El principio generador
El cese repentino de las fuertes rachas de viento y de lluvia que llevaba oyendo desde la noche anterior lo percibió como un estruendo. Lo sacó de la somnolencia en la que, desde un sillón, intentaba pasar esa fase dudosa en la que la gripe ha desaparecido, pero todavía no se ha recuperado la sensación de normalidad.
Sobresaltado, se asomó al balcón. Una capa continua de nubes plomo, casi galena, cubrió el cielo salvo por poniente, desde donde el sol en descenso derramaba una luz anaranjada, encajada en el canal de las casas y el plomo. Al no encontrar dónde sustentarse, vaciado por el viento el aire de todo lo que no fuera aire, el naranja se pegaba como un ácido fosforescente a las superficies sólidas. Juan, por un instante, tuvo la sensación de que si estiraba el brazo por encima del jardín del palacio que separaba su casa de la de enfrente, tocaría con los dedos el tejado fauve anaranjado de esta.
Pensó que era imposible y no se movió. Pensó que toda creación surge de un sentido de dislocación del espacio o del tiempo. Pensó que crear exige arriesgarse, incluso a hacer el ridículo más peligroso: ante uno mismo. Entre los tres pensamientos, los colores y los volúmenes volvieron a ser los de siempre.
Creyó que había desperdiciado una ocasión única en la que el vacío, de sonido y del aire, había plegado la realidad. Quedó con una sensación de derrota, como si algo le dijese: “esta puerta se había abierto solo para ti, pero ya se ha cerrado para siempre”.
La historia anterior podría, debería, terminar ahí. Es sencilla, geométrica. Hasta podría haber sido inventada fríamente. Pero, ¿sería justo? ¿No contar cómo se traman los hilos de una vida, sus rarezas; tan ásperas? Juan, existe. Seguro que preferiría que esto ni se afirmara, pero si alguien lee la historia de ese pliegue de la realidad, tiene derecho a saberlo. Juan ha tenido la gripe cuatro veces en su vida: con 21, 31, 41 y 51 años. Siempre una gripe brutal, con fiebre de casi cuarenta grados que le hacía meterse en la cama, tomar lo que le dieran y tener durante tres días estados de conciencia alterados. Si eso suena tremendista, no me importa rebajarlo a “diferentes”. Cada una de esas gripes había marcado el decenio siguiente: en dos ocasiones, mostrándole con claridad el camino para seguir vivo; en otras dos, negándole determinados caminos de la vida que deseaba tomar. Todo tan aritmético como cuando se cuentan los dedos de una mano.
Como consecuencia de la historia de la luz, comprendió que debía abandonar toda relación con el arte, en la que había empezado a avanzar. En los diez años siguientes tuvo dos hijos y llevó una vida metódica, obsesiva en el cumplimiento de los más diminutos de los deberes, sin resentirse jamás del aburrimiento. Solo conservó, en momentos de mucha intimidad, el hábito de la lectura.
Pasados muchos años, hablando de aquel cambio de luz y de su decisión, afirmó que había hecho lo correcto. Lo ilustró con una frase atribuida a Nicanor Parra, a cuento de la abundancia de escritores: “Tal vez convendría que leyéramos un poco más”.
17 comentarios:
pocas veces se equivocó Nicanor Parra en sus diagnósticos
los cambios de luz, de piel, de color y de bandera, son siempre necesarios, o al menos hay que actuar como si lo fuesen
kiss
la fiebre también
¿Te das cuenta de que, al final, son dos historias enlazadas por una foto, no? En cuanto a la reflexión de tu personaje, también creo como tú y como él que para ser un buen escritor (y hasta para ser uno mediano) es preciso haber leído muchísimo antes. La lectura es la verdadera lección, desde luego que sí.
(Y ahí estamos: leyendo y aprendiendo).
Un beso
y ahí estamos, cada vez más metidos en la filosofía, en lo arbitrario de los análisis que con el tiempo se basan en decenios a salvo de una gripe, en esas cosas volátiles como son los virus o las lecturas
todo tan creíble
la ventana, el jardín, el sillón y Nicanor
todo con el peso de Juan
exista o no
pero claro que existe
a veces veo las columnas subir, rígidas, y quisiera también recorrer el pasillo, porque el misterio de todo estará en la última habitación (la que me parece que siempre te guardas)
Me gusta, M-VERÓNICA, lo de que "hay que actuar como si". Cuántas veces en la vida me he aferrado a ese principio programático.
