La última vez que estuve en Venecia la estancia fue de 7 noches, 6 días completos. Inmediatamente, utilizando la experiencia de viajes anteriores, me camuflé de veneciano: (1) botas amarillas, (2) paso firme del que va a un lugar concreto y (3) preferir mil veces caer por la borda del vaporetto y ahogarme en la laguna antes que aferrarme a un sujetamanos del barco (aprendí a imitar el balanceo compensador, mientras los turistas se sujetaban a cada pequeña ola). Mano de santo: ni una sola vez me ofrecieron una excursión a las islas ni la visita a una tienda.
Venecia es el único sitio del mundo en el que soy absoluta y continuamente feliz. Quizá tenga que ver con que no existe el sonido de los coches, porque es ir al Lido y tener que tomarme dos o tres aperitivos seguidos por la inquietud que me produce el sonido de los motores que tenía olvidado. Soy feliz durante el día y tengo sueños fantásticos en los que recorro palacios y pinto cuadros maravillosos con las manos. Todas y cada una de las noches.
Esa última vez, elaboré un plan factible que le conté a L. Le dije que había preguntado los precios de un pequeño apartamento en la Giudecca (el sitio de Venecia donde querría vivir) y podíamos permitirnos comprarlo con un crédito. Viviríamos 4 meses al año (noviembre, diciembre, enero y febrero), yo podría volver a ser freelance (una compañera mía se había ido a Sudáfrica y colaborábamos en tiempo real tan ricamente), mientras que ella, si tenía un viaje que saliera de Madrid, de París o de Roma, simplemente cogía un avión un día antes y otro, de regreso, un día después. Los otros 8 meses, lo poníamos en una lista de alquileres para profesores americanos en estancias semanales y el crédito de todo el año se pagaría con el cobro de ese alquiler. ¡Un plan perfecto!
¿Vivir en Venecia, con esta humedad y tus pulmones?, me dijo. ¡Tú estás tonto! Esa franqueza es habitual en mi entorno. Y yo se la agradezco. Es mucho mejor hablarse así. Prefiero ser un tonto vivo a su lado que un listo muerto. Creo que ya lo he contado en otro sitio, pero de no ser por ella, que me rescató cuando yo tenía 25 años, yo sería un listo muerto. Podía haber muerto de inanición, porque comía cada 2, 3 o 4 días. De ingerir lo que no se debe, sobre todo cuando no se come. O por el deseo de gentes amables que ya me habían disparado y preparado otros divertimentos bastante malos para mi salud. De hecho, los amigos de la foto de la boda son en su mayor parte un recuerdo: ¡la auténtica generación perdida!
Se acabó el plan perfecto.
Cuando estoy en Venecia, me gusta ir a comer a La Nuova Perla, justo al lado del puente del Arsenal, donde todos los turistas se dan la vuelta, porque no saben que ahí empieza una Venecia igual de hermosa pero no estropeada por el ajetreo de los de las cámaras fotográficas. Pero nunca pude ir a Il Paradiso a tomar café, porque lo abren en primavera y verano, y yo voy siempre en otoño o en invierno. L, para darme envidia (no, pobrecita, durante el tiempo que descansa y se toma para sí misma, y porque le gusta describirme lugares hermosos), todas las veces que pasa por Venecia me llama desde ese restaurante o desde la cafetería-terraza Il Paradiso. (Nada de "pobrecita", creo que lo hace sobre todo para ponerme los dientes largos).
Hace unos meses vino encantada porque la cafetería semestral se había convertido en un Club de Arte que abre los 12 meses del año. Inmediatamente se hizo socia. Así que yo soy socio consorte. En el próximo viaje que hagamos juntos, si después de comer ella se va a dormir la siesta, yo iré a “mi club” a tomar café, con un libro y un cuaderno. “No, no soy socio, pero mi compañera es XXX, la socio número YYY”. O iremos los dos juntos, a descansar de las caminatas y escribir y molestarnos leyéndonos "esa frase tan interesante". Las fotos que veis son de la terraza y las hizo L para enseñarme el lugar (también hizo del interior y de la exposición que había en ese momento, pero no es cuestión de aburrir). Y puntualmente recibimos mensajes como el que encabeza este post.
