La Anunciación
Visto desde el exterior, un convento de monjas de clausura produce una sensación de inmovilidad de la que carecen los demás edificios de la ciudad. Incluso cuando, como suele suceder, contienen una iglesia, parece como si esta se hubiera incrustado indebidamente en el convento; que la vida que le da la iglesia, con las campanadas y los devotos que entran y salen, le es ajena. Un paseante que contemple el convento no oirá sonidos procedentes de él, ni signo alguno de que esté habitado. Si es de las personas que se fijan en los detalles y conserva los recuerdos, observará que hay filas de ventanas de pisos enteros que se han ido cerrando para siempre. Y si además de fijarse, el paseante gusta de sacar conclusiones de lo que ha visto y ha mirado, comprenderá que esos pisos clausurados son consecuencia de la falta cada vez mayor de vocaciones.
Desde el interior, un convento de monjas de clausura es un organismo completo y perfecto, que incluye a las hermanas, los muros, suelos y techos, el jardín con la fuente seca en el centro y los escasísimos elementos de adorno y de mobiliario. Es un organismo que ha aprendido a vivir hacia el interior de los muros externos. Que se complace en un orden perpetuo.
Tanto es así, que las propias conventuales, además de centrarse en los numerosos rezos y en las labores de limpieza y mantenimiento de su vida, llegan a apreciar de tal modo el sonido interior que juegan voluntaria o involuntariamente a armonizarlo. Un convento así suena de un modo específico y todas las habitantes se esfuerzan, casi sin saber que lo hacen, por que todos los sonidos que producen como organismos vivos en movimiento se ajusten al sonido general, del que participan con su presencia los muros mismos, que para las clausuradas emiten una vibración que participa de ese Sonido Santo.
Basta que una hermana se apresure, por ejemplo porque le han comunicado que tiene una llamada urgente de su familia natural, para que esa pequeña carrera rasgue el sonido santo como una tijera rasga una tela preciosa. Pero todo vuelve a sumirse enseguida casi en su ritmo propio, porque la inquietud que provoca en las otras hermanas la noticia crea en todas ellas una espera interior, un deseo de conocer la ventura o desventura de la convocada. Un paseante como el antes citado, sería capaz de adivinar que en ese lago tranquilo alguien arrojó media hora antes una piedra que produjo olas concéntricas, de las que quedan movimientos nerviosos en las gotas de agua.
Por desgracia, la perturbación creada por Sor Trinidad, cuando volvió al convento tras una consulta al oftalmólogo, después de no haber salido de él en veinte años, tendía a persistir y recrearse. Sus pasos, dados siempre a contrapié, turbaban la regularidad: abrían una herida que no llegaba a cicatrizar en el sonido santo. Trabajaba mal, como con la cabeza en otra parte; no terminaba sus platos si no se lo exigían en nombre de la obediencia; debía de dormir mal, porque las ojeras se adueñaban de la escasa parte del cuerpo que las hermanas enseñaban en su restringido mundo. Y lo peor de todo, no comulgaba si no acababa de confesar.
La Reverenda Madre Superiora intentó, en su sabiduría, dejar que pasaran los días, convencida de que la asiduidad borraría lo que fuera que fuese que la había impactado en aquella salida a la calle. Mas la situación empeoraba y el confesor del convento, por tradición un padre jesuita, llamó su atención al respecto y le pidió que hablara con ella; le dijo que no podía revelar los secretos de confesión, pero que en este caso tal ofensa sería innecesaria, ya que por la regla de obediencia Sor Trinidad debería responder a toda pregunta.
Sor Trinidad entró con la cabeza gacha en el despacho de la abadesa y cuando esta le preguntó por el motivo de su perturbación, respondió:
--Reverenda Madre, fue una Anunciación que vi en una pared del Metro.
--Se llaman anuncios, Sor Trinidad.
--Pero Madre, es que era tan hermoso como la Anunciación que tenemos en la capilla, y llevaba tan poco ropa como Nuestro Señor en la Cruz.
--Sor Trinidad, no debes alarmarte por ello. Llevas casi 40 años en el convento y te has enfrentado a la imagen de un hombre hermoso. Es normal que esa imagen reabra en ti deseos olvidados, pero te aseguro que eso nos ha pasado a todas y lo vencemos con la oración y el cumplimiento de las reglas.
