Punchet
Me gusta bajar a Lavapiés. A veces. En un día de diario cuando ya haya oscurecido. Cuando se vive la vida de barrio porque todavía no han llegado los de fuera; menos yo, que soy un visitante poco visible. Este barrio es una metrópolis cruzada y condensada en un pequeño espacio. A veces parece como unos grandes almacenes formados por infinitos huecos ocupados por tiendas étnicas de segunda mano (como poco) donde venden todo lo que se ha gastado en un camino que se empezó cuando los artículos nuevos estaban ya deteriorados. O la gente de toda la vida, las parejas ya mayores que se quedaron aquí, estupefactas de cómo aceleraba el mundo en otras partes, que ahora meriendan café con churros en bares cuya pretendida elegancia se había esfumado a los pocos meses de su inauguración. Indios, moros, negros africanos, asiáticos, pasean como sombras que puedan diluirse en el aire en cualquier momento. O hacen como que han salido a comprar. O son dueños de una tienda, vacía de clientes, desde cuya puerta miran la calle. Todos contribuyen a que nuestros sentidos jadeen de ansiedad. Paseo como uno más, como si fuera de compras sin llevar bolsa ni dinero. Como si nos impulsara el miedo a parecer que no somos de aquí y pudieran aplicarnos tantas leyes que no podemos ni memorizarlas. Miro, toco disimuladamente, escucho cadencias de voz que, bien agrupadas y ordenadas, podrían esparcirse desde las salas de conciertos; olfateo, incapaz de diferenciar lo que me llega, dónde se ha mezclado. Sobre todo quiero ver, pero ¿cómo coloco los ojos para que me quepan tantos mundos?
No soy Schrödinger. Soy su gato y soy yo el que decide y hace los experimentos. Yo mismo me meto en la caja, cierro la tapa y me quedo en la oscuridad luminosa preguntándome si cuando la abra a la luz oscura del exterior estará allí Schrödinger, o su hijo, quizá un tío suyo o una sardina envenenada sobre la que me lanzaría con alborozo. Una vez, cuando la abrí estaba Lara saliendo del metro. La reconocí porque acababa de leer su libro Cuatro veces fuego en una biblioteca y venía una foto suya en la solapa. Le dije que lo había leído, pero no me preguntó si me había gustado, sino si podía invitarme a un te con ron. Nos sentamos en un bar en el que quedaban sillas que eran restos de varios cambios antiguos, pero sin que presumiera de “vintage”. Llevaba una falda corta, como algunas de sus protagonistas, pero no podía mirarle los muslos, ni la boca, ni los ojos. Solo me interesaba la que había escrito historias que me habían perturbado: y esa no pasea por la calle. Le miraba las manos. En uno de los relatos escribe que todos tenemos una mano inocente y una mano cruel. Le miraba la inocente, es fácil distinguirlas a poco que te fijes, y leía en ella:
«la boca de su madre estaba mojada en aceite y parecía una boca de verdad, no una boca de madre.»
Hemos tenido la misma infancia, una distancia recorrida por un temblor. Eso le dije. Le miré la mano cruel y leí en ella:
«Y claro que llegó la tristeza y la incertidumbre y la certeza, pero la muchacha (ya era una muchacha en la ventana) nunca comprendió muy bien según qué cosas y tampoco quiso preguntar.»
Tampoco Lara quiso preguntar por qué recordaba esas citas. Estábamos bien allí, tomando ron y dejando que el té se enfriara, fumando los cigarrillos que ella liaba. Esto se repitió varios días, hasta que dejé de encontrarla. He seguido bajando a Lavapiés; a veces. Pero no la he vuelto a ver. Era la única persona con la que sentía acercanza en ese barrio. Ahora lo recorro con los sentidos abiertos de un padre huido antes de tiempo.
