
jueves 26 de febrero de 2009
domingo 15 de febrero de 2009
Divago de Punchet: Volver
Al señor Punchet son estas las cosas que le emocionan. No digo que no sepa moverse en la realidad, coger un metro, conocer los bares, saber que ha de pagar cada caña y cada vino, pero eso lo hace automáticamente, como el que conduce o sube una escalera. Él solo presta atención a los pliegues del tiempo y el espacio, donde habitan las telarañas con las que hace bolitas que esconde en su ombligo. Oye o lee, que es como oír por dentro, la palabra “volver” y se le levantan las orejas, tan peludas. Como perro que es. Ya se lo llamaron una vez y lo discutimos mucho, él y yo, que era de la opinión de que no lo es; o que no lo es tanto. Pero él estaba tan encantado como si le hubieran besado en la boca.
Esta cuarta copa de vino rojo, denso, bermellón, a ti te la ofrezco y por ti la alzo y en ayunas la tomo porque recibiste adicta mi semen cuando era espeso como yo me bebí tu sangre cuando la había, como hay ahora este vino grueso. Porque como dice el libro de Flavia Company Dame placer, que le he robado a mi amo en cuanto lo consiguió tener, y espero que me encuentre para que se lo devuelva porque no tengo dinero para pagar lo que bebo, «a las cosas y a los lugares no se puede volver ni siquiera volviendo». Recuerdo de inmediato el verso de Borges que decía «Vuelvo a Junín, donde nunca estuve».
Y entre una frase y otra me quedo colgado sobre el abismo. O peor, me dejan las dos colgando, aunque el abismo permanece en todas las versiones, porque los dos cuentan lo mismo y lo hacen perfectamente. Cuentan lo que no quiero oír pero me veo obligado a leer: que es imposible volver y que si se vuelve se hace a donde nunca se estuvo. Porque ya no es el río de Heráclito, en el que uno no se puede bañar dos veces, donde el río cambia pero uno parece ser el mismo. Desde entonces hemos aprendido demasiado, para nuestro mal, y ahora sabemos que lo imposible es seguir siendo uno mismo. Así que para qué volver. O cómo, si el que vuelve es otro. O para qué vivir, si todo a lo que le damos importancia está en un pasado no improbable, sino imposible. Si fuera posible volver a ti, incluso sentiría celos de quien vuelve, como desasosiego siento de las calles cambiadas. Por eso me he venido a vivir aquí, donde todo cambia tan deprisa que volver no puede ni plantearse, pues no ha dado tiempo a crear el hábito.
Vivir sin crear pasado es la ofensa más indecente al ser.
Esta cuarta copa de vino rojo, denso, bermellón, a ti te la ofrezco y por ti la alzo y en ayunas la tomo porque recibiste adicta mi semen cuando era espeso como yo me bebí tu sangre cuando la había, como hay ahora este vino grueso. Porque como dice el libro de Flavia Company Dame placer, que le he robado a mi amo en cuanto lo consiguió tener, y espero que me encuentre para que se lo devuelva porque no tengo dinero para pagar lo que bebo, «a las cosas y a los lugares no se puede volver ni siquiera volviendo». Recuerdo de inmediato el verso de Borges que decía «Vuelvo a Junín, donde nunca estuve».
Y entre una frase y otra me quedo colgado sobre el abismo. O peor, me dejan las dos colgando, aunque el abismo permanece en todas las versiones, porque los dos cuentan lo mismo y lo hacen perfectamente. Cuentan lo que no quiero oír pero me veo obligado a leer: que es imposible volver y que si se vuelve se hace a donde nunca se estuvo. Porque ya no es el río de Heráclito, en el que uno no se puede bañar dos veces, donde el río cambia pero uno parece ser el mismo. Desde entonces hemos aprendido demasiado, para nuestro mal, y ahora sabemos que lo imposible es seguir siendo uno mismo. Así que para qué volver. O cómo, si el que vuelve es otro. O para qué vivir, si todo a lo que le damos importancia está en un pasado no improbable, sino imposible. Si fuera posible volver a ti, incluso sentiría celos de quien vuelve, como desasosiego siento de las calles cambiadas. Por eso me he venido a vivir aquí, donde todo cambia tan deprisa que volver no puede ni plantearse, pues no ha dado tiempo a crear el hábito.
Vivir sin crear pasado es la ofensa más indecente al ser.
viernes 13 de febrero de 2009
martes 10 de febrero de 2009
toda guerra es Gaza
Silencio.
Solos en el aire
finalmente los proyectiles iluminan Gaza
el Congo, decenas de lugares
que hay que devolver a dios
o deshabitar, que es lo mismo,
para dejar sitio a las mercancías
y sus manipuladores de ínfimo precio
de personas ínfimas.
Luz intermitente
de discoteca. Fotomatón.
Digital game. Reality show.
Volveremos a tener calcetines baratos
a buen precio que desconocemos.
