
¡Y yo y yo!, repito como un loro, encantado de coincidir con ella. Conseguí su primer libro, Primer amor y otros pesares, en la segunda edición de Anagrama. Que ha sido la última; todos los demás, hasta los cinco que han sido editados, en la primera edición, que creo es la última. Como dice Sontag, de Harold Brodkey no se lee cada línea, sino cada palabra.
Y H.B. desapareció del mundo y de los medios. Y eso no puede suceder.
El otro día, mi amiga Elena (Lila Berger), en su búsqueda de librerías pequeñas donde repartir sus compras, fue a Tres Rosas Amarillas. Elena soporta mis palabras pero no creo que haya leído mi blog más de dos veces, así que conocía la librería por lo que yo le contaba y por los relatos completos de Italo Svevo, que le regalé comptados en esa librería y que le conmocionaron. Fue a 3RA, compró un libro y José Luis Pereira le recomendó otro: el primero de Brodkey. Tanto me habló ella del libro y del primer relato, “Estado de gracia” (y al día siguiente lo mismo José Luis), que volví a casa y leí ese relato, y el segundo y el libro entero. Y empecé con la impresionante colección de los relatos publicados en revistas, Relatos a la manera casi clásica. ¡Por dios! Si cuando se publicaron me hicieron polvo, el tiempo que ha pasado desde entonces (creo que principalmente todo lo que he aprendido en estos dos años de participar en la blogosfera, leyendo vuestras entradas y propuestas, y mi trabajo en El Taller) me ha permitido que en esta segunda lectura haya llegado a un segundo nivel de profundidad. ¿Cuántos quedarán ocultos?
Todos los ejemplares del primero que quedaban en la Editorial y en España los ha fagocitado ya la librería: no queda uno solo. Ha conseguido los que iban quedando del segundo. ¡Y no hay más!
¿Cómo puede desaparecer del mundo? Pensé en la necesidad de rescatarlo y en ir poniendo una entrada sobre cada uno de los 5 libros traducidos, tratando de encontrar los no traducidos para leerlos. Ya tenía preparado un trabajoso primer post sobre el primer libro, pero buscando en Internet, que aporta pocas novedades, he encontrado un artículo magnífico que explica muy bien quién era y el por qué de su desaparición (el establishment literario estaba hasta el gorro de su narcisismo y megalomanía y decidió olvidarlo, lo malo tanto como lo bueno). El artículo se publicó en RADAR LIBROS (con la “R” al revés) el domingo 4 de marzo de 2007. Es el magnífico suplemento cultural, que recomiendo a todos, del periódico argentino Página 12. Lo explica todo tan bien: título, entradilla, artículo de Rodrigo Fresán y artículo de Jonathan Baskin. Menos el último, que es fácil encontrar en Internet y lo alargaba demasiado, lo voy a “fusilar”. No por vaguería, que podría resumirlo y poner el enlace, sino por eficacia: muchas veces dejo los enlaces para otro momento y acabo sin leerlos. Y me gustaría que los leyeseis, porque cuentan la historia como yo no sabría contarla.
Que me perdonen los amigos de Radar Libros y Fresán. Si lo desean, basta con que me manden un mail y lo quitaré de inmediato.
Voy a añadir un extracto, bajado de Intrnet (El Poder de la Palabra) porque es más cómodo que copiarlo del libro. Es de la obra en la que cuenta su enfermedad y muerte por Sida y revela mucho de cómo era y escribía:
«Y así fue como terminó mi vida, y comenzó mi morir. No puedo cambiar el pasado, y no creo que lo hiciera. No espero ser comprendido. Me gusta lo que he escrito, los cuentos y las dos novelas. Si me ofrecieran verme libre de esta enfermedad a cambio de mi obra, no lo aceptaría. ¿Paz? Nunca la hubo en el mundo. Pero en viaje por las dóciles aguas, bajo el cielo, sin amarras, yo oigo ahora mi risa, primero nerviosa, luego de auténtico asombro. Me rodea por entero.»
Esta es la maravilla que apareció en Argentina aquel domingo de marzo:
El recuerdo fugitivo
¿Qué quedó de Harold Brodkey? A diez años de su muerte, la pregunta resuena contra un muro de silencio. En Estados Unidos, donde supo ser una rutilante promesa y una celebridad literaria de primera línea, sus libros están agotados y son inconseguibles, y poco y nada se discute sobre una obra que levantó enormes controversias entre los críticos desde los años ‘60. Radar indaga en las razones del ascenso y la caída de una de las mentes más brillantes de la literatura norteamericana.