Hay relatos habitables donde quedarse a vivir
Él
Se equivoca quien crea que Punchet es mi amigo. Solo porque se pega a mí cuando me ve, pago sus consumiciones, le paso un brazo por el hombro cuando mirando su copa susurra palabras que no entiendo. Porque en los bares que frecuento deja a mi nombre cuentas sin pagar y las abono con naturalidad. Porque deja a mi nombre, con la deuda, escritos en cualquier cuartilla u hoja de bloc que le han prestado, con la palabra “Divagos”, centrada, como título. Como este de Lara Moreno, que dejó para mí en la Almudayna. El primero de ellos llevaba una nota que decía “no sé qué hacer con estas cosas, quizás tú sí”. Lo curioso es que consideré siempre esos divagos como una obligación a cumplir. Con el poco tiempo que tengo, él me marca el destino. Por eso creo que en lugar de amigo es mi asesino, el que devora mi tiempo poco a poco.
La Lara que Punchet encontró y perdió en Lavapiés yo la he encontrado y no perdido en Malasaña. Yo sí le miro los muslos, la boca y los ojos. Me preocupa cuando tiene una tos ronca que persiste. Le pregunto si su hermosa pareja sigue dando luz cuando la tarde oscurece. La tengo totalmente separada de la escritora del mismo nombre que ha publicado, entre otras cosas, Cuatro veces fuego. Ni por un momento se me ocurre engañarme pensando que las dos son la misma.
Me ha gustado tanto, ese libro. Qué palabra tan pobre, “gustar”: lo he vivido. Están los relatos de infancia y familia, que recordaba Punchet. Pero hay otros. Unos contienen gérmenes de poemas como los de Panero (el loco, le dicen), o se refieren al recuerdo de esa infancia. Son poemas explotados, expandidos, que felizmente nos queman y hieren, entre las descripciones necesarias para que no nos perdamos demasiado. Como en el que se llama “Donde más te duela”. Allí leo:
«(...) Si te acercas a alguien mucho, tanto que las narices queden pegadas y respiren el aire ajeno como ladronas, tanto que tu visión sea oscura a pleno sol, porque sólo y exclusivamente veas los ojos contrarios, los ojos complementarios, los ojos contrincantes y cómplices y corruptos y veas sólo con los ojos, te darás cuenta de que está ahí, igual, exacto, intacto, sin los días de más en el cuerpo y sin las arrugas de la piel, sin todas las batallas y las víctimas y sin todas las ecuaciones torpemente resueltas, y por supuesto sin las nuevas fórmulas descubiertas; está ahí para ti, para sí mismo, y tú debes estar igual, a pesar de todo, a pesar de la caja llena de fotografías que guardas en el armario del Jardín.
(...)
El calor había quedado atrapado afuera. La hierba se empeñaba en ser fresca, el ruido de los pájaros durmiéndose, la silueta del tronco del árbol más negro que la noche. Pero daba igual. Sentí el calor de la tierra en las rodillas y acto seguido mis manos sudaron todo el frío que habían recibido bajo el grifo, y me saludaron, y creo que bendijeron el suelo que iban a escarbar, o algo, porque quedaron quietas, una sobre la caja y otra sobre la dura arena del campo, y dijeron cosas bíblicas que habían aprendido en el colegio. Y el verbo se hizo carne, seguramente,
(...)
Y entendí, con las manos enterradas en un racimo de uvas blancas, que todo puede ser de otra manera, que el Jardín devora la vida y luego la expulsa, para que nos la comamos, que siempre la vida está para comérsela.».
