A Filla y Portorosa, tan preocupados por sus hijos, para que no teman lo humano

Advierto que el post de hoy es largo, pero como estaré un tiempito fuera, tenéis tiempo. También he de decir que, dado el tema, tengo que contar historias mías, pero estoy seguro de que son ejemplos de la misma o similar situación para todos. Sería enriquecedor que tetuliarais las vuestras y, más todavía, que os interpelarais como en una tertulia de verdad.
Soy el monaguillo de la izquierda según se mira. Hay tan pocas fotos mías que es difícil encontrar una apropiada. Debo tener unos 10 años, por lo que estoy fuera de la fase épica, pero tampoco entré en la edad de la razón de golpe y porrazo, más bien me entretuve perezosamente en alargar la épica hasta bien entrada la de la razón (tengo fechado su final: cuando por primera vez me hicieron gracia los libros de Guillermo Brown, porque era capaz de ver la ironía: ese longevo niño épico había muerto para siempre), así que algo debía permanecer, mezclado, y la foto tiene que valer. Ser del grupo de monaguillos del colegio era estupendo, porque estábamos en clase, aburridos (las clases eran de hora y cuarto; desde las 9 de la mañana a las 6 de la tarde, con hora y media para ir a casa a comer, de lunes a sábado) y entraban y pedían uno para ayudar a misa al Padre Nosequé. Si tenías suerte, una hora fuera de clase. Una vez me tocó ayudar a un Padre al que llamábamos el Sordo. La iglesia del colegio, en esos casos de misa “sobrevenida” a deshoras, estaba vacía. Me colocaba de rodillas detrás del cura, que todavía la decía mirando al frente. Esa vez, como era el sordo y me encantaba tocar la campanilla, la toqué constantemente. Cada movimiento que hacía, campanillazo. A un tercio de la misa se volvió y me dijo que no estaba tan sordo, que la tocara solo cuando estaba mandado. Ya no la volví a tocar, dispuesto a jurarle que sí, pero que él no la había oído. Al terminar, me dijo: “Cuando pidan un monaguillo para mí, no te vuelvas a ofrecer”. El caso es que era muy creyente y piadoso; todos lo éramos. Nos gustaba la Historia Sagrada con todas esas batallas e historias interesantísimas. Y el Evangelio nos llegaba dentro. Pero teníamos una creencia de tú a tú con ese Jesús: opinábamos que los curas se tomaban las cosas a la tremenda; que estaban un poco locos y no sabían nada de la vida, que a Jesús no le importaba que nos pitorreáramos constantemente. Comulgábamos los domingos con gran devoción, pero al volver hacia nuestro sitio había un concurso de muecas cuando no había profes atrás, in vigilantia.
Mi propuesta de hoy es la familia real o épica, en el anterior me referí a la extendida (hacia el pasado y el futuro) y luego está la creada voluntariamente, tengamos o no hijos (la menos interesante desde el punto de vista de las emociones “incrustadas”). No sé cuándo comienza, pero sé que termina cuando empieza la llamada “edad de la razón”, con la que convive un tiempo. Los pensamientos se unen unos a otros mágicamente y vivimos la fase como una “puesta en el mundo”: Todo lo que se piensa es posible. Queremos ocupar un puesto en el mundo, un puesto privilegiado, siendo los elementos más débiles de la familia, pero, repito, todo lo que se piensa es posible. Algunos nos damos por vencidos; otros no cejamos de luchar. Los psiquiatras no dejan de poner nombres de “complejos” a los escenarios que se crean en esas épocas y, de tanto oír la palabra “complejo”, pensamos que es una “situación psicológica”, olvidando que el significado es el de una situación muy “compleja”. Voy a contar dos historietas como ejemplo del “todo es posible”.
La primera es de mi hijo cuando tenía unos tres años. Yo volvía de tomar un café para seguir traduciendo y me lo encuentro bajando la escalera, con aspecto de gran voluntad y dignidad, con la bata y las zapatillas de cuadros. ¿Dónde vas?, le pregunté. Me voy de casa, me contestó tan campante. Le dije algo así como que subía por las buenas o lo subía a patadas en el culo. Con gran tranquilidad, cambió de dirección: necesitaba seguridad y firmeza, que es lo que Lola no le había dado en una discusión que había tenido, así que dijo “me voy de casa”, abrió la puerta y se marchó, dejando a Lola sin saber qué hacer de momento. Para él, todo lo que se pensaba era posible.
