jueves, 19 de abril de 2012

Ejercicio de taller sobre el tema "Lo inaccesible"

Preguntas indeseables

—¿Sabes lo que me pasó en el metro? —preguntó él, sentado en el sillón junto al balcón, tras dejar el libro sobre la repisa.
—¿Sí? —contestó ella, enseñándole los ojos por encima de la revista dominical de un periódico que él odiaba. Si hubiera estado leyendo un libro, no la habría interrumpido.
El exterior estaba grisáceo, como cuando se prepara una tormenta.

Era consciente de que le había hecho esa pregunta porque le irritaba que leyera ese dominical. Que era una pregunta indebida. Ambos, que convivían más que aceptablemente, sabían que algunas preguntas provocaban fricción; eran indeseables. En el caso de ella, preguntarle a él “¿qué estás pensando? o pedirle “dime algo, estás muy callado”. En el caso de él hacia ella, preguntarle “¿Sabes lo que me pasó...?” en un contexto que era de interrupción de lo que ella estuviera haciendo; la pregunta solo era válida si estaban conversando. Porque como ella había resaltado varias veces, “a ti te suceden trivialidades; en realidad, te fijas en las trivialidades”. Y era cierto en un porcentaje lo bastante alto como para que a ella le resultara deprimente. A veces, podían salir de una exposición y él no tenía más comentarios que referirse a una mano de un personaje pintado en segunda fila; o a que la pintura de las paredes le parecía poco adecuada para colgar cuadros en ellas. Ella, simplemente, no podía soportar que eso hubiera sido lo único que le hubiera llamado la atención.

—En el cambio de la línea naranja a la añil, en Gregorio Marañón, llegué justo a tiempo para subir al último vagón. Ya sabes que la salida de Tribunal está por delante; aproximadamente, si dividimos la estación en cinco partes, en el mojón imaginario que señalaría el cambio del primer quinto al segundo.
—Sabes que eso lo sé.
—Pues, como ya sabes también, los trenes de esa línea no tienen vagones separados, así que pude recorrerlo, avanzando por dentro. En el primero vi en el suelo una caja vacía de cartas de Heraclio Fournier y, en el siguiente, pétalos de rosa que debían llevar algún tiempo. Habían adquirido esa oscuridad de las flores de cementerio.
—¿Y tu catálogo habitual de rubias?
—¿Y qué coño importa eso ahora?
—Como a veces me cuentas las que has visto en el metro, lo mismo que si viste a alguien cuyo rostro podría estar pintado en un cuadro de El Prado.
—No te estoy hablando de mis “coleccionismos visuales”, sino de algo importante, joder. En el primer vagón me encuentro la caja de guardar las cartas, las cartas que se pueden echar para ver el destino, pero vacía; en el segundo, pétalos de un ramo de cementerio. ¿Te parece normal, encontrar esos objetos en dos vagones consecutivos del metro? —le preguntó él, para evitar la pregunta-bomba, superior a la pregunta-fricción, de si le parecía normal leer esa basura para pijos.

En ese mismo momento estalló la tormenta que trajo la calma. Simultáneamente y no como en la frase hecha, en la que la segunda viene después de la tormenta. Abrieron el balcón de par en par para ver y oír llover; para respirar ese ozono limpio. Toda fricción se convirtió en bienestar, que celebraron descorchando una botella de vino.

Él sabía que la pregunta fricción había puesto una semilla que brotaría en uno o dos días; aunque también sabía que el tema lo llevaban mucho mejor si estallaba después, cuando él no tenía motivos para sentirse irritado. La visión que tenían del amor esos dos amantes era radicalmente enfrentada. Ella no abandonaba su idea de considerarlo una fuerza totalmente positiva. Y cuando decía “totalmente”, se refería a algo que carecía hasta de la menor mancha.

—Pero ¿no estamos de puta madre, nos queremos, nos preocupamos el uno por el otro, deseamos que se sienta mejor? —preguntaba él en esos estallidos, ahorrándose un vulgar “¿qué más quieres?”, que habría tenido unas consecuencias que podrían suponerse desastrosas.
—Pero no siempre —contestaba ella—, además de que “desear que el otro se sienta mejor” es bueno, pero me parece insuficiente —contestaba ella, que ni siquiera se atrevía a pensar en el concepto de “felicidad”.

