jueves, 1 de diciembre de 2011

Ejercicio de taller. Tema: Mi barrio

Colonia Camarada Fanjul




A Miguel Marques,
al que en un descuido le robé la cartera



Cuando del pueblo nos vinimos a la ciudad, mis padres alquilaron la primera casa que quedó libre de la colonia de viviendas protegidas Camarada Fanjul. Iban a ser tres bloques estrechos y empezaron por el Bloque 1, para el que hicieron un corte en el cerro. Por la parte de atrás, mi dormitorio, la cocina y el baño, estrechos como un vagón de tren, daban a una calle sin asfaltar que a 8 metros tenía el corte vertical, tapado por una capa gruesa de cemento. Por la parte de delante estaba el dormitorio de mis padres y la sala. Una calle de diez metros de anchura y una pequeña cuesta abajo daban al solar plano de lo que debió ser el Bloque 2, y después una repetición exacta hasta el solar del Bloque 3, ya en igualdad de altura con las casas de abajo, que formaban el barrio de la Virgen de Uchate. Ese solar 3 se había convertido en el campo de juegos de las diversas bandas de los de Uchate. Un terreno neutral que podían usar todos menos los de la banda de Fanjul, de la que yo era el único miembro. Era una presa fácil y en cuanto asomaba la cabeza por allí, todos unían fuerzas para expulsarme.

Cuando se ocupó la Colonia Fanjul, todos eran padres jóvenes que llenaron el bloque de niños. Cuando mis padres llegaron, yo tenía 8 años y el más joven de los pioneros, que tenía 16, me escupía si me acercaba a la distancia de un salivazo. Jugar solo a la Oca, el Parchís o el Monopoly era un tormento que solo podía ser superado cuando mi madre, por animarme, me proponía una partida de parchís; porque tardaba un infierno en asegurarse de que cuatro puntitos en la cara del dado le daban derecho a avanzar cuatro casillas: lo contaba todo tanto que al final se la movía yo y hacía trampas. Hacerme trampas a mí mismo cuando me imaginaba que jugaba con otro me parecía bien; pero me sentía mal cuando se las hacía a ella. Si no llovía, desde la ventana del comedor miraba jugar a los otros niños, en el solar del Bloque 3, hasta que me daba tanta rabia que me bajaba al callejón trasero y chutaba el balón contra la pared. Las vecinas que andaban por la cocina aguantaban un rato, no más de quince minutos medidos por el reloj que me regalaron en la primera comunión, con una correa que me hacía ya un poco de daño; de lo que apretaba. Después, me gritaban que me fuera a jugar abajo, con los otros niños. Como eso me enfurecía más, chutaba con más fuerza hasta que alguna de ellas amenazaba con bajar.

En esos momentos, con el balón bajo el brazo, me iba al portal, me sentaba en el escalón y soñaba que tenía 11 hermanos. Todos chicos. Y que como teníamos las piernas fuertes de tanto subir la pendiente para llegar a casa, los demás nos temían. ¡Que bajan los de Fanjul!, pensaba que gritaban todos, huyendo, y nos quedábamos el solar entero para hacer un partido de seis contra seis. Solo se quedaba Mari Pili, una pelirroja con trenza, porque ya les había dicho a mis hermanos que a esa no se le escupía, ni empujaba, ni se le daban patadas. Mari Pili se quedaba como única espectadora, sobre todo para ver los goles que yo metía, porque era un delantero fenomenal.

En esas estaba cuando volvía mi padre del trabajo, me rascaba la cabeza y me decía Sube chaval, que seguro que has de ayudar a tu madre para la cena. De toda la vida, mi padre debió pensar que me pasaba el tiempo en la calle, jugando como un bruto, y me sentaba un rato en el portal porque estaba demasiado agotado para subir las escaleras. Mi padre era un buen hombre, pero desde que nos vinimos del pueblo a la ciudad estaba un poco como tonto, no se enteraba de nada de lo que pasaba a su alrededor; como si llevara en la cabeza una pecera puesta del revés que le protegía del mundo. O eso me imaginaba yo porque lo había visto en un tebeo.

Lo que no les perdonaba, ni a él ni a mi madre, era que no me hubieran dado hermanos. Está la vida para más bocas, me contestó una vez mientras esperábamos a que mi madre saliera de misa para dar un paseo, que ellos se tomaran un vermú y yo un vaso de agua, y las aceitunas que les ponían con el vermú. Era un buen rato, pero antes de que me diera cuenta ya habíamos vuelto, comido, visto Bonanza y ya no tenía otra cosa que hacer que mirar cómo jugaban los de las bandas de Uchate, bajar a pegar pelotazos contra el muro e imaginar que la banda de Fanjul era enorme y bajábamos a expulsarlos a todos.