La otra es mía. Debía de tener 4 o 5 años. Me llevaron al circo y me encantó un funambulista. Al volver a casa, viendo abierto el balcón del cuarto de mis padres, que estaba vacío, me encaramé por el enrejado del balcón para practicar en la barandilla. Ya estaba casi arriba, haciendo equilibrios para ponerme de pie, cuando una vecina de enfrente dio un grito y, del susto, me caí... hacia el lado de dentro. Todo quedó en una “compleja” fractura de muñeca que me obligó a estar enyesado buena parte del verano. Pero... todo es posible. A mi hermana y a mí mi madre nos llevaba a la playa a las ocho y media; después del largo baño, nos secaba y nos daba una manzana y, después, un vaso de café con leche de un termo (entonces, los niños tomábamos café; aunque dudo mucho de que el café fuera café). Me ataba una bolsa de plástico por encima de la escayola y me bañaba con el brazo en alto, como un pequeño fascista. A las 10 estábamos en casa, con las persianas bajadas, y solo el mundo mítico me salvaba de hacer cualquier burrada.
Esta parte, de la que conozco mil historias de mis amigos, es la parte buena: la del yo voluntarioso y creador; la que se afirma con los cuentos clásicos, donde elaboras que si tus padres no pueden dar de comer a todos los hijos y te dejan solo en el bosque, si quieres puedes salir de esa. La parte en la que un palo es la mejor espada del mundo. Y esto lo recuerdo, no es que “imaginaras” una espada reluciente, no: veías un palo, pero “por el poder que te había sido otorgado”, ese palo del suelo podría enfrentarse a la mejor espada. ¡Ah! y no creo que la situación sea diferente para las chicas: esos libros crean la misma capacidad de independencia en ellas: eligen como proyección el personaje del héroe, sin importar que lleve faldas o pantalones.
La parte menos bonita también existe. La lucha de poderes para plantarse en el mundo. Mucha atención, que hablamos de poderes emocionales. Esos niños tiranuelos que deciden cuándo y lo que comen, que berrean hasta que les dan lo que quieren, no son fuertes, sino débiles; lo que están heredando es la “debilidad” de sus padres y no soportan su propia debilidad. Un niño equilibrado acepta esas acciones de doma, porque quiere y necesita que sus padres sean fuertes y le ofrezcan seguridad. Pero en la lucha real y sana, hay algo épico: ocupar el puesto del héroe que todo lo soporta y todo lo puede no es fácil con las constantes intromisiones de los padres. No es fácil no rendirse, pero en no hacerlo se basa la propia fuerza para el resto de la vida.
La otra parte amarga es el reparto de amor: somos de naturaleza grandes acaparadores y celosos. De mi hermana y mis dos hermanos mayores recibí, y di, el mayor de los amores. Ni un solo conflicto he encontrado en mis buceos por las aguas oscuras: la gran diferencia de edad significaba que yo era un juguete lindo que participaba en otra liga. De mi tía soltera recibí un amor enfermizo del que me aproveché, en lugar de devolverlo: cargaré con eso toda la vida. De mis padres... ¡hum!, los principios fueron desastrosos y, aunque hicieron todo lo posible para compensarlo, mi situación era de debilidad, de duda, lo que lo estropeaba todo.
Sigo soñando a veces que desde la Rambla veo a lo lejos mi casa, con las luces encendidas, pero es como una torre inaccesible, o no puedo cruzar los 400 metros reales de distancia, o llego allí, pero tengo que entrar como un ladrón, esperando que se vayan los que la habitan. El sueño nunca termina entrando en la casa. Me falta algo que espero recuperar, como he recuperado otras cosas. Fue el escenario de la batalla principal, del gozo principal: el espacio que está por encima de todos los espacios.