Por Rodrigo Fresán
Harold Brodkey (1930-1996) solía afirmar en privado y en público que, a lo largo de los años, Norman Mailer, John Cheever, Saul Bellow y John Updike no habían dejado de robarle indiscriminada y descaradamente “mis oraciones”. No conforme con ello, Brodkey también aseguraba que su belleza había hecho sucumbir a hombres (arrancando con su padrastro, parece) y mujeres (Marilyn Monroe incluida), que el ser tan irresistible se había traducido en varios intentos frustrados de secuestro, que Sean Connery se había inspirado en su look y modales para el rol de Indiana Jones y la última cruzada. Y —si de lo que se trataba era de precisar su propio sitio e importancia dentro de la literatura— no vacilaba en responderle a un periodista que no era tarea sencilla vivir sabiéndose el mejor y más genial escritor de todos los tiempos al Oeste de Marcel Proust. En resumen: nadie dudaba de que Brodkey era un mitómano narcisista con posibles destellos de psicosis paranoica. Algunos diagnosticaban su ambición con un “está loco”, resumían su obra como una “apología de la masturbación” y calificaban su figura —así lo evocó el elegante James Salter en sus memorias— como la de “un tipo problemático”. Del otro lado, cuando eran testigos de alguna de sus habituales diatribas y bravuconadas que intimidarían hasta a Cassius Clay, sus cada vez menos amigos se limitaban a mirar al cielo y sonreír un entre divertido y resignado “Oh, Harold”. Apreciar y catalogar su obra, sin embargo, no era y no sigue siendo tan sencillo aunque sí capaz de provocar un —otro— “Oh, Harold” de signo e intensidad muy diferentes.
Una cosa es segura: la suya fue —y ahí están los libros, esos fantasmas que siempre viven más que el autor— una de las empresas más solitarias, arriesgadas, ambiciosas y, tal vez, más imposibles de llevar a cabo. Porque lo que Brodkey quería alcanzar —y así lo hizo saber en la clásica entrevista de The Paris Review cuando se le preguntó cuál era su ideal—- era “alterar la conciencia, cambiar el lenguaje de tal manera que todas aquellas formas de conducta a las que yo me opongo se vuelvan absurdas, impopulares, improbables. Lo que intentas es trabajar por una cultura que se tome seriamente al tiempo y la conciencia y no tan solo como parte de una de las tantas mareas de la moda. ¿Los ideales? Los ideales son para los que escriben esos textos en las postales de felicitación que se envían durante bautismos, bodas y cumpleaños”.
Y, otra vez, ahí está su obra como evidencia incontestable. Los relatos “normales” de Primer amor y otros pesares destacando el magnífico “Educación sentimental” donde, lo siento, parecería que es Brodkey quien le roba sus oraciones a Cheever. Los fulgurantes y turbulentos experimentos que convierten a Relatos a la manera casi clásica en una colección indispensable a la hora de apreciar todo lo que se puede conseguir o extraviar dentro del formato cuento. La meganovela fluctuante y seguramente frustrada El alma fugitiva. La inesperadamente plácida novela homoveneciana Amistad profana. Y esa descarnada y valiente y por momentos alucinada y esquiva coda funeraria —primero publicada en capítulos en The New Yorker, su alma mater— que es Esta salvaje oscuridad. (Julian Barnes felicitó a Tina Brown, la editora de la revista, por haberse “atrevido a publicarlo todo” incluyendo los raptos megalómanos; la respuesta de Brown fue: “Ah, Julian, si supieras lo que dejamos afuera”.)
Después, desde el otro lado —póstumos— nos llegaron los todavía inéditos en castellano My Venice (fragmentos turísticos éditos e inéditos), The World is the Home of Love and Death (relatos y extractos de lo que, se supone, sería la continuación de El alma fugitiva) y la sorpresa de los muy concisos y divertidos ensayos reunidos en Sea Battles on Dry Land. Todos y cada uno de estos títulos unidos por lo que, sin dudarlo, constituye una de las grandes aventuras del lenguaje dentro de la literatura norteamericana. Ese idioma/avalancha que inaugura Melville, entronca con Faulkner, sigue con William Gaddis y que, después de Brodkey, salta hasta David Foster Wallace.
