dijo...

Muy bien reflejada esa etapa que yo diría casi de estupor, cuando todo es confuso y no se sabe bien por qué se hacen las cosas ni qué significado ni qué sentido tienen. Un abrazo muy fuerte.

NáN dijo...

Gracias, ISABEL, por entenderlo tan bien. Y no es fácil.

Un abrazo muy fuerte para ti y que Mercurio nos traiga noticias.

Luna dijo...

De nuevo la voz discordante.

¿ Pedradas a una señora mayor?
Vamos, ni en mis mejores tiempos.

También me extraña, que nadie fuera a ver si había sufrido algún tipo de daño. Seguramente fueron y nadie lo dijo por no perder caché ante los demás.

La violencia la llevamos todos
dentro.

Estoy de acuerdo - menos mal - con lo que le dijeron a Isabel.

Los tirachinas, los arcos con una rama de arbol y una cuerda tensada, eran accesibles y el pan de cada día de hace años.

Aún recuerdo, las flechas que me preparé con unos plumines que le quité a mis padres.
Lo usé una vez, sólo una vez que un niño se metió con una niña y le avisé antes.

Luego me castigaron, pero te aseguro que nunca me he arrepentido, ni pienso hacerlo, claro.

Me gusta llamarte cascarrabia, nunca viejo. No me lo pareces.

Besos de la mala, malona.

Luna dijo...

Falta un acento en árbol.
Prometo copiar mil veces a mano para que no vuelva a suceder.

Lo siento

NáN dijo...

Vale, cópialo mil veces pero te creo. No me lo tienes que enseñar.

Anda, que si veo a esos niños les meto una paliza que se acuerdan de mí hasta el Inserso. Posiblemente, como temían eso, ninguno dijo nada. La Omertá de los niños es terrible. Primero paliza del padre y luego, como los amigos se enterarían, paliza y desprecio de los amigos.

¿Quién se atreve a tanto, LUNITA?

Lara dijo...

En tu cuento hay silencio. Silencio a lo mejor de lo trabajado, lo apuntalado. Limpio y certero. También silencio de la hora en la que los niños son malos. La maldad propia de los animales ¿sofisticados? que somos. Reconociendo el terreno. La proyección del mundo. El mundo, ese posible grito de la vieja o su eco. Felicidades.

NáN dijo...

Lo pillaste perfectamente, LARA. Es un placer.

VERONICA LEONETTI dijo...

Y ahora recordamos esas cosas y esos momentos, preguntándonos si de verdad eramos malos o solo competíamos.

NáN dijo...

No creo que fuéramos malos. Simplemente, éramos incompetentes para manejar el poder de la vida.

Gemma dijo...

Fíjate que yo también creo que sucede tal como describes. A ciertas edades la vida se agolpa por dentro hasta que logra dar con una salida.
Besones

NáN dijo...

Besones, GEMMA. Lo que pasa es que los padres los ven tan rubios, o tan morenos, y hay que explicarles lo glacial que puede ser lo angelical.

Por suerte, pasa.