La casa era de alquiler, un alquiler ridículo que mi madre siguió pagando cuando ya no vivíamos en ella, a cambio de tener todas las cosas menos las de valor, que había repartido entre los cuatro cuando todavía vivía. Lo que había en mi dormitorio no era de valor: fotos, cartas, muchos libros, montones de libretas escritas. Me llamaron mis hermanos para que fuera a recoger lo que quisiera, porque la iban a derribar en un mes con todo lo que hubiera dentro. Les contesté que de lo que había allí nada servía. Así que lo perdí todo. Fue una jugada de farol, con la que creí que me libraría de ella, pero no funcionó, porque la casa sigue existiendo.
En la terapia regresiva emocional aprendí todo eso. La primera vez que me encontré con mi padre, que lleva 50 años muerto, me lancé a pegarle. Se protegía con los brazos y me decía “no entiendes, no entiendes”, con voz cariñosa. Tuve otros encuentros, en los que me explicó lo que entonces no había sido capaz yo de entender. Acabamos dándonos un abrazo emocionante. Nunca había aparecido en mis sueños: estaba borrado. Pero después de eso, estaba en un sueño en una casa compartida con tres jóvenes amigas. Nos íbamos de vacaciones, cuando llamaron a la puerta. Era mi padre, vestido como yo lo recordaba. Entró jovialmente y me dijo que nos acompañaba. Sacó una postal del bolsillo de la chaqueta y me dijo “No te preocupes por tu madre, mira la postal que le voy a mandar”. La postal decía exactamente: “Querida Mercedes, me voy de vacaciones con Nano, hace tanto tiempo que no nos veíamos. Volveré pronto”. Desde ese sueño hay una enorme paz entre nosotros.
A mi madre tardé en abrazarla en esos encuentros. Pero no eran abrazos totales. El día que lo consiga estoy seguro de que veré la casa en un sueño y podré entrar en ella.
Bueno. Lo solté casi todo. Ha sido muy largo para una tertulia, lo sé, pero no supe explicar de otro modo lo que es y significa la familia real y la fase épica. Ojalá despierte en vosotros el deseo de recordar: la pérdida del miedo al recuerdo. Y compartáis con todos esa fase que no es sino un libro de aventuras, del que siempre es bueno hacer una segunda edición revisada y corregida.
34 comentarios:
Qué historia tan entrañable y tan personal.
Me quedo con el consejo acerca de la seguridad y firmeza que necesitan los niños, porque sé que me hará falta en un futuro.
Hacía usted un monaguillo muy guapo.
Bueno, por ahora gracias por la dedicatoria, querido NáN.
El post es una maravilla; todo lo que cuentas.
Ahora no, que además es muy tarde y mañana vuelvo a trabajar, pero veré qué me haces pensar, y volveré.
Un abrazo. Y si te vas, pásalo muy bien. Pasadlo muy bien, L. y tú.
No era largo, lo leí en un solo tirón y el tiempo pasó rápido. Es porque me interesa "el tema" y porque lo has (d)escrito muy bien.
Participar de verdad en la tertulia propuesta sería traducir mi novela, porque he escrito páginas y páginas enteras sobre el tema basándome en, o mejor dicho inspirado por, recuerdos de mi infancia y por una hipnoterapia que hice a los cuarenta años.
Mi padre murió hace 55 años (murió el 31 de julio 1955) y eso tuvo un impacto grande en mi vida y en la de mis hermanos. Este es un tema.
Otro tema es la búsqueda. No es coincidencia que tres de mis hermanos viven en el extranjero y no es coincidencia que yo me enamoré muy joven de una piba argentina y quería trabajar en América Latina.
Otro tema es que en la búsqueda de mis raíces italianos descubrí cosas increíbles, unas reales, otras de fantasía.
Otro tema es como influyeron esas historias y búsquedas en la relación conyugal.
Y así podría, de forma abstracta, seguir enumerando los temas de mi novela, lo que es nada atractivo.
Como estás de vacaciones (ya saliste?) me limito a decirte que me encantó otra vez leerte.
Por fin, quisiera decirte que agregué otros comentarios a mis dos posts sobre la violencia:
http://zambrone.blogspot.com/2010/07/mis-propias-experiencias-con-la_30.html
http://zambrone.blogspot.com/2010/07/mis-propias-experiencias-con-la.html
Un abrazo y buenas vacaciones
Pues, la verdad, es que me he quedado sin palabras, pero sí preguntándome en general del porqué de ese tiempo que casi siempre transcurre entre; primero darnos cuenta de lo que acontece, o tenemos dentro; luego asumirlo y por último saldar cuentas para descansar.