Pero hay algo más, más decisivo. Todos hemos deseado que un libro no se terminara y hemos leído el final a sorbitos, para alargarlo. No se puede releer de inmediato el mismo libro queriendo que pervivan las sensaciones que produjo. Es tan grande la distancia entre el final y el principio que volver a este rompe el encantamiento. Pero hay quien sabe escribir un relato como si fuera un espacio donde quedarse, y puedes pasar del final al principio sin que se rompa nada: la atmósfera persiste y hasta se ahonda. Hay varios en el libro de Lara, pero el que más se hace espacio es “Las difusas”. Contiene el misterio cruel de la adolescencia, del despertar, y resuena en nuestra propia historia. Estuve una tarde entera de un sábado leyéndolo, haciéndome un té, volviéndolo a leer. Varias veces. No lo leía, lo recorría, como se recorre un camino. Es muy difícil escribir un espacio como ese, en el que el lector pueda acomodarse.
Postscriptum con Cascarinna rondando
Él
Me dijo que había dejado fuera los relatos de sexo, los que más le gustaban. “Futuro imperfecto”, que la refleja, porque siempre que un chico o una chica le hablan de futuro no cumplen. Y la protagonista acaba vengándose en el baño de un bar, como ha hecho ella tantas veces, me dijo.
«Dijiste ya investigaré y yo vi o quise adivinar que estarías horas así, husmeando mi cuerpo, hasta que la nariz se te quedara atascada de tantos lunares desperdigados, hasta que mi piel fuera un erizo escalofriante entre tus dientes».
Me dijo que le emocionó “Durante horas”, donde un chico y una chica se descubren poco antes de madrugar, sin haber dormido, y se persiguen durante horas por la ciudad, manteniéndose a diez metros, hasta que veinte horas después terminan encontrándose en un callejón sin salida y, a una distancia de diez metros, mirándose y sin hablar, hacen el amor.
Le avisé que no la iba a incluir en el texto y le dije que no tenía razón en su preferencia, tanta atracción por enfrentarse acariciarse y violentarse, que no presta atención a todo lo demás. Cuando me quedé solo y lo pensé, comprendí que el equivocado era yo, simplemente porque tengo la edad de estar equivocado y ella tiene la edad de acertar. Simplemente porque la vida es así (cuando ya no está para comérsela). Fui a su pastelería preferida a comprarle pastas de té y le dejé la bandeja en la mesa de su sala, con una tarjeta que decía: “Lo siento, la razón la vuelves a tener tú”.
25 comentarios:
A mí me sale una foto de Erika Eleniak.
Sirwood
Esa foto es la que tienes de fondo de escritorio. Abre Internet, hombre, que si no, no hay manera.
!Coño!
S.
Grande Punchet, grande Lara.
Enorme, Nán.
Suscribo y rubrico tus palabras sobre las suyas.
Emoción y verdad.
Ay.
Gracias a ambos, una y mil veces.
bss nocturnos y currantiles
No sabes, MARINA, cómo te agradezco que firmes este Manifiesto por la escritura de Lara, pero rechazo de plano tu escala y dejo el sitio de "enorme" para quien tiene ese derecho (solo hay que leer los trocitos que he copiado), que es Lara.
Yo ni siquiera estoy en ese texto, ni siquiera soy "Él". Pero sí tengo el orgullo de dejarles mi teclado y mi blog a Punchet, a Él y el día menos pensado también a Cascarinna, para que digan lo que quieran.
¿La edad de estar equivocado? Yo diría la edad de acertar porque lo has hecho con este entrañable post y bello homenaje. Me he quedado en él, sin fuerzas para entrar en la revista, que lo haré porque volveré.
Primero recorriendo y recordando Lavapies con mi hijo hace años y segundo sorbiendo ese te con Lara, ¡qué suerte tienes!
Para después volver de tu mano a sus historias; dices que no se pueden revivir iguales sensaciones al volver a leer un mismo libro, cierto, pero la forma de escribir de Lara, como los buenos escritores, te permiten sentir otras cada vez que te acercas de nuevo a ellas.
Repito, un disfrute, gracias Nano.
Coincido con Punchet en su impresión sobre los relatos de Lara. A mí esta mujer me da la sensación de que podría escribir sobre cualquier cosa, llevándonos de la mano con ese arte que tiene, mientras se dedica a desvelar los significados ocultos de cada espacio y circunstancia sin apenas esfuerzo, y sus confidencias fueran la misma naturalidad representada.