No es una pica en Flandes, pero es un pie en Venecia.
17 comentarios:
Ya sabes que a mí los posts que me gustan son éstos. Los de la vida (presente, pasada y futura).
De Venecia no sé qué decir. Me pasaría horas y horas hablando...
Este verano estuvimos la Esfinge y yo sentados varios horas en La Giudecca, junto a la laguna, con los pies colgando y viendo la maravillosa puesta de sol. Sí, un buen lugar para vivir.
(No sé si habrás visto mis fotos venecianas).
Un saludo, señor del cúter (ay, qué dolor...).
Yo estuve en mayo... también escribí algo por ahí, uno de esos post que a conde-duque ni fu ni fa... (jeje)
Y cuando dejé colgar, una noche, escapada de un hotel y algo desesperada, mis pies sobre un canal, lo hice sola. Algo triste. Porque aquel escenario tan bello, donde ni los turistas consiguen hundir su flote, a mí no me regaló una historia, sino que me la robó. Ahora pienso que fue por suerte... estaría hechizada, o a lo sariff, o bastante idiota.
Un abrazo muchachos.
...lo cual, querido Nán, te permite que metas el otro pie siempre que la nostalgia arrecie.
;-)
(Bonita historia. Desde luego, a mí también se me pondrían los dientes largos.)
Qué mala eres, Aroíta...
Y sí, creo que todos tenemos muchos posts que ni fu ni fa. Of course.
En realidad lo digo para que Nán escriba más cosas de este tipo, que el hombre es muy reacio a hacerlo.
Es puro egoísmo: pido lo que me gusta. Y si le parece mal que lo diga, que se joda.
Queridos, el uno entre paréntesis me hace pensar que habrá más de esto, e incluso que el segundo pie que dice Mega esté ya nervioso.
Ay, Aroa, no sé si esta ciudad es la más conveniente para estar sola o, peor todavía, como parece deducirse de lo que dices, asolada.
Una cosa es darse algún rulo solo (incluso en Venecia, L tiene que dejarme a mi aire, o mejor a mi agua, dos o tres horas por lo menos) y otra estar solo. La pena es muy posible en Venecia y debe multiplicarse cuando las aguas de la laguna adoptan a la vista una textura como de mercurio y enrojecen con el atardecer. Por no hablar del Adaggieto de la 5ª de Mahler, que es ya una banda sonora mental que requiere la fuerza o compensación de la alegría de los pintores venecianos y de la practicidad de sus habitantes.
Yo no iría a Venecia a llorar. Y siempre me gustaría tener cerca a alguien a quien irle contando los numerosos detalles hermosísimos que te asaltan. Y oír los suyos. Un amigo vale para esto tanto o más que un amante.
Vuelve pronto a Venecia. ¡Y vuelve bien!
Venecia, sí, sí, sí.
Fui a los diecisiete años, enamorada. En tren. Europa, Europa bajo nuestros pies. Y luego los Vaporettos que nunca pagábamos. Y luego caminar y dar vueltas y perdernos haciendo fotos inconcebibles. Y tantas iglesias en las que nos casábamos con besos todo el rato a pesar de nuestro convencido e irreversible ateísmo. Gracias por tu entrada, que me ha regalado además de los tuyos, mis recuerdos.
De Venecia sé lo que he leído, lo que he visto en las películas y en especial en *****la película*****: Muerte en Venecia.
Nunca he estado en Venecia, pero voy añadiendo a lo que ya tenía las fotos que deja nán y lo que cuenta nán y lo que contáis vosotros.
Nan,daría lo que fuese para poder verte con esas botas amarillas.
Otra que dejas con los dientes largos,largos, largos.
un beso.
Podríamos cambiarnos recuerdos, como cromos, Flavia. De momento, los compartimos. Cómo te envidio haber estado allí como enamorada con 17 años.
Winsta: ¡imperdonable en una persona como tú! Espero que esto te anime a preparar el viaje (me atrevo a sugerirte en unas vacaciones de Navidad, no las del verano, cuando media humanidad pasa por allí).
Ángeles, veremos qué color impone la moda de los venecianos cuando vuelva: es posiblemente la única moda a la que me someto. Y espero no haber perdido equilibrio, para no caerme por la borda cuando vuelva.
