Hayas
Le tiemblan ligeramente las manos sobre el tapete de hule. Quizá porque el frío se le ha metido en el cuerpo en el pequeño paseo para echar las sobras del plato a las gallinas.
Este frío de las tardes, se dice, de todas las tardes.
Procura no pensar, se esfuerza, pero no le es posible. Siempre está juzgando, comentando, haciéndose mala compañía. Por las mañanas no tiene frío: con un jersey grueso cochambroso, todo lo es ya en él, se ocupa del pequeño huerto del que come, de limpiar el corral de las gallinas. Pasea hasta la casa más cercana un día de cada dos, para recoger el pan que le compran en el pueblo, hacer un encargo, recibir lo encargado. El huerto, tan pequeño, se ha vuelto inmenso en comparación con su estómago. Alimentaría a siete como él.
Este frío sale de mí, se dice, de lo que voy a mirar.
Friega el plato y el cazo en el que coció las patatas con verduras y legumbres. Pone a calentar agua en el cazo para hacerse un café de puchero, que irá tomando caliente, luego tibio, y volverá a recalentar todas las veces que haga falta hasta que se acabe. Deja sobre la mesa una botella de aguardiente y un vasito diminuto. Las cosas de fumar. Se sienta y mira el temblor de las manos, que ha aumentado sobre el tapete de hule gastado, cruzado por rayas verdes que están formadas por hilos de distinto tamaño y tono si las miras de cerca. Por eso no son iguales.
Nada es igual, piensa; y nada es igual que antes.
Ve sus manos llenas de manchas que antes no estaban; nota los huesos, que nunca pensó que pudieran notarse si no estabas enfermo; las ve todavía fuertes, por el trabajo en el huerto. Pero le tiemblan. Entonces, ¿por qué ese temblor?
Por mirar.
Aunque el cuerpo, negado, vaya creando nuevos crujidos, su buena vista ha mejorado desde que vive en el campo. Algo le hizo regresar a la casa cuando ya habían muerto sus padres. Romper con todo. Y allí, en el campo, se esfuerza, se esfuerza mucho, por reducir el mundo y el pensamiento a lo que ve. Que su narración del mundo trate solo de lo que está a su alcance. Si piensa estas gallinas ponen ya pocos huevos, eso es lo que piensa y nada más. Si mira un árbol, mira un árbol. Pero no funciona siempre. A veces la narración se vuelve transitiva y pide que le echen su objeto directo. Por las mañanas sí lo consigue, ocupado en tareas físicas. Después de comer tiene ya que sentarse, encender un cigarrillo, tomar el café caliente, ver el temblor de sus manos.
Putas manos.
Y les da su vasito de aguardiente, que es lo único que las calienta. A ellas y el cuerpo entero. Entonces, y solo entonces, levanta la cabeza y mira por la ventana el prado que en una ligera pendiente llega hasta el hayedo.
Cuando ve las hayas, todo el esfuerzo por el que se encerró aquí se rompe. El verde de la fuerza, el dorado rojizo, que es el más hermoso, el de la consumación, las ramas desnudas que dejan ver detrás el paisaje más feo del mundo, los restos de una zona industrial cerrada antes de la guerra. De un año para otro ve los desperfectos y los convierte en metáfora de sí mismo.
Eso no le importa, pero el verde y el dorado rojizo sí, porque son la belleza de la que huyó y el alma toma el control. Café a café, cigarrillo a cigarrillo, vasito a vasito, revelándole, tan tarde ya, que no se puede huir a ninguna parte.
¿Qué hago aquí mirándome allí?
18 comentarios:
A la que ha dejado fría como una noche de invierno ese final es a mí...
Sublime.
Beso tus manos.
Espero, Magapola, que el sentido de lo que dices es que te hizo sentir ese frío del personaje.
Estnom, vamos a quitarle la dosis de cariño con que me lees y dejamos el texto en "aceptable". Si de verdad lo es, me pongo ya bailar catala, que hace mucho bien al cuerpo y la mente.
Gracias, muchas gracias, a las dos.
"¿Qué hago aquí mirando allí?" Yo creo que sólo eso es una historia completa. Me gusta cómo vas deconstruyendo una existencia que va deteriorándose.
A mí el texto me ha gustado bastante aunque me ha resultado un tanto desconcertante. El frío en el cuerpo, el temblor de las manos, el hule gastado... ¿Por qué huye de sus recuerdos? Creo que necesito hacer una segunda lectura más pausada. Y, si escribes otra versión... a ver hacia donde nos conduces.
Besos.
Se nota cuando el que lo escribe se lo pasa en grande porque el que lo lee también, aunque se escriba de la angustia. Es un mito lo de que hay que sentirse mal para escribir bien, un mito que hay que desterrar, entre otras cosas porque sufrir no se deja nunca de sufrir. Este texto me gustó mucho, "haciéndome mala compañía", "este frío que sale de mí", "¿qué hago aquí mirándome allí?". Me gusta la vozde ese hombre.
No sé por qué, a mí la desgracia cuando ya está echada, me resulta un lugar cómodo y atractivo.
Coincido con todos, el final, un gran final: "¿Qué hago aquí mirándome allí?"
winsta
El trabajo de reescritura me ha parecido siempre muy complejo. Además, una vez recortado, es dificil rehacer de nuevo... debe ser algo así como darle forma a un bonsai. Como se te vaya la tijera por donde no debe, estás listo.
Yo soy un cocoloco, y retoco poco lo poco que escribo. Ya puesto a poner más "os", diría que "opto por lo cómodo". No conozco el texto original, pero me gustaría verlo por aprender cómo se hace esa labor de síntesis tan rulfiana.
Por cierto: hemos pillado lo de bailar catala. Muy cronopiante. Te imagino en plena danza cortazariana.
Lo bueno de internet es que permite leer textos a menudo mejores que los publicados en papel. A veces en una página de internet descubro un relato, poema o texto inclasificado, escrito por alguien anónimo, y que me resulta más interesante y sugestivo que otros escritos que han obtenido la gracia de su edición en papel. Éste, sin ir más lejos, es el caso de esta entrada.
Todo va con nosotros, hasta el temblor. Precioso texto, me alegro de leerte de nuevo.
a mí también me ha dejado desconcertada y con muchas incognitas sobre ese personaje. Pero es tan palpable todo lo que describes, esas manchas en las manos, los huesos que se quiebran, el temblor de manos, el hayedo...
es tangible, real y por eso hace estremecer...
ufffff
beso a rayas
Es cierto No.
No, nada es igual que antes.
"¿Qué hago aquí mirándome allí?"
Es que lo contrario sería una adversidad.
frío
polar,
Nano.
Conservé el relato original y, desde luego, no hay comparación. El primero, como dices, dejaba frío porque no transmitía la angustia del personaje, sino simplemente su circunstancia exterior.
Esta versión TRANSMITE el frío. El dolor y la soledad del personaje.Su lucha.Su esfuerzo, a pesar de todo.La imposibilidad de huir de uno mismo.
¿Qué hago aquí mirándome allí?
Espléndido final. Enhorabuena. No romperé el primero, pero me quedo con este.
besote
pd.- hay nueva inmediatez en el Área de Descanso.
Gracias a todos. Varias veces he pretendido contestar, pero me he dado cuenta de que me costaba. Al fin y al cabo, ya dije el texto; y no me apetecía revelar partes de él.
Así que por esta vez, me perdonáis. ¿Vale?
"¿Qué hago aquí mirándome allí?"
Tal vez haya decidido (después de muchos esfuerzos) no huir más. Y de ahí el temblor, la emoción.
Grande(,) Nano
;-D
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