Y la comparación entre Brodkey y Wallace —y sus dos novelas-mamut, El alma fugitiva y La broma infinita, respectivamente— quizá ayude a clarificar lo que puede llegar a ocurrir con un gran escritor. Como la de Brodkey, la novela de Wallace gira alrededor del tema de la familia como trauma inspirador y conspirador. Una y otra pueden ser calificadas como “experimentales” aunque la de Brodkey mira hacia atrás y la de Wallace hacia delante. Es decir: la primera (Brodkey) es un artefacto nostálgico cuya aspiración es la de superar a los maestros y cerrarles la puerta en la cara a sus contemporáneos, mientras que la segunda (Wallace) va en plan vista al frente y sólo le interesa ser avanzada sin sentir rencor alguno por los generales del ayer. Brodkey anunció durante años su mágnum-opus (refinanciando con pericia, como Truman Capote por sus Plegarias atendidas, numerosos y cuantiosos adelantos) preparando demasiadas veces a los mortales para la perfección que se avecinaba y que, demasiado tarde, resultó perfectamente imperfecta. El parto del monstruo de Wallace estuvo marcado —desde meses antes de su salida— por una cuidadosa y astuta estrategia de marketing con el manuscrito entregado. Es decir: la novela de Wallace existía mientras que la novela de Brodkey —riesgos de trabajar con material autobiográfico— había sido suplantada por Brodkey. Wallace se hizo célebre por lo que publicó mientras que la fama de Brodkey se debía a lo que no publicaba. Y Brodkey —autor y personaje— caía mal. Así que —cuando Brodkey decidió finalmente editar, sin dejar de advertir que El alma fugitiva era apenas el avance contundente de la tan mentada obra maestra— el chiste perdió su gracia y se desenvainaron las espadas. Después, casi enseguida, más furioso que nunca, Brodkey se dedicó a morir a lo largo de tres años descubriendo que el acto en cuestión era “todavía más aburrido que una novela de Updike” o algo así. No hay drama: “La vida tampoco es muy interesante”, agregó Brodkey.
Aquí y ahora —once años después— casi nadie menciona su nombre. Alguna vez firmas como Harold Bloom, Don DeLillo y Salman Rushdie defendieron su gesta, pero hoy nadie jura por su nombre (ver el reciente libro de listas de 125 colegas, The Top Ten, donde nadie lo elige) y el pasado mayo, en la librería neoyorquina The Strand, un ejemplar de la primera edición de El alma fugitiva autografiado (la firma enorme y avasallante, cruzando en diagonal toda la página de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha) se ofrecía por apenas diez dólares que yo pagué con gusto y sin dudas.
¿Y —otra vez— qué es lo que queda? Mucho, suficiente: extáticos relatos que quitan el aliento (como aquel del director de cine, aquel otro del orgasmo y ese sobre lo que experimenta un bebé al ser alzado en brazos por su padre, ganador de un Premio O’Henry) y parrafadas formidables —”estados de ánimo convertidos en opiniones”— de una audacia que pocos narradores han tenido y aún menos tendrán. Uno de esos escritores para los que el estilo es lo único que vale. Alguien que establece de entrada un pacto con el lector a quien le pide todo, porque siente que él, antes, ha entregado el universo y más allá. Un titán que, en algún momento humilde, se definió como “un adolescente en reversa” consciente de que “la irrealidad de lo que es real y el hecho de que yo la viva, de todos modos, como algo irreal, es mi forma de soñar despierto” para, de inmediato, recuperar el soberbio tono muscular de su cerebro: “Es peligroso ser tan buen escritor como yo”.
Y de acuerdo: de algún modo, leer a Brodkey es peligroso porque —en su inevitablemente frustrada aspiración, en el orgullo de su entrega— nos hace conscientes de lo lejos que se puede llegar sin que eso signifique haber llegado. Aún así, quién le quita lo bailado, lo escrito, lo amado a un hombre que, cuando se le pedía que se explayara acerca de su affaire con Marilyn Monroe, respondía con lo que quizá —consciente o inconscientemente— define a la perfección lo que le ocurre a todo lector que se acuesta o se sienta a leer uno de sus libros: “Bueno, es un tanto intimidante encamarse con alguien que tiene diez veces más confianza y habilidad sexual que uno”.
Oh, Harold.
10 comentarios:
Ufff, qué ganas... Comienzo la búsqueda ahora mismo, Primo.
Gracias por compartirlo.
Lo mismo digo. Pero voy a dejar un lapso hasta él. Miller, Bukowsky, Houellebecq (sobre todo Houellebecq), Capote y ahora Nabokov. Necesito un respiro y que alguien traduzca algo nuevo de Benni, porque mis lecturas y la vida (en general) me tienen un poco achatado últimamente.