Creo que al final, como dice giovanni, va a ser la culpa lo que ronda ¿o no?
Pensando en lo corta que es la vida y en las personas que viven en otros entornos peores que el nuestro, me parece una pérdida de tiempo dar tantas vueltas a algo que si no le hemos hecho frente en su momento deberíamos dejarlo estar y disfrutar; siempre claro, que no nos haga un daño mayor.
Más que nada, porque la verdadera familia es la que creamos en libertad, la otra no la podemos elegir, la traemos puesta.
Ni que decir tiene, Nano, que me parece una entrada tierna y sincera. Y menos mal que la generación de nuestro hijos creo lo tiene más claro, como el tuyo lo tuvo a tan temprana edad.
Que descanses lejos de la ciudad.
Creo que mi fase épica estuvo dominada por los celos. Pero quiero decir "cello", la marca, esa cinta adhesiva transparente, un poco amarillenta que cuando se calentaba en los dedos dejaba grumos viscosos y que cuando más falta hacía no había manera de encontrar el extremo del rollo con la uña.
Toda mi casa era un campo de batalla donde la victoria dependía de la correcta disposición de los celos en las puertas, encima de los marcos, arrastrando hilos, imanes, recipientes con líquido, papeles y pasando por palancas, patas de las sillas y poleas rústicas.
Daba igual lo que pasara. Aunque me quisieran pegar, aunque entraran en mi habitación a la fuerza, aunque me gritaran o me acobardaran. Sólo había que encontrar la manera de manejar el celo.
Si quería hacer experimentos misteriosos, juegos de acción o de habilidad, bromas o instalaciones que me pasaba horas contemplando hacía falta algo mágico: el celo. Con celo todo era posible
Uno de mis mayores traumas fue cuando conseguí equilibrar las varillas de un paraguas roto colgando de una lámpara, formando un móvil. Nunca paraban de moverse, aunque no hubiera corrientes de aire. Se cruzaban, a veces chocaban o estaban a punto, transmitían sus velocidades o se anulaban. Era una danza que me dejaba maravillado, completamente entregado. Gasté mucho celo para ello.
Cuando me despisté un momento mis madre lo despegó. Pensé que lo que estaba construido con celo era sagrado y permanecería pero no. Mi madre podía más.
Por cierto, me quedé pensando en el post de María con su hermana. En mis hermanos, en otros hermanos y en la hermandad en general.
Podrías contar un poco más cómo han sido los tuyos y la relación con ellos. A lo mejor ya lo has hecho, no sé. Me interesa lo que puedes contar.
Ay! NáN, muchas gracias.
Estoy leyendo actualmente un libro sobre los niños adoptados y la huella de (lo que la autora llama) la herida primaria: ese abandono inicial que muchos tratan de obviar y que para otros (entre los que creo encontrarme) es uno de los principales condicionantes de la personalidad.
Y, cosa que no esperaba, estoy encontrando un montón de respuestas para mí, no como madre sino como hija.
Por el momento, necesito releerte de nuevo.
Un beso y gracias de nuevo.
(Ah! Y felices vacaciones!!!)
Eras una preciosidad, eh?
(Bueno, lo sigues siendo.)
No soy fácil a la hora de emocionarme con vivencias ajenas, pero ésta ha sido una de las más entrañables que he leído. Has logrado emocionarme, Nano, y mucho además.
Yo jamás fui monaguillo pero creci en una familia extraña...¿te acuerdas las hermanas Mora y la mesa de las tres patas?, pues algo así fue el ambiente en que creci y eso me hizo "desconfiar" de la religión...acá ha habido un fanatismo extraño y discordante, sin embargo, esa sensación de desamparo que relatas con tu padre, no sólo que la vivi sino que la vivo cada día de mi vida.
Cuando mi viejo murió quedé desamparada. Nunca me la lleve demasiado bien con mi madre ( ya luego entendería que no todos los hijos son la misma cosa para sus madres, aunque digan que sí y traten de convencerte) y cuando mi padre se fue al cielo, para dónde si no, tuve que quedarme con ella, tardé mucho en perdonar a mi padre por esto... pero ya lo he ehcho y es que nadie se muere cuando quiere, sino cuando le toca...