Ajaja... Poniéndonos los dientes largos, eh Primo?
¿No necesitaréis a alguien que os lleve la maleta? Si es así, cuenta conmigo que yo me apunto rápidamente. Por otra parte, en Mayo, desde Cádiz, saldrá oportunamente, bandada de bándalos entre los que nos incluimos, por supuesto, Zoe, Don Micro y yo, al festival de música de Marrakech. Hombre, ya sé que no es Venecia, pero... Apúntese usted.
YAESTOYDEVUELTA!!
Hola.
Me incorporo (como Drácula saliendo de la cajita transilvana) al trabajo después de unos días de vacaciones uqe no me ha dado la gana regalarle al estado (tch).
Me ha encantado este post sobre Venecia. Yo he estado sólo una vez, y muy mal, con gente que iba a toda pastilla: vimos en ocho días Venecia, Florencia, Pisa, Roma... que es como no haber estado (en Florencia me habría quedado una semana entera).
Hay que volver, pues. ¿Carmelilla? ¿Te apuntas...?
Un abrazote, Nán.
Don Micro, yo me apuntaría, pero ya sabe usté que a mí lo de la juerga... Yo soy más seria, no me gusta debebé, ni decomé, ni deviajá... Pero, usted sabe que yo le quiero un güego de pato, asín que... haremos ese esfuerzo.
Nán, me parece buena y bonita idea la de intercambiar recuerdos. Quizás deberíamos contarnos cuáles buscamos, de qué tipo de recuerdos nos interesa disfrutar, y comprobar si el otro/a los tiene en su catálogo. A mí me gustarían recuerdos sin emigración por medio, por ejemplo. Sin sensación de desarraigo. Los recordaria un ratito nada más, sin gastarlos casi, te quedarían casi intactos, y procuraría devolvértelos sin añadirles nada de mi cosecha. No sé, ¿qué te parece? ¿Por cuál me lo cambiarías?
Veo que Cái despierta del letargo... ¡Habrá que estar preparados!
(y los italianos, ya les avisaremos de lo que les espera).
No me veo en Marrakesh en una versión renovada del abuelito pulcro de Paul en ¡Qué noche la de aquel día! Pero todo es proponérselo y mayo es un mes muy tentador. Estudiaremos el caso.
Flavia, precisamente hoy, que hace 30 años que murió mi madre, tuve un recuerdo de un dibujo que me dejó a medias. No es mala historia, pero te voy a prestar otro.
Por la enfermedad de mi madre, que no podía armar alboroto en casa, tuve una especie de interesante doble vida: calladito, dibujante, entretenido con cualquier cosa (te hablo de entre 3 y 5 años) y un salvaje fuera, para compensar. Con tres años me llevaron a una academia en la que nos juntaban, entre 3 y 9 años, a todos los niños con algún tipo de problema de ese tipo.
Fui a esa academia hasta que con cuatro y poco más me aceptaron en un colegio (de curas). Desde el primer día la academia me apasionó. Cuando despertaba y estaba ya clareando, me levantaba y medio vestía (podía llevar la chaqueta del pijama, unos pantalones cortos, los zapatos sin abrochar, pues no sabía hacerlo, y un abrigo encima) y, loco de impaciencia, con el cabás en la mano, me sentaba en el sofá de la sala hasta que se levantara alguien para llevarme.
Te regalo esa impaciencia y ese niño a medio vestir.
La academia se llamaba "de las señoritas Vas" (imagino que dos maestras republicanas represaliadas). Nosotros la llamábamos "de vas pero no volverás".
El niño-Nán es un primor. Tendrás que contarnos más, mucho más, de sus andanzas (cuando puedas y tengas ánimo, claro)...