Besos a ambos
De verdad que a veces pienso que escribir es una gozada no solo porque lo es, sino también por recibir comentarios como los tuyos, ISABEL.
Acuerdo sobre acuerdo, GEMMA. Por no salir de lo que he puesto, la cita que habla de la madre con el aceite en los labios no solo es una imagen poderosa y atractiva. Es un grito de sabiduría: a cuánta gente le cuesta imaginar que sus padres son personas con deseos. También, llevándolo al extremo, a los hombres la imagen de la madre que sigue teniendo boca de mujer les puede resultar turbadora. Y todo eso en dos líneas.
¿Y ahora yo qué puedo decir???????????????
¡¡¡Hoy no querría vivir en la montaña, hoy era un día de estar malasañeando con todos vosotros, contigo, Nano!!!
Gracias.
Punchet! Qué grata sorpresa, muchacho! Te hacía recosiendo libros en el taller de tu padre en el Raspeig para vendérselos luego a los guiris en el paseo marítimo, ¿no era eso? ¿No te ibas a retirar de las capitales y los bajos fondos? Ajá. Ajá. Y, dime, ¿que fue de lo de ir a estudiar en París con los patafísicos? Ajá. La guiri. A la que le vendiste un libro. Claro, teniendo guiri en casa para qué viajar. Claro. ¿Y cómo está Lara? Ajá. Maravillosos tes lavapedestres. Elevado acto de liar cigarrillos y palabrear. Qué bo, xiquet. Escucha, a ver si nos vemos. Felicidades por la reseña, es loquísima, muy tú, muy Punchet. El trapicheo malasañero-ourensano va de soi. A Cascarinna me la besas. Y confírmame lo de la botifarra demà, o en el seu cas, la salxixa blanca.
Besets, cuelgo. Chau.
Me gustó mucho la entrada. Hay un párrafo en ella:
"Todos hemos deseado que un libro no se terminara y hemos leído el final a sorbitos, para alargarlo. No se puede releer de inmediato el mismo libro queriendo que pervivan las sensaciones que produjo. Es tan grande la distancia entre el final y el principio que volver a éste rompe el encantamiento".
Es algo que he pensado (y vivido) bastantes veces. Pero esta sensación nunca la había visto escrita, y menos así de bien.
Vengo a dejarte un beso, "viejo". Me gustó mucho el postcriptum de El y Cascarinna.
Felices Fiestas, lindo.
Sois dos lujos para la vista de cerca.
No me digas, LARA, que por fin he conseguido que la Montaña al menos desee venir aquí. Todo lo esencial lo has dicho (escrito) tú. Lo único que podemos hacer es esperar que sigas diciendo.
MIQUELET, ¡qué de bueno! No me hagas ni caso cuando hablo de retirarme de las capitales. Eso es palabrería de la noche cuando todo se nubla. Y haz menos caso a Punchet, al que conociste aquella noche, ¡ese solo quiere sacarte los cuartos en copas!
La licenciatura en patafísica, visto que cada vez que iba a París perdía el metro que me llevaba al aeropuerto, la hice en una academia por correspondencia. Pero se equivocaron de temario y he aprendido a cuidar niños en una guardería.
La salchicha, como sabes, ya la hemos digerido. ¡Qué buena estaba! Tardo tanto en responder.
SAIZ, que algo de lo que escribo, cualquier parte, resuene en otro, es lo que más compensa una actividad que por sí sola ya es gozosa.
Gracias por tu visita, EVA. Ya sabes que donde vas estuve dos años. Pásalo bien.
AROA, gracias por la parte que me toca. Los lectores es esa la vista que más apreciamos.