La sangre derramada es la que mejor sella
los contratos de propiedad.
Habrá grandes descuentos
para nuestro sueldos míseros.
Gaza, toda guerra es Gaza,
se iluminará desde las rendijas de los talleres clandestinos
cuando hayan aprendido la lección.
Si iluminara nuestra conciencia
y prefiriéramos andar descalzos
dejaríamos a oscuras a los mercarniceros.
Solos en el aire
finalmente los proyectiles iluminan Gaza
el Congo, decenas de lugares
que hay que devolver a dios
o deshabitar, que es lo mismo,
para dejar sitio a las mercancías
y sus manipuladores de ínfimo precio
de personas ínfimas.
Luz intermitente
de discoteca. Fotomatón.
Digital game. Reality show.
Volveremos a tener calcetines baratos
a buen precio que desconocemos.
La sangre derramada es la que mejor sella
los contratos de propiedad.
Habrá grandes descuentos
para nuestro sueldos míseros.
Gaza, toda guerra es Gaza,
se iluminará desde las rendijas de los talleres clandestinos
cuando hayan aprendido la lección.
Si iluminara nuestra conciencia
y prefiriéramos andar descalzos
dejaríamos a oscuras a los mercarniceros.
viernes 6 de febrero de 2009
Divago de Punchet: Pelícano y pingüino
Esta mañana recibí un mensaje que me decía que me enviaban un regalo con un pelícano rosa. ¿Son rosas todos los pelícanos?, me pregunté, sin hacer nada por averiguarlo. A lo mejor lo es solo mi mensajero y me será fácil distinguirlo. Pero si lo son todos, ¿qué haré para defenderme de un pelícano malicioso que me entregue un regalo que no es para mí? Me dormí en la mesa de la oficina, meditando estas cosas.
Por la tarde, aunque me había citado a las 9 para ir a ver un concierto, puse el despertador media hora después y me adormilé viendo una película de Herzog que hablaba de la Antártida, que ya había empezado; pero eso no me importó porque iba a dormirme enseguida. Desperté en un momento en el que se veía un pingüino solitario que se dirigía hacia unas montañas lejanas. Pasaba entre dos hombres y la voz en off decía que nadie interrumpe nunca a un pingüino, aunque los dos sabían que iba hacia una muerte segura. Me distraen mucho los clichés de adorno: uno se encamina hacia la muerte y punto. ¿Es que hay una muerte insegura?
Cuando volví a prestar atención, la voz en off decía que era un pingüino desorientado, para a continuación añadir que sería inútil devolverlo a la colonia, porque volvería a dirigirse a las montañas. Eso me hizo pensar que era un pingüino bastante ordenado y orientado: debía tratarse de una nefasta traducción. Meditando sobre ello, me quedé otra vez dormido, preocupado de si no sería mi pelícano, seguramente dirigido a la muerte, que era el regalo. Sin duda estaba soñando, pero abrí los ojos, o soñé que los abría, y desde una cámara colocada sobre una grúa se veía al pingüino, acercándose pasito a pasito a la montaña. Después seguro que dormía, porque pensé que yo mismo era el pingüino y desde dentro de su cabeza recordé a los dos hombres y el nombre que les damos a las personas: pingüinos de andares aburridos.
De que el regalo era la muerte ahora sí estoy seguro.
Las montañas, seguían estando muy lejos.
Por la tarde, aunque me había citado a las 9 para ir a ver un concierto, puse el despertador media hora después y me adormilé viendo una película de Herzog que hablaba de la Antártida, que ya había empezado; pero eso no me importó porque iba a dormirme enseguida. Desperté en un momento en el que se veía un pingüino solitario que se dirigía hacia unas montañas lejanas. Pasaba entre dos hombres y la voz en off decía que nadie interrumpe nunca a un pingüino, aunque los dos sabían que iba hacia una muerte segura. Me distraen mucho los clichés de adorno: uno se encamina hacia la muerte y punto. ¿Es que hay una muerte insegura?
Cuando volví a prestar atención, la voz en off decía que era un pingüino desorientado, para a continuación añadir que sería inútil devolverlo a la colonia, porque volvería a dirigirse a las montañas. Eso me hizo pensar que era un pingüino bastante ordenado y orientado: debía tratarse de una nefasta traducción. Meditando sobre ello, me quedé otra vez dormido, preocupado de si no sería mi pelícano, seguramente dirigido a la muerte, que era el regalo. Sin duda estaba soñando, pero abrí los ojos, o soñé que los abría, y desde una cámara colocada sobre una grúa se veía al pingüino, acercándose pasito a pasito a la montaña. Después seguro que dormía, porque pensé que yo mismo era el pingüino y desde dentro de su cabeza recordé a los dos hombres y el nombre que les damos a las personas: pingüinos de andares aburridos.
De que el regalo era la muerte ahora sí estoy seguro.
Las montañas, seguían estando muy lejos.
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