Imaginar esos movimientos de masas no era nada fácil. No podía controlar los nombres y la cara de los once hermanos, ni pensar este estará ahora aquí y el otro ha bajado a comercio por el pan. Y si no los controlaba a todos en todo momento, el sueño perdía fuerza. Una vez vi en un periódico una foto de una película con muchos soldados, pero en la foto se veía que los de atrás eran de papel pintado, aunque seguro que en el cine parecerían de verdad. Once hermanos de papel pintado hacían que me sintiera todavía peor. Pero, sin que me diera cuenta, ese esfuerzo me estaba preparando para crear bien algo más pequeño y que era capaz de controlar. Me inventé a Pedro, mi hermano mayor, que había nacido tres meses antes que yo y era un tipo muy fuerte que me defendía. Miguel tenía tres meses menos que yo y era el más listo de todos; no se le escapaba ningún movimiento estratégico. Y yo, en cada momento del día, podía decir con exactitud dónde estaba y lo que hacía cada uno de ellos, mientras me quedaba arriba con el objetivo de proteger el barrio.

Tres meses después apareció mi hermana Nieves, ya crecida, con seis meses menos que yo. Pedro cumplía años el primer día de la primavera, yo el primero del verano, Miguel el primero del otoño y Nieves el primero del invierno, que por eso la bautizaron así. Era tan guapa que todos los de Uchate querían ser sus novios, así que no les interesaba pegarnos a los de Fanjul. Además, se hizo amiga de Mari Pili, que le contó que estaba enamorada de mí y me esperaba al anochecer arriba del cerro. Nunca fui, porque me daba miedo subir de noche si no me acompañaba Pedro; y para esas cosas hay que ir solo.

Un día que estaba en el cerro, por encima del cemento, mi hermano Pedro me dijo que me tirara, que él me recogía. Le contesté que me daba miedo y él me dijo que no quería tener un hermano que fuera un cagao. Y me tiré, pero no sé por qué se aparto en el último momento y me rompí las piernas en no sé cuántas partes, y una cadera y qué sé yo; Miguel y Nieves se tronchaban de risa mientras yo gritaba y lloraba. Me pasé muchos meses en el hospital, donde cada día me prestaban un libro que contaba historias mucho mejores que la guerra de los hermanos de Fanjul contra las bandas de Uchate. Al salir del hospital, tuve que usar muletas dos o tres años, llevar unos herrajes y volver al hospital por períodos cortos para una operación.

Lo bueno es que no volvimos a Fanjul, porque tal como estaba no podía subir y bajar la cuesta. El señor cura le encontró a mi madre una portería en una casa del centro de la ciudad. Era un trabajo y teníamos casa gratis. En Fanjul se quedaron mis tres hermanos, castigados; y no volví a pensar nunca en ellos. La gente del centro era buena conmigo, no había bandas e iba a una biblioteca a sacar libros o a leerlos allí.

Empecé a escribir una novela, titulada “El Camarada Fanjul es una Mierda y los Libros son mi Barrio”. Escribí el título en la primera página de un cuaderno, cuidando la caligrafía, pero mi padre se asustó mucho cuando se lo enseñé, arrancó la hoja y la rompió en pedacitos. No me importa. La voy a escribir igual, pero para no enfadar a mi padre la llamaré Sin Título.

14 comentarios:

Miguel dijo...

Magnífico. Todos querríamos ligarnos a las bibliotecarias contándoles que fuimos capitanes de la banda Fanjul. Un abrazo, Nanet.

Sue dijo...

Me ha encantado, NáN. Voy a leerlo otra vez.
:)

Zayi Hernández dijo...

Si todos los niños escribiesen lo que piensan cuando son niños, el mundo estaría lleno de buena literatura.
Mi nena tiene dos hermanas imaginarias, me ha conmovido tu relato al pensar la de aventuras que debe estar viviendo ella cuando se encierra en su habitación a jugar con sus hermanas...le ha pedido una por reyes...a ver cómo lo resuelvo...

Un besito.

NáN dijo...

Tú sí que sabes, MIQUELLO. Un abraçet y perdón por el robo.

Estupendo, SUE. Lo bueno de los textos es que no se gastan con el uso.

Abrazo

Ni siquiera tres meses, ZAYI. Lo veo difícil. Hay una campaña contra los niños solos (a mí me habría encantado tener hermanos que no me sacaran 14 y 15 años), pero creo que desarrollan la fantasía en grado sumo.

Otro abrazo para ti.

La independiente dijo...

Maravilloso, Nano, en serio. Qué bien el tono y qué difícil. Siempre he pensado que los niños eran mucho más duros que lo que recordamos de adultos. Se pegaban y se tragaban el miedo para hacerlo pero el miedo era exactamente igual que el de ahora. Ya no lo recordamos, eso sí. Qué gran relato. De lo mejor que te he leído últimamente.

Un abrazo,
X.

La independiente dijo...