La lectura de Punchet es un paseo por un jardín que no conocemos del todo. Las partes que se reconocen parecen distintas y las que vemos por primera vez nos parecen haberlas recorrido toda la vida. Nos sorprenden sus laberintos como aquellos de los espejos donde uno era su reflejo, el reflejo era ilusión y la realidad estaba en suspensión entre los cristales. Un jardín con sus glorietas donde descansar perdiéndonos en esos Divagos que llevan a todos sitios. Desde el gato vivo (mientras no se demuestre lo contrario) de Schrödinger, hasta Lavapies pasando por el luminoso mundo de nuestra querida y admirada Lara (que hay que ver lo dificil que ha debido ser optar entre tantas citas/explosiones posibles).
Últimamente vives en Literatura, estimado amigo. Sumergido en ella. ¡Que alegría! (y que envidia). (Tengo que volver más)
Un abrazo fuerte y que no acabe la racha.
thanks
kiss
no doubt, Nan
Por supuesto que entré a la revista y allí me pude regodear
con esos Divagos de Punchet y
conocer a Lara.
Un beso
BB
Ojalá no acabe, MANOLOTEL, porque se está muy bien sumergido ahí, viviendo otras historias constantemente. Eso significa que el día a día va apacible y se puede vivir como el que conduce, tomando pequeñas decisiones y actuando lo mínimo imprescindible.
Un abrazo para ti.
MEDIA VERÓNICA, mi último descubrimiento, que hice en la página de Rober, espero que la gente visite tu sitio.
El beso es tuyo.
BB, conocer a Lara merece mucho la pena. Aunque en este caso es mejor cambiar el cliché y decir que merece la alegría. Sus relatos para papel no los pone en el blog, pero sí pone textos excelentes. La encontrarás en mi lista abierta de favoritos.
Beso enviado hasta allá lejos.
El recao de Binéfar es un plato extremadamente sencillo: alubias blancas cocidas con una cabeza de ajos, patatas y arroz (hay también quien sustituye el arroz por fideos de sopa, hay quien le añade pimentón, hay quien le pone laurel, en fin, hay de todo). Lo importante es la calidad de sus ingredientes: unas buenas alubias de riñón o también las que en Aragón llaman de Boliche, unas buenas patatas y, para el final, un buen aceite de oliva. Se dejan las alubias a remojo la noche anterior; al día siguiente se ponen en agua fría con la cabeza de ajos entera, con su piel y todo, y una pizca de sal. El agua debe cubrir las alubias con holgura, por lo menos tres dedos. Que se vaya calentando sin prisa hasta empezar a hervir. Entonces se baja el fuego y se las deja buen rato, no sé, una hora y media, dos horas, depende del agua y de la altitud, se va probando con una cuchara, es muy fácil. Ah, cuando calcules que le falta media hora o así añades patata cortada en cuadrados pequeños y casi a continuación un puñado de arroz. A la hora de servir, ya en el plato, es imprescindible echar un buen chorreón de aceite de oliva crudo. Es un plato muy aragonés y, por lo tanto, muy austero. Mi suegro, de los Monegros profundos, lo hacía muy bueno, su hija lo aprendió de él y yo lo he aprendido de ella. Uno descubre que las alubias por sí solas también saben muy bien, lejos de orejas de cerdo, chorizos y morcillas. Pruébalo, Nán, estoy seguro de que te encantará. Un abrazo.
Hola, NáN: te leo aunque muchas veces no comente nada. Paso a dejarte mis mejores deseos para estos días y el año 2010, y un fuerte abrazo
Mira que noticia tan estupenda:
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El Tigris podría secarse en 2040 por las presas que Turquía construye
El Cairo, 22 diciembre 2009 (EFE)
Las aguas del río Tigris podrían secarse hacia el año 2040 a causa de las 22 presas que Turquía está construyendo, según vaticina el experto en recursos hídricos, Mohamed Abdel Hadi.