Nán, qué regalo tan precioso. Busco ahora en mi "mundo" algún recuerdo con el que corresponderte y me preocupa no encontrar ninguno a la altura. Puesta a buscar, te confieso que en una de mis novelas utilicé literalmente un recuerdo, que paso a copiarte a continuación:
"Pero no todos mis recuerdos son malos. Verá, también tengo presente el día en que mi padre me regaló mi primera yegua. Estábamos, por supuesto, en una finca lejos de la ciudad -creo que allí gocé de los mejores días de toda mi vida-. Mi padre estaba nervioso, me hablaba de tonterías, me acariciaba el pelo, me sonreía con un gesto casi estúpido, se enjugaba un sudor inexistente y estaba desacostumbradamente contento. Yo tenía siete años. Hasta entonces, había montado ponis. Nada más. Bueno, mi padre me subía con él en sus caballos, pero no es lo mismo. De pronto, el caballerizo se asomó a la puerta del salón y dijo: Señor, ya está aquí. Mi padre se levantó de un salto, me tomó de la mano, y no bastándole con eso, me subió a sus espaldas, me indicó que me cogiera fuerte, e inició una carrera veloz e imparable hasta las cuadras, que estaban a unos buenos cien metros de la casa. A la puerta, una silla de montar preciosa, toda de cuero trabajado y, a un lado, mi queridísimo ratón Mickey repujado, con sus colores de siempre. Miré hacia lo alto y allí encontré los ojos de mi padre, expresivos, felices; sí, es para ti, parecían decir. ¿Se la puedo poner a Gaspar?, pregunté; era mi poni. Tráigale su caballo, indicó mi padre a Blas. Y así fue. Blas apareció con una yegua magnífica, una alazana fuera de serie, enorme, imposible, con los ojos más hermosos que he visto en mi vida -exceptuando los de ella, claro-. No hizo falta que mi padre dijera nada. Lo abracé, lo besé y luego besé y abracé a Margarita, que así fue -para horror de mi padre- como me dio por bautizarla. ¿Cómo vas a llamar Margarita a una yegua? ¿Y por qué no?, repliqué yo, convencida, decidida a no cambiar de opinión. En fin. Blas, ensíllela. Y ensílleme a Malcarado. Nos vamos a dar una vuelta. Salimos disparados, galopando -a escondidas de mi madre, que estaba en la ciudad y que había hecho prometer a mi padre que no me dejaría empezar con Magarita más que dando una vueltecita al trote. Pero mi padre, que me lo contó, me dijo que mientras lo prometía había cruzado los dedos y había levantado el pie del suelo, así que no valía-. Por la noche hubo una discusión terrible al respecto y al día siguiente se llevaron a Margarita. La vendieron. Fue como si me hubieran vendido el alma. O peor. Romperme así el alma era por mi bien, para que no me rompiera una pierna. Pero el paseo de aquella tarde, a toda carrera, con mi padre, que gritaba como un niño para jalear a los caballos, y el olor a pinos, y el horizonte lleno de un atardecer que guardo como un milagro... el paseo aquél no me lo quita nadie. Al cabo de un par de años fue mi madre quien me regaló una yegua. Una pura sangre. La llamé Brava, y todo el mundo pareció conforme. A veces, cuando salía a montar, y sabía que nadie me oía, le gritaba: ¡Vamos, Margarita, vamos!"
Gracias, Mega. Ya voy contando cosillas por aquí y por allí cuando me parece que la oportunidad lo pide. Por esta vez sí voy a aceptar el halago y sin sonrojarme. Era un niño antiguo estupendo.
¡Flavia! Si ya habíamos cambiado recuerdos y yo estaba tan feliz con lo de haber estado enamorada en Venecia con 17 años. Pero bueno, me has dado dos por uno. ¡Y una historia estupenda, la de la niña y la yegua y la niña sin la yegua y la niña con la yegua vengándose de todos con los nombres secretos!
¿No será eso, exactamente, lo que hay en tus novelas? ¿La justa venganza de quien se quedó sin Margarita? (Te imagino delante de los folios en blanco, los dedos sobre el teclado, o aferrando la pluma, mientras les dices ¡vamos, Margarita, vamos!).
A mí me hicieron esa misma jugada con una magnífica Orbea negra que trajo mi padre y dejó en el comedor. Mi madre reclamó el cumplimiento de la promesa de que no tendría bicicleta hasta que pudiera dar la vuelta a los pedales sin inclinarme. Me midieron y tuve que esperar 2 años (de los 8 a los 10). ¡Pero esto es otra historia y no cabe la comparación! No le puse nombre: me limité a hacer el burro.
¿Será esta la diferencia entre una escritora y un lector?
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