Un besito.
La fase épica, Nán.
Hay que pensar en todo esto, con calma...
buenas vacaciones te deseo
La verdad es que después de leer lo bien que escribes da un poco de reparo expresarse...pero lo intento, venga.
Me ha encantado eso de bañarse con el brazo en alto "como un pequeño fascista" y tus historias de monaguillo. Mi padre también lo fue y en las reuniones familiares suele contar picarescas de ese tiempo. Él tiene buenos recuerdos de aquella etapa, muy buenos (incluso de los curas), a pesar de no haber tenido madre. Supongo que es su carácter, porque hay ciertas cosas que cuando las cuenta a mi me apenan, pero a él no. Como aquello de enterarse a los ocho años de que su madre biológica, mi abuela, había muerto cuando él tenía dos años y la mujer con la que pasaba los veranos -los inviernos estaba interno con los curas- era solo una vecina del pueblo que se dedicaba a cuidar huérfanos.
En cuanto a mi etapa épica, tengo que pensar cuál fue mi etapa épica y si la tuve alguna vez. No tengo un recuerdo exhultante de mi infancia, tampoco triste, pero reconozco que no es algo que me guste recordar.
Recuerdo, por ejemplo, escuchar como mi madre le decía a mi padre que debían llevarme al psicólogo. Yo había tenido ciertos "ataques" siendo muy pequeña, ataques de ira en los que no hacía daño a nadie pero en los que debía insultar a diestro y siniestro. YO ni siquiera me acuerdo.
Con el tiempo y una caña aquello cesó y me volví más tranquila, sin embargo me daba por llevar la contra en muchas cuestiones familiares y eso a mis padres les ponía en el disparadero.
Me negaba, por ejemplo, a ir a los toros con la familia en época de fiestas en el pueblo de mis abuelos. Además les decía a todos que eran unos asesinos por ver aquello y que no entendía cómo podían ser tan insensibles. Que yo no pertenecía a aquella familia. Me calló la del pulpo por todo aquello y tiempo después escuché lo del psicólogo. Me sentí como una pobre loca llena de mierda con once años, pero ...bueno, ya pasó (y sin necesiad de psicólogos).
Creo.
Yo quería cambiar el mundo, en serio, y construir una piscina en los trigales para todos los chicos del barrio. NO sé si eso es muy épico pero... ahí queda.
Pues dirá Vuesa Merced que es largo, pero yo me lo he leído del tirón...
La anécdota de su hijo yéndose de casa me ha recordado una propia. Un día mi madre fingió estar muy enfadada y dijo que se iba de casa, y que a ver qué íbamos a hacer sin ella. Sonó la puerta (con mi madre escondida dentro, en el recibidor, claro), y dado que mi hermano seguía guardando un silencio budista (siempre lo hizo, hasta un par de décadas más tarde), mi padre me preguntó que qué hacíamos. Yo tenía dos años.
― ¿De cenad? ―pregunté―. ¡Todtilla de la blanda!
Y con toda la tranquilidad del mundo me fui a la cocina y ya estaba poniéndome de puntillas para echarle mano a un par de huevos con la intención de batirlos cuando se asomó mi madre, dudando entre cabrearse o descojonarse.
Ah. Y de monaguillo estaba Usted infernalmente mono...
Para empezar, una breve respuesta a TODOS:
Si leyera más y escribiera menos, quizá habría mejorado bastante mi texto esta cita del prólogo que escribe Justo Navarro a la novela La Presa de Kenzaburo Oé. Lo leí la primera noche de vacaciones, sin posibilidad de incorporar la cita.
«... memoria del momento en que alcanzó el punto más alto un niño que luego cayó: creció, se hizo mayor, dejó atrás la edad inocente, entró en el tiempo de la Historia, el tiempo que no controlas, el tiempo que te controla a ti, el tiempo del dolor y la cólera.
...
El pasado es irredimible, vislumbre de un tesoro del que es imposible apoderarse. Porque la literatura no nombra losagrado, sino la ausencia irreparable de lo sagrado, herida incurable, vacío que no se puede llenar».
¿A que sí?