Beso.
Has dado en la diana, GEMMA, (qué raro, ¿no?), hay un texto que se acoge al tema (un texto, además, del año 2000) y una glosa, comentario o nota a pie de página que me pareció necesaria. Creo que Juan actuó bien; aunque lo mismo habría creído si hubiera actuado de otra manera. El caso es que lo hizo y había que ponerlo en su contexto.
Otro para ti.
Querida LARA, tu comentario es un texto por sí mismo, dificil de rebatir y de batir; solo admite un batir de alas (como señal de aprecio).
¿Cómo basarnos sino en cosas volátiles? No sabemos pronunciar ni escribir las palabras Patria, Santo Padre, Patrimonio, Patricio (pero sí Patricia), Patraña, Dios, Condenación Eterna. O sea, todo lo que tiene fundamento suficiente como para hundirse en el cieno resultando vistoso hasta ese momento.
Pero claro que existe, esa habitación: la sigo buscando desesperadamente.
Un abrazo
Es curioso lo que propones, el relato y lo que transcurre entre bambalinas. El texto es muy bueno.
Por otro lado, ¿cuántas veces no he sido consciente de la existencia de una puerta sólo en el momento en el que ya se ha cerrado?
Y vengo y leo desde una tarde de nubes plomizas sin anaranjados. Y releo y no sé si me gusta más el texto temático o su glosa. Y en realidad poco importa. Me llama la atención, especialmente el glosado diez años después. Tal vez el que cuenta esté tocando ese pliegue que superpone dos tiempos. O tal vez yo tenga gripe.
Me encantó.
Un beso.
Estaba yo imaginando esa luz y sintiendo lo etereo, lo intangible, pensando en esa creación que surge de esa dislocación -me gusta esto- y me haces aterrizar en el determinismo de la enfermedad que todo lo trastoca. Menos mal que estaba en medio esta preciosa foto diciéndome: no te fies.
Bella forma de narrar esta doblez, Nano.
Esto parece la Semana Blanca. ¡Sólo hay tías!
QuiaSint, ¿y...?
La cosa de la puerta, ARACELI, está sacada de Kafka, que tantas veces nos hace conscientes de lo que nos había sucedido sin que le prestáramos atención. Le transmitiré a Juan tu aprecio por el texto.
Un abrazo marino.
Si una persona es capaz de tocar el pliegue, IZASKUN, eres tú. Claro que las posibilidades de romperse la crisma son muchas. No me queda otra que aconsejarte que te quedes mirando el naranja y el plomo. Algo saldrá de ahí; aunque a primera vista parezca menos interesante.
Abraza, con cuidado, a los fauve.
Gracias, ISABEL, y gracias por creerme: estoy empeñado en hacer literatura de verdad. Ya me lo creo casi todo.
Caes en la trampa de los nombres, QUIA SINT. Parece mentira, con todo lo que llevas vivido. GEMMA te desafía: ¿vas a perder la oportunidad de que corra la sangre dialéctica, aquí en mi blog?
Cada década que traspasamos es un paso más hacia esa meta que ironicamente termina siendo la muerte, de mis décadas posiblemente me quedo con la metódica, la de criar a los niños y vivir parsimoniosamente la vida...a mi no me da fiebre, pero si me pongo sensible...
Un besito.
Pues brindemos por esa década, ZAYI, y por cómo te cambia la luz interior.
La uz dicen que emerge del cristal según se mire.
Yo la veo gris,naranja, fluo, negra y así.
Tal vez dependemos de un caledoscopio vital, tal vez no veamos la misma luz aun estando viendo sus mismas perspectivas.
Lo importante es que la luz no engañe ni ciegue a nadie.
Besitos, Nano.
LUZ quise escribir, ya supongo que entendiste;)
Rebesos Nano.
Casi me gusta más uz que luz, EVA. Tiene ese misterio que la palabra "luz", de tanto pronunciarla, ha perdido.
La luz, ay, nos engaña, o lo pretende, porque nunca está donde la recordábamos (quizá por el cambio de quien nos la produce). Como verás, estoy algo melancólico. Pero no te engañes, si vinieras a leerme, cuando vinieras, ya no lo estaría.
Un gran beso.
Respuesta con retardo:
Un caballero, NáN, nunca pelea con mujeres, sobre todo si sabe que tiene todas las perder.
S.
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