--No me he expresado bien, Madre. No era un hombre, sino una mujer casi desnuda. Y tampoco me produjo deseos hacia ella. Solo me hace pensar constantemente que desearía haber tenido un cuerpo como el suyo, ser el objeto de la atracción de los hombres. Sé que mi pecado de soberbia es mucho peor que una breve temporada de lascivia. Sé que con este pensamiento borro todos los años de entrega al dulce Jesús, que encontraré mi merecida condenación eterna. Pero no tengo solución, porque no es un pecado de hoy ni del futuro, es un pecado de deseo que me viene del pasado y del que ya nunca me podré liberar.
12 comentarios:
Pues si que lo tiene fatal la pobre Sor, porque lidiar con un pecado del pasado que aflora cuando va para vieja, aunque se mate a pajas, mal lo tiene la pobre...
Salud y abrazo
El orden perpetuo es una utopía.
Vistos desde dentro, somos puro caos. Pero si no fuese así...
Me ha gustado mucho.
Aunque, dos cosas:
- Me ha gustado menos el final, que me ha resultado muy corto. La introducción, polivalente, me ha encantado, aunque ocupa medio relato; y el desenlace también, también, pero creo que se merecía un poco más de cuerda, explicar un poco más ese sentimiento de Trini.
- Tienes una falta de ortografía. Busca, busca...
Un abrazo.
Una auténtica heroina cristiana, esta Sor Trinidad.
Reconoce el pecado de ser mujer, y asume su deseo de mujer como una cruz. Ya no quedan mujeres cristianas como ésta! En seguida le echan la culpa al maligno y a su poder tentador, cuando no a ZP.
Pareciera como si a su retiro hubieran llegado ecos de las manifestaciones de un día como el de hoy: quitad vuestros crucifijos de nuestros ovarios! Y los hubiese retirado!
Eso sí, de su corazón, Sor Trindad, ni puede ni quiere sacarse la cruz!
Malísimamente, GENÍN, pero a veces la literatura es así: encontrar los peores casos de entre los malos. Abrazo.
¡Ay de los que viven y mueren sin mostrar al exterior ni un trocito de ese caos, VERÓNICA! No quisiera estar dentro de esa piel.
¿Vas a venir al evento al que me has invitado? Besos
PORTOROSA, me lanzas una errata como el que lanza un palo a un perro. Di dónde, di dónde.
Estoy totalmente de acuerdo con tu crítica. ¡Que le vamoh a hazé! Abrazo.
Un comentario de oro, TALIESIN.
"Una auténtica heroína cristiana" y "Ya no quedan mujeres cristianas como ésta".
Me parto de risa (y sospecho un sentido profundo). Un abrazo
y qué hará la buena mujer? salir del convento? No sé, siempre me ha generado paz y angustia al mismo tiempo eso de pensar vivir en uno de esos lugares silenciosos plagados de restricciones.
Quizás pudiera, incluso.
Me ha gustado, pero esperaba otro final, no sé, que saliera del convento, je.
todas las habitantes se esfuerzan, casi sin saber que lo hacen, porque todos los sonidos...
Se esfuerzan por que...
El poder evocativo de la publicidad rompe las absurdas cadenas del subconsciente.
Tal vez fuese una de esas publicidades subliminales, con las que al final logró alcanzar el éxtasis...
Besos, Nán.
Esa mujer, SUE, la he llevado dentro durante varios días de paseos, la conozco como si la hubiera parido, y te puedo asegurar que está perdida para siempre, porque la persigue el deseo de haber tenido un cuerpo hermoso que atrajera a los hombres (ojo, no los desea a ellos, sino haber provocado su deseo). Eso es lo que la convierte en una heroína trágica, perdida para siempre.
No te digo ni que sí ni que no, PORTOROSA. Quizás tengas razón, pero yo considero que es una conjunción causal.
Estoy seguro, ZARZAMORA, al fin y al cabo es una creación mía, de que deseó hacerse pajillas pensando en la belleza provocadora de sí misma. ¿No te parece tremendo haber renunciado a tu potencia de atracción sexual?
Besos a los tres.
Ah, pues discrepo.
Me esfuerzo porque quiero, o porque me mandan, o porque estoy acostumbrado; y me esfuerzo por que el resultado sea ese, o por que lleguemos a tiempo, o por que todas las frases comiencen y acaben en vocal.
No es causal, creo yo. Ni casual :)
Corregido. Y no se hable más.
Fíjate que si fuese causal iría en indicativo, y no en subjuntivo: "se ajusten".
Y ya, ya no hablamos más.
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