Y con respecto a lo que habéis dicho algunos del guapo monaguillo, es sabido que nacemos con la cara que nos dio Dios, pero morimos con aquella que merecemos.
No voy a aportar nada, pero he vuelto y he vuelto a emocionarme con tu historia con tus padres, NáN.
Este post me ha encantado.
Y su parte de consejo también. Espero comprender y saber.
Un abrazo. Me alegro de que estés de vuelta.
Y sin embargo, LASTCHILD, al ser tan personal creo que nos afecta a todos. Es como el consejo literario: para ser universal, escribe de tu pueblo. El consejo es bueno: los niños necesitan libertad para vivir su épica, pero para ello deben sentir que están en un entorno seguro en lo cotidiano de la vida; que alguien toma decisiones. Nunca se le debe dar algo que reclamen llorando.
PORTOROSA 1 y 2, la parte del consejo de no tener miedo es que hay que empezar a reconocer en ellos seres autónomos que construyen su vida y no hay que tener miedo de si lo hacemos bien o no. Se dedican a aprender y a veces meten la pata. No importa: no hay otro modo de crecer.
Te agradezco tu emoción.
GIOVANNI, yo te agradezco que reconozcas que lo que traté de hacer es describir una fase por la que todos, en unas condiciones u otras, pasamos. Que son temas de todos, como demuestra que son los temas que tratas en tu novela. Ya pasaré a ver esos comentario (había salido ya cuando escribiste este tuyo), porque estoy aterrizando (vine en coche, no en avión), todavía.
Creo, ISABEL, que es una cuestión más bien de autoconocimiento, me parece que necesario para cualquier tarea. No se trata tanto de conocer a la familia que “nos tocó”, como de saber cuáles fueron las relaciones emocionales que establecimos con ellos: esa infancia es la base de lo que somos. El sustrato en que se guardan las boyas y las minas. Claro que, si como en mi caso, explota alguna de esas minas, ya no puedes pensar si debes o no intervenir. El destrozo es tan grande que hay que descender hasta allí y arreglarlo.
Un abrazote
Impresionante, PERPLEJO, el celo con el que viviste tu épica. Por supuesto que la madre puede más, que todos los adultos pueden más. Pero la persistencia del niño les termina ganando. Es una historia estupenda, la tuya, que ayuda mucho a reconocerte.
Con respecto a mis hermanos, el menor problema: 15, 14 y 5 años más que yo, estábamos tan alejados que no tenía nada que temer de ellos, ni ellos de mí.
Abrazo de varillas de paraguas.
Precisamente, FILLA, te lo dediqué para que vieras que las heridas suelen estar en todos los niños, que tienen que enfrentarse al mundo. Aunque reconozco que esa herida primaria del adoptado es dura. En mi caso, el problema fue no ser deseado: más todavía, ser temido. ¡Y ya ves lo alto y lo simpático que me he hecho!
Pero en realidad no hablo de hijos, sino de nosotros como tales, por eso me encanta que hayas aprendido de ti misma como hija.
Abrazo con albariño.
Yo también disfruté mucho de tu entrada, NáN, pero me quedé pensando qué historia compartir, y no me inspiré. Por eso no dije nada.
Un abrazo
Un beso grande, ZAYI. Espero no haberte provocado recuerdos desagradables. Cuando los hermanos son de edades parecidas, se luchan unas batallas de las que yo me libré y los jueces (padres) no son siempre imparciales. Lo bueno es que hiciste las paces, ¿no? Lo primero es entender… ¡y mira que nos cuesta a veces!
Ya estoy en Madrid, STALKER… y creo que eso es mejor que las vacaciones. Repensar la infancia requere muchíiiiisima calma.
Anda, anda, SUE, pero si escribes estupendamente. ¿Sabes que pienso que tu padre y yo compartimos el carácter? Claro que es épico todo lo que cuentas, no solo lo de la piscina, también lo de los insultos. Es el ser solo y pequeño, un yo no construido, enfrentándose al mundo. Tuviste una infancia complicada y hay dos vías para crecer, la tranquila y la intranquila: no creo que ninguna sea mejor que la otra.
Un abrazo en la lucha.
Me troncho, MICROALGO, venció a su madre a la primera de cambio. ¿Es de científicos tener un espíritu tan asertivo? Ya sabe que nos debemos muchas cañas. Nos las bebemos y nos abrazamos, ¿vale? Y luego cantamos Asturias.