Ah, y el detalle del "Camarada Fanjul es una mierda" y el terror del padre me parece de una sutileza tremenda.

Muy bien, chaval, sigue así. :-P

virgi dijo...

Me ha conmovido este niño, me he recordado haciéndole un hueco en mi cama a Crispín, del Capitán Trueno, para que me acompañara mientras leía antes de levantarme y mi madre no se enterara. Me parecía que protegería mis ratos de lectura bajo las sábanas, haciéndome la dormida.
Besos

NáN dijo...

Ay, JAVI INDEPENDIENTE. No sabes lo que me animas. Llevaba dos talleres sin presentar relato porque me salía una piltrafilla. El anterior era una gran idea pero no lo supe estructurar... y de este pensaba casi lo mismo. Estaba deprimido por mi incapacidad. Pero que tú, desde fuera, lo veas de otra forma, me ayuda.

Y totalmente de acuerdo en que los niños son (fuimos) realmente duros (no sé si ahora, con tantos mimos, estarán echando a perder esa ventaja genética).

Un abrazo

¡Maravilloso, VIRGI, que eligieras a Crispín! Desde luego que podía protegerte de cualquier ataque. Y también es fantástico que leyeras esos tebeos de "chicos". Siempre he pensado que las blandenguerías actuales con el "género" de los héroes son falsas. Mi hermana y sus amigas leían mis capitanes truenos y supermanes. Seguro que, lo mismo que con los cuentos clásicos, las chicas se apoderaban del papel de héroe con mucha facilidad: eran abandonadas en el bosque por sus padres, que nos las podían alimentar, y se las ingeniaban igual que los niños para salir del aprieto.

Besos

Josep Vilaplana dijo...

A silenciosos gritos me pide el cuerpo más. Mi querido amigo, me he quedado plantado como un pasmarote delante de esa portería, esperando a ver si sale ese niño para poder andar a su lado.

¡Qué de cercanías todo lo que escribes! ¡Qué despojado de todo lo innecesario!

Di Vagando dijo...

NáN, el Peda y yo te acabamos de leer aquí los dos, a la vez. Tras el primer párrafo nos hemos dicho: "pero qué bien escribe nan", como maravillosamente tocados por la varita mágica de la suerte.

Cuando estaba en el cole, una amiga y yo tb nos inventamos una familia con muchos hermanos. Las principales protagonistas de interés eran las hermanas mayores, que hacían BUP y llevaban vidas en la cresta de la ola. Vivíamos vicariamente lo q proyectábamos ser de mayores. Adolescencia trepidante entre aventuras y viajes subrogada en colegialas sentadas por el suelo de los pasillos.

Hacía siglos q no me acordaba de esta historia. Gracias por la de este chaval.

Muxus

di

Isabel dijo...

Un relato largo y difícil, NáN.
Creo que hay de todo para sentirnos identificados.
Y como broche el título de la novela, me gusta mucho porque lo resume, sobre todo ...los Libros son mi Barrio.

Gemma dijo...

Adoro a los niños enfurruñados. Este tuyo, además de cojo, me ha parecido listo y muy apañado. "Sin título" es un buen título (sin duda).

Y qué buena cosa esa multiplicación de los hermanos con la llegada de cada nueva estación del año.

Yo también creo que hay niños que tienen en los libros el único consuelo.

Besones para ti y para tu prota.

NáN dijo...

Cuatro folios tenía, JOSEP, hasta que saqué las tijeritas y lo dejé en menos de dos. A veces duele cortar frases que te gustan, pero les preguntas ¿y tú qué haces aquí, vestidita de bonito en una fiesta que no es la tuya? Y las tiras del relato. El precio es que dejas tantas elipsis que a algunos les aburre.

Es que tú y yo somos de Centro, aunque vivamos en extrarradios, y tratamos bien a esos niños.

Un abrazazo

Gracias a LOS DI-PEDA por el aprecio. Me alegra un montón reavivar en los otros historias personales: me da sensación de cercanía. Salen colegas por cualquier esquina. Pero en tu caso y el de tu amiga, es una versión: directas a un futuro de glamú.

Muchos besos (a Peda, subido a un escabel).


Gracias, ISABEL. No nos damos cuenta de la vida difícil de muchos niños a nuestro alrededor. Los niños son duros y disimulan muy bien. Este casi se rompe en un suicidio, pero encontró la fuerza en la apariencia de débil, fíjate. ¡Cuántos escritores, y muchísimos más lectores, han llegado así a la literatura!

Muchos besos

Niños y adultos encuentran en los libros lo que falta en su vida cotidiana, GEMMA. Y hasta tal punto que pueden crecer y mejorar como personas. Por eso le tengo su altarcito a la literatura.

Besones grandes

(¡y perdón a todos por lo que he tardado en contestar!).

andandos dijo...

Mucho, Nán, me ha gustado mucho, la manera de contar, el tema, todo.

Un abrazo