En un simposio sobre el uso del agua en el mundo árabe organizado por la Liga Árabe y la Organización Árabe para el Desarrollo Industrial, Hadi afirmó que "el río pierde 33.000 millones de metros cúbicos de caudal cada año", en declaraciones reproducidas en una nota de la organización panárabe.
"A esta pérdida hay que añadir que Turquía está construyendo 22 presas para obtener energía hidroeléctrica", añadió.
El río Tigris, como el Éufrates, nace en las montañas de Turquía y atraviesa el país para morir en el golfo Pérsico. El Éufrates pasa antes por Siria, para juntarse en el sur de Irak con el Tigris antes de morir.
"Con estos proyectos de Turquía, Siria e Irak se verían privados de la mitad de sus recursos hidrológicos, además de crear una crisis y reducir la tierra cultivable en Irak en un 75 por ciento", añadió Hadi.
En el pasado, Irak ha protestado por el uso que Turquía hace de las aguas, acusándola de reducir en exceso el caudal que llega.
En agosto pasado, el ministro turco de Asuntos Exteriores, Ahmet Davutoglo, aseguró a los responsables iraquíes que su país hará todo lo posible para paliar la escasez de agua que afecta a Irak, como consecuencia de la disminución del caudal de los ríos Tigris y Éufrates.
Sirwood
'
El acento que faltaba.
Cada día estoy más tonto.
S.
Muchas gracias, JESÚS, por el "recao". La austeridad me suele atraer, pero más todavía en estos días, en los que me enfurece el consumismo por decreto. Quizás esté ahí la razón fundamental de mi antinavideñismo. Así que aprovecharé alguno de los días libres que, a cambio, nos da este período (y que agradezco de verdad), para meterme en cocina. Ya te contaré.
Un abrazo.
ELVIRA, te agradezco que pases, y hasta que me lo digas. Comentar o no es algo tan prsonal, y ha de hacerse con tanta libertad, que me parece perfecto tanto hacerlo como no hacerlo.
Esta especie de "tarjeta de visita a la antigua" me ha encantado.
Otro abrazo.
Pues sí, SIRWOOD, es estupenda. Para mí todo un impacto. Y es que resulta que cuando me sentaba en el pupitre, Tigris y Éufrates eran como eso que se llama ahora "palabras clave", que se ponen en las publicaciones de Internet para que las cacen los motores de búsqueda.
Con menos rollo: eran unas palabras que me sacaban del sopor en el que pasaba el día escolar. Tan sonoras. Y una vez captadas, supngo que con un respingo, me llenaban de un sabor antiguo, de cuando no había pupitres donde quedarse todos los días de lunes a sábado. Y me pecipitaba del sopor y el respingo a una hermosa narcolepsia.
Por eso he considerado esos ríos como reales solo en la mayor de las antigüedades y en la realidad de la narcolepsia que era mi bandera de resistencia.
Que ahora me diga usted, y le creo, que existen de verdad, y que forman parte de esa Guerra del Agua que se nos aproxima, una guerra de verdad, la mayor de todas, la palmera final de los fuegos artificiales de la historia de la humanidad, me ha hecho dar un respingo y me deja en una inquietud, precisamente ahora que soy mayor y ya no me es fácil encontrar la puerta de la narcolepsia. Que en pago a su favor, la lluvia inunde su pueblo de usted, con su torre.
Ah, a poco que tenga un rato libre, iré poniendo el acento suelto que ha dejado a todas las sílabas, hasta encontrar aquella a la que le viene bien.
Gran abrazo
Aquí llevamos años esperando con ansiedad el tan pregonado cambio climático, que no acaba de llegar. Un pequeño puerto marítimo junto a la eras, con su pantalán, es nuestro sueño colectivo. Lamentablemente, la mayoría moriremos antes de verlo hecho realidad. Nos ganan porque somos pocos y cobardes, no porque no nos asista razón.
Otro abrazo muy afectuoso.
S.
Feliz año, desea.
S.
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