Gracias de nuevo, PORTOROSA, si no entiende usted, que todo lo repiensa, no sé quién podría.
He vuelto.
...mmmm..muchas cosas..pero hoy para empezar solo comentar que estoy totalmente de acuerdo en lo de la firmeza y la seguridad. Mis dos princezaz la necesitan. C. firmeza para que le marques los límites porque sino se desmadraría...tiene una imaginación y un potencial en el que se ve princesa, madre, bailarina, cocinera..todo lo que quiera hacer está al alcance de su mano.
Mamá..¿donde estaba yo antes de nacer? En tu tripa no cabía.
Cariño..no existías.
Claro que sí, pero tú no me conocías, estaría haciendo mis cosas.
Necesita firmeza y limitación.
M. necesita seguridad...todo lo que ve se tambalea..todo peligra. Yo soy como ella...la diferencia es que la seguridad de los demás no me vale..a ella por ahora si.
Sobre soñar con mi padre muerto..ya hablaremos otro día.
Besos.
Ay, ELVIRA, muchas gracias. Se agredece que digáis "he estado aquí".
Un abrazo.
MOLINOS, todos vamos volviendo. Dentro de unos día subiré mi diario, que está bastante lejos de la ternura del de Portorosa.
Me alegra que pienses así. Hay tantos padres que llevan a sus hijos entre algodones, sin darse cuenta de que los hijos necesitan sentirse queridos, pero también protegidos por alguien fuerte.
En cuanto a hablar de los sueños, no todos están dispuestos a tender esa ropa en la terraza comunitaria. Pero si te animas, me encantará conocerlos.
Un abrazo de padrazo a madraza.
Nan..en mi insomnio nocturno he pensado que sobre la familia y los recuerdos, te recomiendo el libro que estoy leyendo yo ahora de Amos Oz " Una historia de amor y oscuridad" viene muy a cuento de estos post.
Buenos dias.
He estado pensando en lo adecuado de tu comentario, MOLINOS. Por una parte, por lo que dices de tus hijas. Aunque la entrada iba de “nosotros” cuando éramos hijos pequeños, es lógico traspasar la información a ello. Tus dos hijas viven la épica a tope, una como heroína; la otra, en su esfuerzo por aguantar.
Pero lo que me parece más interesante, en una persona que transmite tanta seguridad como tú, es que te alinees con M. Es un ejemplo claro de la resistencia y fortaleza que solo se puede ganar luchando bárbaramente en la infancia. No hago distinciones entre la épica de la heroína (es la que me tocó vivir, como superviviente nato) y la de quien ve que todo vacila y se aferra desesperadamente. La lección importante, creo, es que si los padres mismos no debilitamos a nuestros hijos, mediante el exceso de atenciones o de desatenciones, los pequeños seres humanos cuentan con una historia genética y una voluntad capaces de permitirles salir a flote. Te creo cuando dices que eres como M, pero entonces, ¿cuándo construiste esa seguridad que transmites? Seguramente en tu fase épica.
Que era lo que pretendía demostrar con esta entrada.
Vaya, Molinos, nos hemos cruzado. La amiga con la que desayuno lo acaba de terminar y me lo había recomendado. Ahora ya no puedo negarme.
¿La seguridad que transmito? A lo mejor es un fraude...
La construi poco a poco, pero no fué en la infancia..fue después...asi que no sé si viene a cuento de este post.
Hola, Nán. Ya que lo dices, yo también he estado aquí. Paso a saludarte, a decirte que os leo, a ti y a tus comentaristas, y a decir que yo también fui monaguillo durante un tiempo.
Saludos
"Esos niños tiranuelos que deciden cuándo y lo que comen, que berrean hasta que les dan lo que quieren, no son fuertes, sino débiles; lo que están heredando es la “debilidad” de sus padres y no soportan su propia debilidad. Un niño equilibrado acepta esas acciones de doma, porque quiere y necesita que sus padres sean fuertes y le ofrezcan seguridad."