Se habían explicado el uno ante el otro mil veces, sin haber superado la barrera que los separaba. Decir eso es decir poco: no habían sido capaces ni de encaramarse a la barrera para ver cómo era la luz y el aire al otro lado. Compartían el espacio muy a gusto, pero en cuanto salía ese tema, brotaba del suelo la barrera, con alambre de púas en la parte superior.
Para ella el amor era algo positivo que “surgía” y exigía, después, una voluntad de cooperación que él aceptaba. Lo que no podía aceptar es que esa voluntad fuera inextinguible, un caso de locura deportiva para ir rebajando milésimas en cada recorrido de los cuatrocientos metros vallas. Eso era lo que le sacaba de quicio: que ella quisiera ir a más y a más en un progreso lineal hacia un futuro.
Él pensaba en el extremismo del pensamiento de ella. Como en el caso de la salud, que para ella era un acto (no un estado) en el que intervenía la voluntad, tomar las medidas adecuadas, practicar, dar las gracias al dios de los laicos en voz alta, al menos dos veces al día, por encontrarse tan bien. Para él, la salud consistía en no tener enfermedades ni molestias. Le bastaba con procurar, razonablemente, no hacer demasiadas tonterías que propiciasen la enfermedad. Tener conciencia activa de lo bueno, frente a no tener conciencia de lo malo; ese era el enfrentamiento entre dos marcos mentales: la posición activa de mejora frente al conformismo pasivo de quedarse con lo aceptable.

—Hay que ser conscientes de que se está bien —solía insistir ella.
—Pues a mí me basta con no ser consciente de que estoy mal —contestaba él, sabiendo que tras esa frase había dos caminos.

Lo más conveniente era dejar la conversación en ese punto. Si quería pasar de la montaña mediana a la alta, solo tenía que añadir:

—Además, esa conciencia del bienestar me resulta demasiado femenina.

14 comentarios:

Larisa dijo...

Quizás es que la estabilidad, a la larga, se vuelve insoportable. Eso o el debate entre lo efímero y lo eterno que Carlota y yo iniciamos el primer día que nos conocimos, y en el cual sólo puedo aportar ejemplos íntimos y personales difíciles de extrapolar.

La palabra 'inaccesible' me gusta. Más aún en un siglo XXI en el que el verbo 'buscar' va casi irremediablemente unido al Google.

Y ahora me retiro a tirotear jirafas. Nadie habla de ellas, pero son una plaga. Por no mentar a las cebras. Cuánto daño hacen las cebras.

Besísimos, caballero.

Genín dijo...

Me ha gustado.
Pero Rajoy se está encargando de suprimir de raíz la conciencia del bienestar...
Salud

Portarosa dijo...

Espero a que lo subas al taller y allí te digo.

Me gusta la idea de ni llegar a encaramarse a la muralla.

Un abrazo.

taliesin dijo...

Parece que lo inaccesible está más allá del bien y del mal! ;-)

NáN dijo...

Preguntas indeseables

Ah, LARISA, es que creo que el amor se produce, precisamente, con la estabilidad. La primera fase, la inestable, es la del "enamoramiento": un proceso biológico que trastorna. En uno de sus Diálogos, Platón lo definía acertadamente como "Dar lo que no se es a quien no es". Lo "raro" es que ese estado solo se deshace si el enamoramiento se ejerce en igualdad: en los casos en los que el objeto del deseo no se alcanza, puede perdurar; también perdura cuando se alcanza, pero un miembro de la pareja establece un distanciamiento que hace que el otro se sienta "doblegado e insatisfecho".

Pasada esa fase, con la estabilidad llega el "amor", con todas las chispas y crisis derivadas de la distinta percepción que de él tiene cada miembro de la pareja (que es lo que he tratado de relatar).
A sus pies, señora mía.

Pues sí, GENÍN. Nos está sometiendo al desasosiego, la inquietud y el miedo permanentes. Pero sabremos hacerle frente, ¡verás como sí.

Un abrazo.

Pues ya lo tienes subido, para que puedas disparar, PORTOROSA. Un abrazo.

Irónicamente certero, TALIESIN. No debe ser casualidad que la primera pareja mitológica fuera expulsada del Paraíso porque ella eligió entre lo que hasta entonces era unicidad.
Otro abrazo.

Gemma dijo...

Voy a hacer trampa esta vez porque de tu relato, muy divertido por cierto, como esas viñetas de Forges en donde ambos comparten sus perplejidad bajo un techo común, primero quería destacarte, por brillante, este trozo en especial, sin que por ello desmerezca el resto de la pieza:
"Sabes que eso lo sé.
—Pues, como ya sabes también, los trenes de esa línea no tienen vagones separados, así que pude recorrerlo, avanzando por dentro. En el primero vi en el suelo una caja vacía de cartas de Heraclio Fournier y, en el siguiente, pétalos de rosa que debían llevar algún tiempo. Habían adquirido esa oscuridad de las flores de cementerio.
—¿Y tu catálogo habitual de rubias?
—¿Y qué coño importa eso ahora?
—Como a veces me cuentas las que has visto en el metro, lo mismo que si viste a alguien cuyo rostro podría estar pintado en un cuadro de El Prado.
—No te estoy hablando de mis “coleccionismos visuales”, sino de algo importante, joder". (Etc)

Y segundo, el comentario entero a LARISA a modo de respuesta, porque me ha parecido tan bello como tuyo.
Un abrazo bien grande (si es posible)

Di Vagando dijo...