Sobre la personalidad de este hombre... planto la cita habitual de los lunes a las doce:
El genio es elegirse genial y acertar (Julio Cortázar: Rayuela).
Se quejaba un buen investigador del CSIC (con el que me mando libros de vez en cuando) de que los buenos libros tienen ahora la misma caducidad que los yogures. Desaparecen de las editoriales en ná.
Un abrazo de oso canadiense, Nán.
Otro más a la lista!
nán, leerte es aprender.
Gracias
Susan Sontag es maravillosa...
Bueno, así que Harold Brodkey tenía el ego de un Dios. Habrá que leerlo...; aun cuando el resultado no esté a la altura de su vanidad, tan infinita por lo que parece.
(Si se parece tanto a Cheever, ya me vale, ;-P)
Besos
Sí, leer al Brodkey es una necesidad absoluta. Para mí es un grande entre los grandes. (Don Micro, queda usted excusado de leerlo en estos momentos: tiempo habrá).
Creo que gracias a Fresán, queda bastante clara una de las razones de su "desaparición" del mercado: era insoportable personalmente para todos y la crítica se ha tomado un respiro.
Hay otra razón importante: siendo un genio, escribió realmente muy poco, pero lo que no tiene de extenso lo tiene de intenso: necesitaba un reposo para ser "rescatado" por lectores para los que leer va más allá de pasar el rato.
Copio, para resaltarlos, dos trocitos de lo que decía Fresán, para explicar esto un poco:
«Una cosa es segura: la suya fue —y ahí están los libros, esos fantasmas que siempre viven más que el autor— una de las empresas más solitarias, arriesgadas, ambiciosas y, tal vez, más imposibles de llevar a cabo. Porque lo que Brodkey quería alcanzar —y así lo hizo saber en la clásica entrevista de The Paris Review cuando se le preguntó cuál era su ideal—- era “alterar la conciencia, cambiar el lenguaje de tal manera que todas aquellas formas de conducta a las que yo me opongo se vuelvan absurdas, impopulares, improbables. Lo que intentas es trabajar por una cultura que se tome seriamente al tiempo y la conciencia y no tan solo como parte de una de las tantas mareas de la moda.»
«de algún modo, leer a Brodkey es peligroso porque —en su inevitablemente frustrada aspiración, en el orgullo de su entrega— nos hace conscientes de lo lejos que se puede llegar sin que eso signifique haber llegado.»
Una sola advertencia: con este autor es realmente importante leerlo por orden: "Primer amor y otros pesares" (lo más sencillito), "Relatos a la manera casi clásica" (estructuras diabólicas; ojalá hubiera una calculadora para operar con ellas como se hace con los números), los 2 novelones (cometió errores en ellos, pero aún así son importantes), su diario del SIDA.
Bombardeemos a las librerías con peticiones de sus libros, hablemos de él, a ver si el señor Herralde se rasca el bolsillo y lo reedita. Pero primero: hagamos el esfuerzo de leerlo.
Gracias, Nán. Pero haré un esfuerzo para que este autor no se borre de mi caótica memoria. Si Usted indica que merece muchísimo la pena, suelo coincidir con Usted. Si indica que es necesario, seguramente coicidiré más.
No tiene Usted precio como publicista. Lástima que este señor no pueda invitarlo a una cañita.
¡Vaya pedazo de post! Me has dejado con la boca salivando en busca de obras de este tipo...
Por cierto, ¿qué tal Fresán? Yo soy más Bolaño, pero ese "Mantra"...
"Salivar" es un sano rasgo instintivo, Chicoquequería. Sin duda disfrutarás con la droga dura que representa Brodkey.
Yo soy absolutamente bolañesco. De Fresán he leído solo artículos y partes de libros teóricos. Solamente he "robado" páginas de ficción de pie junto a la estantería de una librería (es un modo delicioso de leer), pero nunca me animé a comprar. De "Mantra" he oído tanto y tan bien que no tendré más remedio que leerla este verano.
Por cierto, en el blog Sindrogámico, en una entrada de Magapola que se llama "Que me lo explique alguien por favor", Rinconete cuenta una deliciosa anécdota de Fresán niño.
Para mí Brodkey nunca brilló tanto como en sus relatos iniciales.Luego él mismo, consciente de su talento y sabedor que sólo con su primer libro ya estaba a la altura de los mejores, optó por convertirse en el Joyce americano, para lo cual, por lo que se ve, sólo le faltó mejorar su imagen.
Publicar un comentario