viernes, 6 de febrero de 2009

Divago de Punchet: Pelícano y pingüino

Esta mañana recibí un mensaje que me decía que me enviaban un regalo con un pelícano rosa. ¿Son rosas todos los pelícanos?, me pregunté, sin hacer nada por averiguarlo. A lo mejor lo es solo mi mensajero y me será fácil distinguirlo. Pero si lo son todos, ¿qué haré para defenderme de un pelícano malicioso que me entregue un regalo que no es para mí? Me dormí en la mesa de la oficina, meditando estas cosas.

Por la tarde, aunque me había citado a las 9 para ir a ver un concierto, puse el despertador media hora después y me adormilé viendo una película de Herzog que hablaba de la Antártida, que ya había empezado; pero eso no me importó porque iba a dormirme enseguida. Desperté en un momento en el que se veía un pingüino solitario que se dirigía hacia unas montañas lejanas. Pasaba entre dos hombres y la voz en off decía que nadie interrumpe nunca a un pingüino, aunque los dos sabían que iba hacia una muerte segura. Me distraen mucho los clichés de adorno: uno se encamina hacia la muerte y punto. ¿Es que hay una muerte insegura?

Cuando volví a prestar atención, la voz en off decía que era un pingüino desorientado, para a continuación añadir que sería inútil devolverlo a la colonia, porque volvería a dirigirse a las montañas. Eso me hizo pensar que era un pingüino bastante ordenado y orientado: debía tratarse de una nefasta traducción. Meditando sobre ello, me quedé otra vez dormido, preocupado de si no sería mi pelícano, seguramente dirigido a la muerte, que era el regalo. Sin duda estaba soñando, pero abrí los ojos, o soñé que los abría, y desde una cámara colocada sobre una grúa se veía al pingüino, acercándose pasito a pasito a la montaña. Después seguro que dormía, porque pensé que yo mismo era el pingüino y desde dentro de su cabeza recordé a los dos hombres y el nombre que les damos a las personas: pingüinos de andares aburridos.

De que el regalo era la muerte ahora sí estoy seguro.

Las montañas, seguían estando muy lejos.

16 comentarios:

Anónimo dijo...

No, mi amigo, Nan. No pienses
que es la muerte la que te envían
de regalo. Siempre lo digo y lo
repito, ella llegará, sin previo
aviso y ténlo por seguro, no la
traerá ningún pelícano.
Los pelícanos pasan frente a mi
ventana, cada día. No son mensajeros de la muerte, no.
Vuelan gráciles, a pesar de su
tamaño. Me saludan, muy temprano
en las mañanas. O será que
esperan?
Un abrazo
BB

Gemma dijo...

¡Jopetas, Nano!, menudo sueño vertiginoso...

Lara dijo...

Ésa es la película de la que te hablé un día, ¿te acuerdas? Leyéndote aquí, hora de la siesta, mal doblaje, etc, ha perdido peso la película en mi recuerdo.

Pero la imagen que más recordaba era esa, la del pingüino alejándose.

¿A una muerte? Adonde iba no le importa a nadie más que a él, ahora que lo pienso.

NáN dijo...

BB, no hagas caso de las cosas del señor Punchet, que es él y no yo el que piensa eso. Yo me limito a contar lo que él me cuenta. Vive en una franja "integradora-confusa" que no puedo controlar (solamente puedo contar).

Pues tienes razón, Mega. Lo he visto desde lo que dices y cruza tantas cosas en un segundo. Pero por lo que sé de él, lo considera una bolsa de paz.

Lara, claro que me acuerdo de que me lo constaste. Yo mismo debí decírselo y por eso, mágicamente, abrió los ojos para esa escena.

No estoy tan de acuerdo en que solo le importe a él: cuando un ser decide ir más allá de lo posible, todos nos vemos implicados en su aventura y cruzamos los dedos. Eso sí: ¡Prohibido intervenir! Son historias para susurrarlas más bien por la noche, sentados alrededor de una hoguera.

Anónimo dijo...

Es un sueño de una rara belleza. Lo que más me gusta es que las montañas están lejos, muy lejos.

momo dijo...

Lo estoy.
A ver si te escribo...
Me pasa nano , que a veces algunas de tus cosas me devuelven la mirada...
Eres ...tan especial ..
Las montañas están lejos , y algunos continentes .... no voy a repetir que tengo ganas de verte, pero es cierto.

NáN dijo...

¡Lejos, lejos! (cruzo los índices en aspa), winsta. Discuto mucho con el señor Punchet, pero por otra parte me cae tan bien que voy a poner aquí algunos de sus divagos (así los llama él).

Bueno, momo, con el tiempo me he vuelto más espacial (ocupo más espacio) que especial, pero eso no importa. Perdí tu dirección de mail junto con todas las Outlook cuando se me estropeó el ordenador, mándame un mailesito a al mail que está en mi perfil.

Besos a las dos.

momo dijo...

Sos espacial y miope?
tienes en mi perfil mi correo...
Bah bah yo te escribo.

Anónimo dijo...

Que la inocencia, te valga o me
valga a mí... Aquí hay inocencia
e ignorancia...
BB

Flavia Company dijo...

Los pingüinos me producen ternura. Sin excepción. Y el tuyo, ese que se dirige a las montañas, todavía más.

La independiente dijo...

Nan,
Me ha encantado.

Un abrazo,
J.

Bárbara dijo...

¿Por qué será que las historias surrealistas dejan un regusto tan fuerte a realidad? Por lo de la muerte segura, un amigo dice que cómo puede haber algo impepinable si no hay nada pepinable...

NáN dijo...

Sí, Flavia, ese contoneo tan despacioso, ¿verdad? Parece siempre que van a lo suyo, tan seriecitos.

Muchas gracias, Xavie, precisamente porque no sueles comentar (lo que me parece tan de perlas como comentar mucho, de verdad), tu comentario tiene valor.

¿Y no crees, Bárbara, que es porque lo surreal nos parece lo más auténtico? Trabajar, por ejemplo, da una sensación falsa, humorística (aunque un lunes se puede pensar que "maldita la gracia que tiene").

Anónimo dijo...

Y bueno.

¿Esque un pingüino no puede alejarse un ratito de la colonia para "hacer sus cosas"?

Tch.

carmen moreno dijo...

Este señor Punchet vive en Madrid? Es que me encantaría conocerle. Tengo dudas existenciales que sólo él podría entender.

francisco aranguren dijo...

"Nadie interrumpe nunca a un pingüino". Esta frase tiene la extrañamente la fuerza de una verdad incontestable. Y uno ve a
ese sujeto envarado y solitario, que uno fue, pasando entre las gentes normales, erguido y convencido en la dirección suicida de la soledad, y ve que nadie le echa cuenta, aunque, con su frac y todo, va -en silencio- pidiendo auxilio a todos los que le abren paso. Y eso me emocionó al leerte.