Qué bonito este "Dar lo que no se es a quien no es", no lo conocía. Es tan verdad, cuando uno está enamorado (fase neuronas nadando en endorfinas) saca todas sus plumas, q suelen ser un versión mejorada de lo q somos. Pero yo, q he sido adicta de esas endorfinas, y de vez en cuanod las echo de menos, me doy cuenta de que pocas veces he sido tan creativa, tan productiva, tan vital (en el sentido puro de Vida) como en esos meses en lo que he vivido-sin-vivir-en-mí. Ese estado q ha sido comparado hasta la saciedad por los poetas con la enfermedad o la addición, y es q es lo mismo. Lo puede racionalizar todo, pero sigue siendo, para mí, un estado de gracia. Creo q eso es lo q siente y piensa tu personaje femenino. Aunque igual me equivoque. :)

muxus

di

Larisa dijo...

Como le quiero, respeto y un poco admiro (negaré haber dicho esto y lo achacaré al consumo de droga), le daré toda la razón en su respuesta, caballero. Agrego, asimismo, que entonces se ve que el amor no me gusta. Que me hastía, me aburre, me sobrepasa. Tampoco es nuevo para mí. Así podré centrar mis esfuerzos en robar bolsos y en idealizar poetas muertos.

El Lunes en la 2 de Mayo, Día del Libro, lo discutimos, ¿vale?

Besísimos.

NáN dijo...

Con el pequeño orgullo del pequeño escritor de un pequeño taller, que se pasó un montón de tiempo reordenando y refraseando las preguntas y respuestas, te agradezco un montón, GEMMA, que hayas hecho referencia a la escritura.

Es peligroso pensar que lo que se escribe es autobiográfico, pero en este caso las "ideas" del relato son las mías, lo mismo que el comentario de respuesta a Larisa. El resto, ¿qué importa? Como escritora "de verdad", sabes bien que es "peligroso" contar algo a quien escribe, porque puede "aparecer", retocado, en cualquier página.

Es posible el enorme abrazo, y apetecible.

DI y LARISA, no trato en el relato la fase de "enamoramiento" y estoy totalmente de acuerdo con vosotras: nadar en endorfinas mooooola.

La diferencia es que el "enamoramiento", tan luminoso y chispeante, sucede irremediablemente y la producción de endorfinas tiene biológicamente los días contados. El "amor", posible pero difícil secuela del primero, exige decisiones y una cierta voluntad. Me parece algo realmente hermoso (y endiabladamente difícil, con muchos disgustos), pero esta idea mía no tiene por qué ser compartida.

Besos a ambas dos.

Isabel dijo...

Pasar de esa fina ironía mezcla de humor a esa incisiva verdad de las parejas que buscan encajar para no ver lo bueno-malo, sino lo malo-bueno.

Querido Nano, ¡qué hilar tan fino!
Me encanta esta plasmación de la verdad accesible o no.

Abrazo.

Anónimo dijo...

Soy Sue,aunque aparezca como anónimo.

Solo puedo decir que la estabilidad en pareja me aburre, como me aburren otras muchas cosas porque estoy tullida en muchos aspectos.
Quizás me falte algo ahí dentro... donde dicen que late el corazón.

Pero me ha gustado tu ejercicio de taller.

Larisa, todavía te estoy esperando en el Teatro Alcazar. Mujer ya!

Di Vagando dijo...

Sí, NáN, totalmente de acuerdo en lo efímero del enamoramiento. Tal vez eso sea su mayor fuerza. Quién prefiere q le regalen una maceta a un ramo fresco de mil rosas?

muá

di

NáN dijo...

Gracias, ISABEL, por tu comprensión. Todo comentario enriquece el texto y el tuyo va directo a la diana. Un abrazo.

¿Y dónde queda tu espíritu aventurero, SUE? Ya, ya sé que no tengo razón. Uno no puede probarlo todo, y menos las experiencias que duran años, porque la vida es corta. Además, ¡no estoy haciendo campaña por las relaciones estables! Si un día escribo un relato sobre asesinos, tampoco estaré defendiendo el asesinato... bueno, esto depende de quién sea el muerto. Un beso.

DI, he recordado al instante una cuarteta de mi querido Kiko Veneno:

“Yo cojo el camino,
me voy sin maleta,
las flores del campo,
no quieren maceta”.

Pues eso.

VERONICA LEONETTI dijo...

... Y el amor pasa de la armoniosa mezcla al incómodo enfrentamiento.