Totalmente de acuerdo, NáN, y con lo que añadió Molinos tambien. Yo recibí una educación muy estricta, pero viendo cómo "salieron" los hijos de unos amigos que recibieron una educación sin firmeza ni suficientes límites, me dije: "esto tampoco". Así que procuré darle a mi hija cariño y firmeza, atención, y poco a poco libertad creciente, en la medida en que me parecía que estaba preparada para ello. Y escuchaba mucho, aprendí a tirar del hilo suavemente cuando veía que tenía algún problemilla apretado dentro que no sabía sacar.
Yo también he buceado en aguas profundas, me llevó bastantes años hacerlo y me ha sido muy útil. Pero no es fácil, no.
Supongo que lo que me quedó de esa edad épica de la que hablas fue el hacerme la fuerte y expresar mi opinión con algo más de vehemencia de la que era necesaria. De chica, si no lo hacía así, ni se me oía. Hermanos mucho mayores que yo y educación de esa en la que los pequeños están al servicio de los mayores (y las niñas de los niños, grrr). Hice una cosa muy tonta: obedecía pero protestaba mucho, y así, ni te salías con la tuya, ni te decían guapa. :-)
Ahora ya no necesito hacerme la fuerte, en algunas cosas lo soy y en otras no. Y no protesto, porque hago lo que me parece bien y ya está. Pero este aprendizaje tan básico, me ha costado lo mío.
Bueno, pues al final... ¡menudo rollo te he metido!!! Un abrazo
Largo y encima repetido, no sé por qué (sólo le di una vez a publicar). Por eso los he borrado.
Decirlo acompaña, JOSE LUIS. Además, has dado un dato por el que sabemos que fuimos colegas, aunque cada uno en su tiempo.
Al final te has animado, ELVIRA, a aportar tu experiencia. Y es importante, porque este es un asunto en el que los puntos medios, la sensatez, son útiles. Ser estrictos con lo que deben hacer y relajados en todo lo demás.
Estoy de acuerdo contigo en que en esa fase se hace acopio de la fuerza. No quiero decir con esto, que absolutamente todo se base en ese tiempo: aunque nos cueste creerlo, casi todo se puede corregir siempre y en cualquier fase de la vida. Por eso también creo a Molinos cuando dice que se "construyó" en un tiempo posterior. Pero la fase "natural" es esa: acopias fortaleza, sin saber siquiera para qué la vas a utilizar, porque te barruntas que tú eres muy pequeño y débil y el mundo es grande y fuerte, y después... la usas cuando llega el momento.
Creo que lo hiciste bien con tu hija. Y sé que cuesta.
Un abrazo
Que maravilloso post, Nano.
Yo ya no recuerdo cuando acabó mi fase épica y cuando empezó la de la razón. Pero creo que siempre he estado un poco fuera de este mundo. Los demás lo llaman 'distraída' o 'en la luna'. En clase me decían mucho 'despierta, Leonetti!'. Yo estaba muy despierta, pero en mis cosas...
Ahora recuerdo! la mejor casa de juegos, la hacíamos mi hermana y yo con una simple sábana. Que mucho sabe uno cuando es ajeno a la razón.
Un gran abrazo!
VERÓNICA, algunos artistas, y me refiero sobre todo a los visuales, tenéis un espacio mental irreductible, de concentración, que alarga indefinidamente una parte de esa primera infancia. Sigues "a tus cosas" muchas veces, viendo lo que otros no vemos.
Por eso hablas de este tema "desde dentro". No lo pierdas nunca.
Un abrazo
¡Qué bueno, Nano! Al leer a Vero ha venido a mi memoria una frase de mi segunda maestra en mi niñez: "¡Mallén -decía, a veces, desesperada- que te entretienes con el vuelo de una mosca!"
Eso creía ella, jeje. Quién podía prestar atención a sus clases con la cieza que estaba hecha. Ahí aprendí a concentrarme y hoy puedo pensar hasta con bastante ruído alrededor.
ISABEL, ¿será una casualidad? Parece que los que nos interesamos por ciertos aspectos "artísticos" de la vida aprendimos en esa niñez a dedicarnos "a nuestras cosas" y a veces parecemos algo tronados por cómo nos concentramos.
El jueves, en el trabajo, me quedé colgado en la expresión de una frase un poco difícil, sonó el móvil de mi compañero de al lado y di un bote en la silla, como si hubiera regresado de otro lugar espacial.
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