domingo, 12 de agosto de 2007

Postales de verano I


Es M: mi sobrina, ahijada y colega de escritura. De no ser por ella, que hace unos años me empujó a que lo hiciera, no habría vuelto a escribir. Ella escribe como los ángeles, pero se lía la vida y lo hace poco; solamente cuando la empujamos. Ahora soy yo el que la empujo a ella, aunque comprendo que con sus dos pequeños hijos y su trabajo, no es fácil.

Está abrazando a un primo y a la derecha del que mira se ve, cortada por la mitad, la imagen de otra de mis cuatro sobrinas de Madrid.

Arriba, aunque solo se ve la mitad inferior (y no del todo hacia la izquierda), hay un enorme bodegón pintado sobre tapiz por mi madre cuando era muy joven. Mirándolo, he pensado muchas veces que fue una pena que con veinte años recién cumplidos, o todavía sin cumplirlos, dejara los pinceles para siempre. Me viene muy bien que salga porque me sirve de presentación del tema; y ya sabéis que para eso soy muy previsor y estructural. Es decir, esta postal de M anuncia otra de mi madre en la que podré poner trocitos de un poema largo.

No creo que le moleste a M que ponga el principio un relato suyo que apareció en una vanity edition de un libro titulado nueve x dos relatos. Es uno de mis preferidos, pero hay otros: pongo este porque me permite elegir un extracto (el principio) que se explica solo y tiene un tamaño que es aceptable teclear (es aproximadamente un 20% del relato). Los títulos los elegía otra persona (formaba parte del juego) y tenían que ser el principio del relato.

Extracto de un relato de M.

No quiero que me digas la verdad, quiero que me mientas otra vez. No me digas que no podemos bajar a la calle o miénteme al menos, como cuando era pequeña y me decías que me ibas a dar un filete y me dabas una salchicha; o cuando decías que volvías en un pis pás y tardabas horas en llegar.

Llevo seis años a tu lado, nos hemos hecho compañía, no te olvides de mí ahora. Recuerdo todos los momentos que hemos pasado juntas, sé que no soy una perra perfecta, pero no me jodas ahora. Mira, me siento, me tumbo, muevo el rabo, me como el pienso, busco la pelota...

Está bien, ya me estoy quieta. Me siento y no me muevo. La cuestión es que me apetecen unas caricias; pero si me acerco ahora me va a chillar. No, mejor me quedo aquí. Me tumbo en la cama y pienso: acabo de nacer, pero no recuerdo a mi madre biológica. La recuerdo a ella. Yo era una bola de pelo bastante escurridiza. Me llevaba al campo y yo corría hasta reventarme. Busco un lugar lleno de olores nuevos, de rastros de otros animales, y persigo mariposas. Ella me mira, está contenta. Espero oír dos veces mi nombre y corro hacia ella, tal vez tenga galletas. Estoy mucho tiempo sola, pero no soy la única.


9 comentarios:

Paralelo 49 dijo...

Es una pena que abandonara los pinceles, sin duda, pero sé, que cuando uno abandona algo pasan dos cosas: una es, que tiene una razón interna mucho más fuerte y soberana que lo que uno cree .Y la segunda es, que problamemente ese dolor y esa pena del propio abandono lo siente ella mucho más hondo que nosotros.

De ese relato me emocionan especialmente las seis últimas líneas. Y lo leo así muchas veces. Sobretodo ese final. Busco un lugar lleno de olores nuevos, de rastros de otros animales, y persigo mariposas. Ella me mira, está contenta. Espero oír dos veces ... ( y sigo)

NáN dijo...

Claro, Par: la razón fue l'amour. Le llevó a abandonar una vida de señorita ociosa de la derecha para compartir la de un trabajador de izquierdas; aún así un deportista. Nunca la oí quejarse de eso. Cada uno abandonó por el otro lo que la unión exigía que abandonasen. En realidad nunca la oí quejarse de nada ni de nadie. Posiblemente, dejó de "tener tiempo". Posiblemente, por lo que llegué a conocerla (profundamente en algunas cosas, absolutamente nada en otras) no llegó a lamentarlo: la pintura había sido una imposición de su padre cuando ella no quiso estudiar. Si no fue una imposición de la que se liberó, esa pena fue un secreto bien guardado.
Soy yo ahora el que veo su obra, lo que había logrado siendo tan joven, y lamento que no siguiera pintando.

Del relato me gusta sobre todo lo rápido que se descubre que quien habla es una perra, no cayendo en el juego de la "sorpresa". Y me encanta como a ti ese final en el que la protagonista "sueña otra vida pasada y mejor", llegando hasta la última línea, esa base "de rencor" con la que dice que está sola, pero no es la única.

Gracias Par, por iniciar esta conversación a tientas

Anónimo dijo...

nán, más que de tu entrada me quedé colgada de tu respuesta, de lo poquito que cuentas de tu madre, y sigo con ganas de saber más. Es como una heroína de novela.

Y, sí, la perra protagonista del cuento tiene un pelín de mala leche. "Estoy mucho tiempo sola, pero no soy la única." ¡Menuda andanada!

Anónimo dijo...

¡Hola, Nán!

Me encantan esas fotos con familia.

Estoy con Par en que cuando uno abandona algo, hay un motivo para hacerlo. Yo dejé de componer canciones durante casi una década. Ahora volví (Paloma and The Wailers, Usted sabe...) y me cuesta un huevo. Y no lo echaba de menos. Al menos no hasta que volví a hacerlo.

Miguel Marqués dijo...

A mí me parece que muchas veces uno abandona las cosas por pura desidia, sin más. D-e-s-i-d-i-a. Una desincronización íntima (un retraso constante) a la hora de acometer el camino más corto entre uno mismo y sus pasiones.

Y a veces el camino se ensancha, o nos llevan en coche.

¡Saludos a todos!

Anónimo dijo...

Cierto, Winsta, que tras la apariencia de la más absoluta discreción debió ocultarse una persona muy atractiva. El problema es que no lo supe hasta un par de años después de que muriera. Para mí era lo normal y cotidiano hasta que me contaron una historia que me hizo comprender su sentido de que amar a otros significaba respetar su libertad. Como en una película en la que a partir de un flashback todo se re-explica, repasé muchas cosas de mi vida viéndolas desde otra luz. De ahí, y de unas peripecias de antes incluso del nacimiento, nace ese poema, del que pondré pequeños extractos (está sin terminar) en otra postal de verano. Ese sentido de la libertad en los demás y la falta de apego a las cosas son los dos rasgos que, en la medida en que los tenga, le debo.
La desidia, MiM, es deliciosa, una especie de nihilismo tórrido, pe
ro no es el caso de esa historia.
Don Micro, me encanta eso de que algo no se eche de menos hasta que se vuelva, tengo que repasar eso pero es un descubrimiento genial.

¡uy, las 7:05 am, adiós, me voy, se me hace tarde hoy!

Anónimo dijo...

Me gusta mucho leerte cuando escribes sobre tu madre.
Un abrazo.

(¡Así que fuiste tú quien tradujo Age of Empires! Ya nos habíamos cruzado antes.¡Qué curioso, no?

Acabo de verlo ahora y vine a decírtelo y volví a leer lo que escribiste sobre tu madre y volvió a emocionarme tu ternura.)

Lara dijo...

Un poco más, M... Un poco más, Nano. Gracias.

Anónimo dijo...

A mí me llama la atención que la perra se da cuenta de la simplicidad de las cosas que ella espera que haga: "Mira, me siento, me tumbo, muevo el rabo, me como el pienso, busco la pelota...", que contrasta con la complejidad de la visión que de las cosas tiene la perra.